El vate de disolutas

Por Ángel Serrano

Recuerdo cuando era un ebrio cualquiera, lo recuerdo muy bien. Mi nombre se escurría entre los moteles y mis palabras se diluían sobre los tarros sucios de cerveza, en los que se sedimentaba una peculiar espuma semejante a un halo incógnito. Era un Don Nadie, un ebrio más y un desdichado vagabundo. La escoria de la escoria que a nadie le importaba.

Era el amor de putas el que me daba por qué trabajar. Sin familia, ni mujer, ni hijos; “el amor de putas”, ése, el más clásico, el más romántico y el más sincero; las mujeres más amadas, las más deseadas. A ellas les pertenecía mi trabajo, mi alma y mi vida. Los tragos eran el complemento perfecto. Las bebidas iban, venían, eran perseguidas hasta que se perdían en mis labios. Las putas, el alcohol; el Alcohol y las putas: hembras vacías de coraza infinita, rostro común, pero con el alma viva. Eran lo mismo y siempre terminaban por lo mismo: un ligero desvarío de placer, la insignificancia de paraíso en vida; el éxtasis encarnado en los suspiros del tiempo y el vómito rosado. No existía tiempo para la resaca: trabajaba en la fábrica de juguetes por las mañanas, dormía el resto del día y despertaba por las noches a topar conmigo mismo de bar en bar para encontrarme a alguna bella prostituta madura que quisiera deleitarme con el placer de su compañía. Eso era no tener una vida y tampoco tener tiempo: un don nadie sin tiempo ni vida.

Me despidieron de la fábrica de juguetes. Descubrieron que metía colillas de cigarro en las cabezas de los muñecos. Armaron un gran argüende. No me imagino qué habría pasado si se hubieran enterado que metía cadáveres de ratas en los cuerpos antes de sellarlos. Ese día, como la rutina dictaba, lo concluí en un cuarto con una prostituta, que con mucha plática me dijo su nombre. Todas tenían uno común entre ellas: Rubí, Violeta, Coral, Estrella, Lluvia; pero aquélla, la más religiosa, hacía llamarse María. Todos nombres hermosos. Se desnudaban ya sin guardar misterio de sus cuerpos, mientras tomaba la botella de whiskey barato, la empinaba en mis labios y ellas perdían el pudor a pasos pequeños. En el balancearse de sus rígidos cuerpos caían las respuestas a preguntas nunca antes efectuadas, se deslizaban entre su cuero usado. El sexo era engañoso, intrigante, dudoso. No sabía si en realidad se excitaban tanto o era parte de la mecánica rutina que perfeccionaban a lo largo de los años; si el orgasmo era la convulsión del espasmo y el clímax de excitación, o todos los anteriores eran sinónimos. Fuera de todo aquello, era una grandiosa ilusión: la de llenar a una mujer que se dedicaba a dar amor a los hombres. Acabé sin haber empezado nada. Se despegó de mi cuerpo para volver a su disfraz de poliéster sobre otro de seda. Metí las manos en las bolsas sin encontrar billete alguno. Había olvidado que ya no tenía empleo; no había dinero con qué pagar. Me miraba esperando lo que iba a decir, no era la primera vez que le ocurría. Con la más dedicada sutileza, estiró la mano en su bolsa, sintió rozar el filo de la navaja. Ella no dudaría en asestar un golpe de frustración por unos pesos.
Rendido. Sus piernas se acercaban a mí lentamente, con la misma pasividad inerte con la que se desnudaba. Sentí el miedo recurrente que con los años se había vuelto común. Tal vez las palabras me ayudarían, tal vez…

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 Me acuchilló.

 Las fuerzas me dieron para no besar el suelo de golpe y para ver sus largas piernas alejarse. Cuando se disponía a atravesar la puerta, versé lo que mi alma en estado de descomposición susurraba:

Dejas mi alma ida y el corazón en el agobio de un latido.

Te olvidas de mi amor.

Te olvidas de mí, amor,

como te has olvidado del de los desafortunados…”

 Cerré los ojos y no supe más de mí.

Desperté en una clínica privada y María, a un costado de mi cama, lloraba suplicando perdón. Sus palabras, entre sollozos, se escuchaban hermosas; su maquillaje corrido era un deleite para mis ojos y el perdido sentimiento de culpa recorría la habitación como su perfume barato la inundaba. Ella me había herido, salvado y ahora me pedía que repitiera mis palabras. Lo hice.

Salí de aquel lugar un tiempo después. Lo último que supe era que María se había tatuado esos versos en la piel. Se lo grabó en un lugar donde ninguno de sus amores pudiera verlo fácilmente. Imaginé la cantidad de verbos que habría de cargar sobre sus senos. Volví a trabajar, ahora en una fábrica de televisores; era más difícil meter los cadáveres de ratas, pero me las arreglaba. También volví a las putas, mas ahora había algo diferente: me miraban ansiosas a que yo me acercará. Algunas, por propia gana, me tomaban de la mano y me hablaban de una rebaja por un verso; veía en sus ojos las ansias de un afecto puro. Aunque claro, ellas no decían “verso”, decían “poema”;. tampoco me llamaban “cliente”, sino “poeta”; no le llamaban “amor”, todavía le decían “trabajo”.

Con el cariño asegurado, tenía más dinero para enfocarme en el alcohol. Ya no había más licores baratos ni las cervezas con aroma a orina. Ellas, con sus descuentos; yo, con mis alcoholes varios. Aún mi sudor era rancio, mis ojos no destellaban alegría y mi mal aliento espantaba a los ángeles; pero algo había cambiado: se desnudaban frente al viento, sin miedo a perderse entre sus clientes, mas le temían a mis palabras. Éstas las hacían sentir amor, uno que ningún ser humano les podía dar, ninguno. Para cada una tenía versos diferentes; no parecían agotárseme.

Destierra tu querer.

Finge soñar a ojo abierto, así como besas.

Cree olvidar los restos del último amor que rasgó tu razón

y encláustrate, alma virgen, pues es lo único que te queda…”

 Las rameras me amaban; bueno, no a mí, a mis palabras. El sexo terminó por ser gratuito. Yo pulía mi poesía, mientras ellas se dejaban conquistar por el éxtasis confuso del orgasmo y del deleite. Me amaban. Sus momentos de placer eran para mí una revelación; era en ese justo santiamén cuando se originaban mis más ricos versos.

Me convertí en un poeta: el de las putas y prostitutas, porque no son lo mismo: “prostituta” es antes del sexo; “puta” es después del sexo. SÍ, era de ellas y de nadie más. Así me volví escritor, de los mejores en mis años. Tal vez no hay buenos en esta generación o tal vez los mejores surgen del amor vago, ése que no le pertenece a nadie; pero yo… yo le pertenezco a todas.

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Fotos por Iván Nieto G.

Ángel Serrano. Escritor. Estudia la carrera de Lengua y Literaturas Hispánicas en la Facultad de Estudios Superiores (FES) Acatlán, UNAM. Sobre el proceso de creación, asegura que “el escritor se atarea más con el silencio que con las palabras”.

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