Cúmulus

Por Adrían “Poxqo” Rodríguez

–Los hombres se me antojan para orinarles encima –jugaba Neburia.

Su madre la regañaba siempre que decía tales atrocidades, ya que le molestaba el uso de las malas palabras. Ella, Nubeleza, tenía un particular afecto hacia los humanos. Los veía tan chiquititos y tan dóciles; parecía imposible que fueran esos ínfimos seres los que destruían el planeta. “El calentamiento global es normal”, trataba de convencerse. Vamos, si todo se congeló cuando era niña, ¿por qué no habría de calentarse ahora de vieja?

Todos los días cuando salía del CENIT (por sus siglas en el idioma), Neburia se acompañaba de sus amigas para espiar a los hombres. Su profesora de Cataclismos les explicó que no debían hacerlo porque los asustaban; pero a las chicas les daba igual ser vistas o no. Sólo querían fisgonear; aunque sabían que “La curiosidad mató a la Vía Láctea”, como rezaba el dicho. Era su único pasatiempo y ningún designio antiguo vendría para quitárselo.

Fue en uno de esos ciclos solares en el que Neburia decidió dar un paseo sola. Se alejó de los límites continentales para adentrarse un par de millas náuticas en la región prohibida. Le fascinaba ver que el agua tuviera el mismo color de las paredes de su habitación. En eso estaba cuando vio un hombre ser rebasado por las olas, una y otra vez. Se quedó fija en ese punto, a tal grado que comenzó a estorbarle al viento. Le pareció un juego muy vistoso y divertido hasta que el hombre dejó de emerger. Se preguntó por qué lo hacía, de qué le servía. Espero muchas tormentas y nunca lo volvió a ver.

Después, mientras se encontraba en clase, Nebasta se burlaba de la afección por los hombres que tenía Neburia. La maestra de Tiempos Inmemorables había leído sobre bullying nebular y la transfirió a una constelación lejana: pensaron que se olvidaría de los hombres. Así, Neburia fue trasladada a un lugar del cosmos en el que los seres pensantes son más aptos para el conocimiento. Sin embargo, ella jamás dejó de pensar en el hombre que se lanzó a las aguas indómitas solamente para ser llevado a su interior. Al terminar el eón escolar, regresó a casa con la fijación de encontrar la razón de aquello.

Transcurrieron muchas rotaciones solares y Neburia permanecía allí, al borde de la masa territorial esperando la salida del hombre. Vio nacer familias, tribus, ciudades; pero jamás supo de él. En una ocasión en la que el Sol durmió temprano, notó que las aguas se alborotaban cuando disminuía su propia altitud. Su curiosidad la obligó a acercarse  a la Superficie y, cuando las olas estuvieron a punto de abofetearla, regresó a lo alto con suma rapidez; luego, respiraron con menor fuerza y se apaciguaron. Al comprender el efecto de su presencia, aprendió a jugar con ellas, y de vez en vez esperaba a que se retirara el ProfeSol para acercarse. El hábito se convirtió rápidamente en maña, coqueteo y rito. Le habían prohibido tales costumbres porque eran considerados vicios humanos, mas fue (o quiso ser) incapaz de controlarlo.

Conoció a Olabia, quien le aseguraba conocer el secreto del hombre que permeó en el mar, aquel a quien Neburia vio hundir su ser en las aguas. Lo llamaban de una forma extraña, imposible de transcribir en su tiempo. Dijo saber lo que sucedió pero que sólo podría revelárselo a otra ola. Neburia se enfureció como de costumbre y regresó a su altura. Durante mucho tiempo se olvidó de bajar a las costas por despecho. Sin embargo, su sueño era más fuerte y se fijó el objetivo de convertirse en una ola. Estudió sus movimientos y curvaturas, la reacción de ellas ante el movimiento de lo externo. Intentó tomar su forma en incontables ocasiones hasta que casi desiste de ello. En alguno de los que llamó sus últimos intentos, su hermana Nervida se acercó.

–¿Sigues con lo mismo, Neburia?

–Seguiré hasta que me extinga.

–Eso será pronto entonces, si no encuentras la forma adecuada.

Le habló sobre el tiempo; sobre el amor; sobre todas las otras cosas que crearon los hombres; y le dijo que hasta que no entendiera su significado no podría acercarse. Empero, no podría aprenderlo si no estaba cerca de ellos: “¡Cuánta ayuda!”, pensó Neburia.

Partió entonces hacia la región de Nunca Llegaron, donde, se contaba, habían nacido los hombres. En el camino tuvo sensaciones extrañas que comprimían su volumen hasta la mínima expresión. El Sol, que la miraba lejana, en ocasiones le proporcionaba un poquito de calor; Neburia se preguntaba por qué cuando él dormía no había alguien que le proveyera de luz.

Cansada y deshidratada, su ser se apagaba conforme iba avanzando. Se hizo pequeña y casi invisible. Temió desaparecer sin poder llegar antes a algún lugar; con el último de sus suspiros exhaló:

–¡Nervida, estamos en paz!

Se hizo bolita, como le enseñó Nubeleza, para protegerse del mal. Ahí quedó flotando sobre las aguas tranquila; ahí se quedó.

Soñó con el hombre que vio perderse en las olas; soñó con encontrarlo de nuevo, pero esta vez sobre la superficie, en las Tierras Inferiores; se vio con forma de hombre pero un poco diferente;  lo abrazó con lo que los humanos llaman brazos y dejó verter su lluvia -que por los ojos de los hombres es llamada de otra manera-. Al despertar, notó que había cambiado y no era ya una nube. Dejó sentir su sueño realizado y llamó al mar por su nombre. Rodeó su nueva redondez con agua cálida y se percató de la refulgencia blanquecina que ahora la cubría; llamó a las olas a su presencia. La vieron nívea y redonda, cercana a los hombres mucho más que cualquier nube. La llamaron diosa y los hombres la llamaron Luna: la guardiana de sus sueños.

Esta es la leyenda de la Luna, descrita a través de generaciones por el Pueblo de las Sombras.

Foto por Ángel Corro

 

 

 

Adrián “Poxqo” Rodríguez (Ciudad de México, 1985). Egresado del Instituto Politécnico Nacional, actualmente trabaja en un proyecto de programación y animación. Considera a su obra como “una extensión fantástica de la realidad y de nosotros mismos, a la vez que forma un vínculo entre la razón y el sentir”.

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