Palabras vivas

Por Luis Montes de Oca

Duele, duele mucho; pero duele bien. 

Tienes cáncer y te morirás en unos meses, o, lo que es igual, en unos días. ¿Qué quieres que haga, ponerme a llorar? Eso es un grosería, y como me diste la razón, te tomé la palabra. ¿Qué quieres hacer? Me dijiste que todo. ¿Qué es todo para ti?, porque podríamos ir y matar a alguien, o hagamos un trío; mejor aún, gastemos nuestros ahorros para ir de viaje. Sí, algo así, pero también quiero leer todos los libros que nos falta por disfrutar. ¡Ah, recuerdas la promesa! Claro que sí, tú mismo me prometiste que todos los libros que compráramos los leeríamos juntos: tú un párrafo, yo otro. Sí, sí, nos faltan como veinte libros en la estantería. Veinte libros y a morir. No seas necio, moriré y moriré bien; amé y me dieron amor; es más, ni me di abasto, fue tu culpa. No es nada, pero déjame hacer algo, déjame… algo tuyo. ¿Cómo qué?, ¿mis manuscritos, mis dibujos, las pulseras, los relojes?, ¿o un pelito mío, o toda la cabellera? No, tu voz, porque si ahora no puedo estar sin escucharla un día, imagínate cómo estaré todo lo que me queda de vida. 

¿Cómo te daría mi voz?, por mí te la doy; úsala, agárrala de mi garganta y ponla en la tuya, pero no hay manera: es imposible.

Espera. ¿Qué será de mí cuando mueras? Tu voz es mi alarma, ¿cómo despertaré ahora?; también es mi mapa, ¿de qué manera sabré a dónde ir ahora?; y es mi historia, ¿cómo podré recordar? Mira, mira, se me ocurrió una locura…

¿A ti?, ¿a ti una locura? ¿Cuál de todas?

Ésta: acercaré una grabadora a tus labios y haré que digas todas las palabras del español, del castellano más refinado; tal vez, una que otra del inglés… ¿Qué te parece?

Prefiero que tomes mi cuerpo, que conserves el ataúd donde descansaré para que lo coloques a un lado de la cama. ¿No es más fácil para tu alma? ¿Grabar todas, cada una de las palabras del español?¡Qué cansado!, ¿me quieres matar del hastío?

Vamos, sé que te divertirás, ¿ya no recuerdas cuántas palabras bonitas hay? Es para que las sientas por última vez en la boca: los últimos bocados del idioma. Será fácil y rápido. Si nos apuramos, viajaremos a todos lados.

¿Y los libros que nos falta por leer? Usa mi cuerpo, mi voz, lo que más te plazca; pero déjame leer esas historias y morir en paz.

Entonces agarremos los diccionarios que ya se hace tarde: de la A a la Z. Di todas las palabras, desde los nombre propios hasta las terminologías, pasando por las locuciones latinas y las griegas; también las palabras en desuso, ¿por qué no? Las palabras más hermosas como “mediodía”, “ojalá” y “melancolía” dilas con pasión, como si fueras a dar un beso. Sí, pasemos horas en esta empresa: yo te grabo con una videocámara, mientras tú comes sin cesar las palabras. Después las guardaré en la computadora. ¿Sabes algo?, serás inmortal.

Doce horas te la pasaste grabando palabras initerrumpidas, cumpliendo mi capricho. En las noches leímos tus libros pendientes en donde estaban tus pasajes favoritos. Ahí me tocaba leer con mi voz.

Yo también extrañaré la tuya, hijo de puta. ¡Yo no puedo grabarla y llevármela… para dejarte mudo, sinvergüenza!

La escucharás, será la música que te guíe por los pasillos de la muerte, y de ahí a donde le pidas. Te llevas mi paz, la seguridad de un “todo va a estar bien” que murmuras cada vez que me abrazas…. ¡Ay, no se te vaya a olvidar grabar aquella oración que es un conjuro para mí!

Te me moriste. El último día te supliqué que no te fueras, mejor era que te quedarás. ¡Qué me importa congelar tu voz, si ella no me besa, no me toca ni me hace el amor! ¡Maldita sea! Lo hicimos por última vez, de manera triunfal; pero luego sí te moriste…. en nuestra cama, sin siquiera dejar una nota ni un adiós; tan de repente, como si todo este tiempo sólo hubieses sido carne.

Palabrasvivas

Foto por Especial

Ay, por suerte alcanzaste a decir las miles de palabras del español; aunque al final casi te quedabas afónica, lo notaba cuando al gemir, mientras hacíamos el amor, se te dificultaba. 

A donde me lleven, me van a cambiar la voz. Era cierto.

Organicé todas la palabras y creé un software para usarlas a mi antojo. Escribí mi nombre en él para que lo leyera como si fueses tú. Me gustaría pensar que lo pronunciabas con ternura. Lo escuché cientos de veces. En tu funeral, coloqué tu arrullo “Todo va a estar bien” adentro del celular, sólo por si acaso; mas no lo utilicé cuando el ataúd bajó a la tierra porque me hubieses mentido.

Conversaba contigo, enfrente de la computadora: yo te hablaba; escribía tus respuestas. Sabía de memoria lo que me dirías, así que sólo transcribía tu alma, alargándola. Te coloqué en el GPS del auto, y ahora era tu voz la que me decía a qué calle girar. También te añadí a mi despertador para que fueras tú quien me dijera la hora. Te inserté en los libros, y entonces eras tú la voz que los leía; eso me alivió, pues podías leer las novelas que no leíste en vida.

Todas las conversaciones que no tuvimos, esas postergadas por “un día de estos”, esas charlas sobre los secretos de nuestras vidas, que sólo se manifiestan debajo de las sábanas, donde dos pieles acostumbradas una a la otra se tocan; esas charlas que le dan sentido a la vida, donde los perdones llueven, las tuvimos… tarde, pero charlamos así. Claro está, yo era quien escribía en el teclado de la computadora portátil lo que tú decías, ¿pero qué más opción tenía?

Haces bien, dije yo. Aún muerta no me quiero quedar callada, escupiré todo lo que en vida me tragué, y lo haré sólo porque serás tú quien lo escriba; todo aquello vive adentro de ti al estar viviendo en mí: son remordimientos en el fondo de tu estómago. Me tienes adentro, tu voz es mia ahora.

Tienes razón, amor mío, sigue siendo tuya aunque yo la manipule, que tu amor es tuyo aunque yo lo juegue. Si tú quieres, sólo si tú quieres, hablaremos toda la vida, yo transcribiré tus palabras desde la vida, y tú harás lo mismo con las mías desde la muerte. ¡Sé que tú también escribes las palabras vivas que diré en una computadora! ¿Sabes qué se me ocurrió ahora? Yo también grabaré todas las palabras del español, las colocaré en la computadora, y, cuando me muera, habré creado un segundo software que responda al tuyo. Aquellos programas, que seremos tú y yo, conversarán hasta el infinito, agotarán todas nuestras charlas posibles, incluso aquellas que no deberíamos tener. Nuestras voces estarán programadas para comunicarse conforme a las reglas de nuestras personalidades: las muletillas, las pausas, nuestras palabras mal pronunciadas… Sí, hasta deseo la muerte, pero tendré que esperar; mientras tanto, hablaremos así, combatiremos la muerte de este modo. ¿No es esa una locura más? ¿No era lo que tú querías? Leeremos juntos, hasta la eternidad, todas las novelas y libros que se han escrito, los que ni siquiera se escribirán; ¿sabes una cosa más?, sí, duele muchísimo, duele demasiado, pero duele bien, duele muy bien.

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