La faena

Por Alejandro Badillo

Las horas en el bar transcurren monótonas y suaves. Un viejo mira un partido de futbol en la televisión. El detective Lemus fuma con incredulidad. Enfrente tiene un bodegón compuesto por un vaso, una silla vacía y una consumida botella de whisky. Deja el cigarro, mira su punta encorvarse en el cenicero. Entre los cabellos, suspendido a escasos centímetros de los ojos, un rebaño de humo. Aprieta los labios. Mira con decepción sus manos, comprende que ha llegado a un nido de perezosos, un refugio de hombres con dolor de huesos. El verano arde entre los árboles, en las bancas del parque, en las inútiles caravanas de las moscas. Una cumbia que nadie escucha corona la desolación, le saca brillo al polvo. Una mesera zumba entre las mesas, la otra está aletargada, cerca de la barra, como un solitario trazo de acuarela. Lemus suspira: “Yo, el que investigaba los casos más difíciles, ahora con un caso de infidelidad, buscando a una mujer de rizos rojos” El señor López le entregó una fotografía, un fajo de billetes y la consigna de regresar con la evidencia. Desde entonces tiene en la mente los rasgos de la mujer, un matrimonio en descomposición, la posibilidad de alargar la búsqueda para pedir más dinero. La mesera sigue zumbando, ahora sirve caldo de camarón, agua mineral, limones frescos. El bar se impregna de somnolencia: en las paredes se mantiene en equilibrio la blancura, las servilletas huelen a agua estancada. Los clientes, a intervalos, dejan de conversar y se quedan silenciosos, como mosquitos agazapados en el calor, vacas sumergidas en el verano. Lemus observa cómo alzan los vasos al unísono, cómo se dirigen miradas rápidas y nerviosas. Se siente inseguro. Se imagina como una llama votiva, ardiendo en una mesa del fondo, preguntándose, tras los cristales ahumados de sus gafas, a quién sacar información, cómo dar con el rastro de la mujer de rizos rojos. Sin embargo, la atmósfera es apacible: los objetos parecen esfumarse en la luz, los bebedores renuevan con tranquilidad sus tragos. Lemus extrae de la bolsa del saco una foto. Una voz lanza una bravata contra el mundo. Lemus contempla la imagen de la mujer. Trata de imaginar la historia del señor López: desayunos ocupados por larguísimos silencios, noches pasadas a fuego lento; pero Lemus sólo tiene la certeza de una fotografía, la infidelidad como un lento purgatorio. Da un sorbo a su bebida. Espera. Los hielos en su vaso ya no están apretujados: empiezan, lentamente, a desmoronarse. Las luces hacen de la mesa un escenario ajedrezado. Lemus se levanta de la silla y se dirige a la barra. La barra está constelada por decenas de cacahuates, puñitos de sal, el olvidado cadáver de un mosco. Arrima un banco y se sienta. El barman lo recibe agrandando sus ojos. El tiempo le ha descubierto el cráneo aunque las puntas de sus bigotes siguen firmes, apuntando al cielo. En la mano izquierda sostiene un cenicero, en la derecha el trapo con el que lo limpia a conciencia. Lemus aparta un cacahuate, se acomoda el saco, inclina la cabeza. Después de un momento de indecisión, habla muy bajito, como si temiera espantar -con alguna inflexión de voz -un avispero:

SEMC 3MP DSC
SEMC 3MP DSC

Fotografía por Javier D. López

– Me dicen que aquí estuvo una mujer de aproximadamente cuarenta años, de rizos rojos.

El barman deja el cenicero en la barra. El cenicero, libre de oscuridades, refulge como una joya. Después de una breve meditación, contesta:

-Vienen algunas mujeres al bar

Lemus le extiende la fotografía. Las manos del barman, coloreadas por venas azules y rojas, tocan la imagen, la ponen a contraluz. Los bigotes hienden la penumbra. El barman cierra los ojos. Los hunde en la memoria cenagosa. En la imagen, una mujer sonríe en un día de invierno, bajo un cielo apretujado de nubes. Las nubes, detenidas, dejan escapar manojos de sol. Al fondo, un perro, una sombrilla azul y un parque. En la parte inferior está garabateada una fecha, una dedicatoria escrita con mala letra y que parece una conjura llena de hormigas, de bichos. El barman le devuelve la fotografía. Lemus mira las botellas alineadas, el ámbar concentrado, dispuesto a aliviar la soledad, el dolor, el hastío. La cumbia termina sólo para dar paso a otra. El barman se encoge de hombros y se queda inmóvil, como una formación rocosa en el desierto. Lemus entiende el gesto y desliza sobre la barra un billete de cien pesos. El barman carraspea, se lleva las manos al cuello de la camisa pero Lemus arquea las cejas indicándole que es su última oferta, que la historia que le cuente debe ser buena. El barman, resignado, le dice:

-La mujer viene al bar todos los días. Llega muy puntual, a las cinco de la tarde. Pide la mesa de la esquina y ahí se dedica a fumar y a remover, con el índice, los hielos en su vaso. Pasa varios minutos mirando a la gente. Después pasea entre las mesas, pide un encendedor, platica con los bebedores. Cuando encuentra al hombre indicado, lo saca a bailar. El baile dura algunos minutos. El afortunado tiene oportunidad de manosear, de susurrarle cosas. Si quiere ir más lejos la mujer se escabulle. Si insiste ella emplea la violencia.

A Lemus le parece barata la historia. Sus pensamientos: un embrollo de moscas. Sin embargo percibe alguna dosis de verdad en sus palabras. El barman toma aire, continúa:

-Ayer estuvo en la mesa de siempre, más seria que de costumbre. Mientras preparaba los tragos la imaginaba convaleciente, a la orilla de un río, mirando el cadáver de un perro. Hubo un momento en que se agitó los cabellos, como si se estuviera sacudiendo polvo de la cabeza. Después de su flirteo habitual, pagó la cuenta y, al pasar por la barra, me dijo: “tus tragos me ponen enferma”. Sacó de su bolsa unas gafas oscuras y caminó insegura hacia la salida, tambaleante, como un edificio a punto de derrumbarse, una mujer hecha de insomnio.

-Si lo que me dices es cierto, no falta mucho para que llegue – murmura Lemus después de observar su reloj.

-Creo que elige los hombres al azar. Todavía no he podido identificar qué es lo que la hace decidirse por alguien… -dice el barman mientras arquea las cejas, refuerza la conjetura.

-El estado de ánimo, alguna coincidencia…-aventura Lemus

-Quizás

Lemus regresa a su lugar acunando el whisky entre las manos. No cree que venga la mujer, sin embargo, voltea de cuando en cuando en dirección a la puerta. El reloj cruza la marca de las cinco de la tarde. Transcurren algunos segundos. Una mujer entra al bar, embadurnada de sol. En sus gestos, huellas de alcohol; en sus pasos, la batalla por no caerse de los tacones. Luce un vestido rojo, ajustado. La tela ha perdido un poco de brillo, algunas porciones de lentejuela. El vestido resalta, de mala manera, los senos diminutos, los hombros cansados; el lento andar, vacuno, que ya comienza a desgastarle el alma, las caderas. Salta al ruedo un comentario obsceno y la mujer sonríe, inclina el cuerpo, como invitando a la faena, sin embargo, los bebedores permanecen en sus lugares, como un montón de ciervos indecisos, sin saber si son cazadores o presas. La mujer elige una mesa del centro y se sienta. En el bar las voces se reaniman. La música retoma consistencia y las voces bullen, como agitadas en un caldero. Un viejo celebra, demente, la repetición de un gol en la portería enemiga. Alguien brinda por el fraude electoral de 1988. En la mesa más cercana a la puerta se amontona un coro de rabiosos fumadores, una nube gris les enturbia las siluetas, sólo escapa la levedad de las manos, las voces que parecen serpentinas de humo y que brotan al azar, como esquirlas de luz, resabios de un pequeño infierno. La mesera le lleva un bourbon. La mujer cruza las piernas, clava la mirada en un cuadro, una deslavada reproducción de una playa triste, color sepia, habitada por turistas gordos. Lemus también mira el cuadro, la marejada imprecisa, disipándose por una gruesa capa de polvo. La mujer remueve con el índice los hielos. Da un sorbo lento, casi besa la orilla del vaso. Después, se dedica a prodigar innumerables gestos de orfandad, a remover en la silla el cuerpo desvencijado. Lemus sigue al detalle cada uno de sus movimientos, comprende que la mujer es un campo abandonado, con luz anémica en las mejillas, rodillas salientes y enfermas, la espalda ligeramente encorvada, como si recibiera, en ese instante, el peso de todas sus palabras, del mundo.

No pasa mucho tiempo para que la mujer se anime y lance bellas sonrisas a los bebedores. Sube una parte de su vestido, muestra las piernas temblorosas y descoloridas. Pasea entre las mesas, estrecha los labios, se mueve como si coqueteara en la plaza de alguna ciudad; como si ofreciera, de puerta en puerta, mercadería barata. Se contonea en su apretado vestido mientras busca pretextos para platicar con alguien. Hace preguntas, desecha propuestas, finge interés en los esquivos sueños de los borrachos. Un jovenzuelo afortunado recibe consejos para el amor, un licenciado de lentes apunta el remedio para mitigar la soledad. La mujer sigue lanzando anzuelos mientras el calor arrecia. Los bebedores, a punto de hervir. Sus almas, temblorosas por el deseo. La mujer al fin se decide y toma de la mano a un viejo que, minutos antes, le hablaba a su trago con dulzura. Entre aplausos se dirigen al centro del bar. Las meseras, acostumbradas a estos menesteres, arriman sillas y mesas para improvisar una pequeña pista. Los dos bailan lentamente, casi un arrullo. El viejo se deja conducir como manso corderillo, arrastra las piernas, boquea como un pez que explora aguas bajas. La música invita a un previsible manoseo, a una erección insulsa y silenciosa. El cuadro que languidece, las gotas que perlan un vaso, la mosca que revolotea; son súbitamente iluminados, como objetos instantáneos, componentes de una naturaleza muerta.

Lemus se dirige a la entrada. Escudándose tras los bebedores saca la cámara y enfoca tratando de dar estabilidad a la escena. En la mirilla observa al viejo toquetear las nalgas de la mujer, el principio de lumbre que le llena el rostro. Lemus toma una, dos, tres fotos. La música lleva a los recién enamorados a un paraje repleto de pastos secos, hecho con burdos pincelazos amarillos. La mujer le compone el cabello canoso, hace un falso cumplido a las arrugas. Recarga la cabeza en su hombro, le murmura palabras descompuestas. Parece contarle de una edad remota, donde los viejos eran pequeños sátiros, patriarcas de una isla retozona, repleta de valles fosforescentes, hogar de mujeres redondas y morenas. La mujer sigue endulzándole el alma con mentiras. El viejo sonríe, continúa el manoseo en las nalgas, las abarca con morosidad, como un ciego palpando el contorno de una fruta. Al viejo le salen cuernos en la penumbra, en la soledad toca una lúbrica flauta. Lemus toma otra foto: en la imagen una mujer cansada baila con un diablo lascivo, sudoroso, sonriente. “Diávolo cornuto” le dice la mujer, al oído, adoptando el papel de madre amorosa. El viejo intenta articular una palabra que abarque la felicidad, que le regrese los días blancos de su infancia. La canción termina. La mujer aprovecha la pausa para finalizar el encuentro, pero el viejo trata de retenerla, de apresarla entre sus brazos. La mujer le da un puntapié, le pisa con delicadeza los callos, le dirige una sonora mentada de madre. El viejo se queda a mitad del bar, eleva las manos al cielo; mira, desconsolado, cómo se evaporan las aguas de su isla afortunada. La mujer voltea, sorprende a Lemus tomándole una fotografía. Lemus trata de disimular y va a su mesa. La mujer se acerca con su trago en la mano y le pregunta:

-¿Puedo?

Lemus accede con un movimiento de cabeza. Se siente descubierto. Tiene hormigueos en los labios. La mujer se sienta frente a él, deja su bourbon sobre una servilleta. Lemus percibe en las sienes sangre agolpada; un latido.

– Usted no es el primero que me busca y me saca fotos. ¿Sabe?

La mujer le busca la mirada. Lemus la evita mirando sus dientes disparejos, apenas asomados en una sonrisa de muñeca rota. La mujer levanta con elegancia el cigarro, vuelve a lanzarle palabras lentas, que navegan en el calor, que la envuelven en una sutil indiferencia.

-Lo mandó mi marido… ¿verdad?

-Sólo estoy tomando un trago, señora.

-Él es muy celoso, ¿sabe?

Lemus se limita a mirar, a fingir que cuenta los granos de sal desperdigados en las servilletas. Pero la mujer suspira, le dice:

-Después de casados… comenzó a imaginarse cosas.

Lemus parpadea, no sabe por qué se decide a preguntar, tal vez por su vida donde nada ocurre, donde una llamada perdida, una mancha de humedad, son afortunados descubrimientos:

-¿Qué cosas?

-Que lo engañaba, que salía con otros hombres.

-¿Le daba motivos?

La mujer ignora la pregunta. Lemus olvida su misión, sólo quiere hurgar la vida de la mujer, completar de alguna forma sus palabras. La mujer lleva los dedos al cigarro. Los cabellos rojos, endemoniados, están salpicados con canas; el peinado, víctima de una tolvanera. Lemus estira los pies. No deja de mirar a la mujer. Es el miniaturista que le imagina pequeños instantes a su vida, que le añade lúbricos detalles a su adolescencia. Mira sus ojos, la parte blanca que los consume y siente que está agazapado, tras el ojo de una cerradura, mirando las vueltas de una niña solitaria, abandonada entre las paredes de una habitación muerta.

-Los motivos son aburridos –dice al fin, hastiada del silencio de Lemus. Parpadea y arremete:

-¿Sabe qué soñé ayer?

Lemus no sabe qué contestar, no quiere desviar la conversación, sin embargo la mujer le cuenta:

-Soñé que las hojas de mi violeta se pudrían, que velas azules reemplazaban las flores muertas- termina con una risita que se le desbarata en los labios. Lemus estira los brazos. El bar está sembrado de miradas, de sonrisas oscuras como cavernas. En las mesas burbujea el calor. El tiempo es un desierto espinoso, un resplandor hecho para contemplarse. Los movimientos de los bebedores son los de una tropa empapada de alcohol, que sólo necesita una chispa para devorarse, para arder entre estentóreas carcajadas. Lemus estudia la locura de la mujer. Recuerda con ella las mujeres de su vida. Mujeres temblorosas, como frutas frescas, trabajadas por la soledad, parecidas a lámparas votivas, ardiendo en la penumbra de un cuarto vacío. La mujer le dice:

– Como no pudo encontrar pruebas, el loco de mi marido me obliga a venir todas las tardes aquí, a coquetear con estos – alza el brazo y señala decepcionada, con el índice, a la runfla de bebedores. Alguien tose. La mujer acomoda el cuerpo, con cada movimiento el escote del vestido cede un poco, deja al descubierto el blanco inicio de los pechos, la arena de las pecas. Lemus le dice:

– Y contrata a un detective para que la busque y le saque fotografías.

La mujer confirma, con un gesto, la sospecha. Lemus se siente decepcionado. La mujer estrecha los labios, lanza perfectas fumarolas. Las fumarolas parecen lentos nubarrones. Los dos miran, a las nubes, desbaratarse. Lemus se hunde en la desesperanza. ¿Para qué seguir hablando con la mujer? ¿Por qué cumplir con la encomienda de un trastornado, de un hombre invadido por la locura?

-Si quiere le doy las fotos – Lemus suspira, casi un estertor de bestia rendida.

-¿Salí bonita?

Lemus tiene ganas de llorar, pero un principio elemental de pudor le impide hacerlo. Los ojos, insectos enrojecidos, le arden. La mujer bosteza, mira con fastidio el brillo de sus uñas. Le dice:

-En ocasiones especiales mi marido se coloca en una esquina del bar y me mira bailar con otros hombres. A veces el hombre quiere llegar más lejos y él tiene que intervenir. Por eso anda armado.

A esa distancia el maquillaje de la mujer parece resentir el calor y comienza a derretirse en los labios, a cubrir los párpados con un espeso barniz de tiempo. Lemus mueve la mano, curva los dedos sobre huellas de antiguos vasos. En la mesa se despliega una claridad lunar. La mujer mira hacia ninguna parte. Después de unos segundos, añade:

-Para mi marido, lo importante es que parezca real.

-Que usted se sienta atraída por un hombre distinto cada tarde.

– Que haya una historia diferente todas las noches -corrige.

-Como la de esta tarde, por ejemplo.

La mujer elabora un gesto de disgusto. Deja que el cigarro se consuma. Lemus piensa en las historias de la mujer, en el señor López en el sillón principal de la sala, felizmente indignado, escuchando de su esposa los pormenores del día, para inmediatamente después cotejarlos con fotografías, mapas, informes detallados.

– Lo que en realidad le gusta es la escena posterior.

-¿Cuál?

-Llora, me pega, luego se disculpa y me repite hasta el cansancio que ha dejado todo por mí, que no merece el engaño.

-¿Y a usted, le gusta?

-Al principio, pero después, con el tiempo, se vuelve cansado.

Lemus, por primera vez, la nota nerviosa, atenta al resplandor en la puerta. Los vasos beben de la luz que entra por las ventanas. La mujer se rasca la oreja. Lemus empieza a sentir compasión por ella, pero también por él: la compasión de los necios, de los solos.

-Le voy a contar un secreto… acérquese –le dice la mujer con un gesto de picardía.

Lemus inclina la cabeza. El perfume de la mujer le pica la nariz. Su aliento parece un caldo donde se mezclan la polución, el germen de alguna mala palabra.

-En la mañana guardé un cuchillo bajo la almohada. Esta noche, tal vez, cuando él esté a una distancia apropiada… – quiere completar la frase pero no puede porque empieza a reír, a celebrar su idea.

Las manos de Lemus echan sombras. Las sombras enturbian el reflejo de los vasos. Quiere mantener a la mujer en el límite de la borrachera, con la lucidez suficiente para que en la noche encuentre el arma y dé un tajo fatal en la garganta del señor López. Imagina la mirada loca de la mujer. Imagina la hoja del cuchillo cubierta por un ramaje de sangre que cae a cuentagotas sobre la alfombra. Reconstruye la escena final: ella increpa el cuerpo inerte de su marido, le dice entre risas que se lo merece. Después, recorre con dedos temblorosos la herida cárdena en el cuello, como si reconociera, en esa línea, una íntima forma de soledad, la frontera entre la venganza y el asombro. Entonces se suelta a llorar y le dice al cuerpo inmóvil, a los ojos muertos, a las venas que se vacían sobre la alfombra, que está arrepentida de su necedad, de no darse cuenta del momento en que tanto amor se convirtió en odio. La mujer suelta el cuchillo. Escucha el tintineo que se prolonga, maligno, sobre baldosas azules, quizá rojas. Alarga la mano hacia el buró, destapa un frasco y se llena el cuerpo con pastillas.

La imagen se deshace cuando Lemus vuelve a mirarla. Ella mantiene adormecidas sus manos de uñas rojas, despostilladas y largas; de echadora de cartas.

-He pensado en matarme –dice resignada.

-¿Por qué no lo hace?

-Es mejor pasar las semanas, los días, amando a un hombre muerto.

La mujer toma una servilleta, le hace varios dobleces, quiere que nazca, entre sus manos, una blanquísima paloma. Lemus percibe cómo cada movimiento, cada gesto que esboza, no se pierde, sino que deja breves reminiscencias, como si estuviera hecho de humo. La mujer, en el intento de la paloma, deja un reguero de maltrechas servilletas; se queda mirándolas un buen rato, enojada, impotente. El odio hace de su rostro un objeto bello, más vivo, como iluminado por una vela. En el silencio de la mujer, en sus maneras de gata vieja, Lemus cree descubrir el desgaste de Dios, la razón por la cual se ha desentendido del mundo. Después de oír su confesión siente que habita la punta de una flama, que su alma es un negrísimo pabilo. Quiere imaginar que la historia de la mujer es falsa, que no es un asunto de infidelidad, sino de amantes que no supieron luchar, que el tiempo volvió mediocres. La mujer interrumpe sus pensamientos:

-¿Tiene miedo, detective?

-A veces, cuando es necesario.

La mujer gira el cuello, esconde la cabeza, le dice en voz baja:

-Creo que mi esposo está aquí.

Lemus cree escuchar, sumergida entre la música, la respiración sosegada del señor López. La mujer sonríe, a falta de una colilla, remueve con el índice el fondo del cenicero. Lemus piensa en traición. Los bebedores, miembros de una sutil emboscada. Piensa en los ojos de la mujer como agresivos aguijones. Voltea con disimulo la cabeza. Descubre al señor López de pie, cerca de la barra. Su calva semeja, a la distancia, una luna maligna, asomada entre las nubes. Las arrugas se le amontonan en la cara. Las aletas de su nariz se ensanchan, aspiran el aire tibio de la tarde Sube la mano derecha al cuello de la camisa. Sus dedos parecen torpes, sin embargo, aflojan de un tirón el nudo de la corbata. El señor López lo mira, inclina la cabeza y lo saluda.

-¿Ya lo vio? -pregunta la mujer

Lemus asiente en silencio. La mujer parece nerviosa aunque por momentos parece satisfecha, como el escolar que termina la tarea. Los rabiosos fumadores aplastan, al unísono, sus cigarros. El movimiento genera chispas, diminutas luciérnagas de bar ascendiendo entre barbas, narices, bigotes.

En la cabeza de Lemus el alcohol remoja pensamientos, los transforma en un valor artificioso. Mira a su alrededor. Los bebedores, diablos consumidos, murmuran, permanecen a la expectativa. En su cabeza un eco lo confronta, le repite una antigua sentencia: “Tú, el que investigaba los casos más difíciles, ahora con un caso de infidelidad, buscando a una mujer de rizos rojos”. Lemus piensa en cada palabra, en la imagen de derrota que convoca. Frente a él, en medio del calor, de las inútiles palabras, tiene el triste inventario de su vida. Los brazos se le adormecen. Las manos, la punta de los dedos, sombras en una desarbolada llanura. Lemus comprende que tiene que actuar, que hacer algo:

-Con su permiso, señora.

-¿Qué está haciendo? Lo puede matar –dice la mujer alarmada.

-Un gusto conocerla – se despide Lemus.

Se levanta con su trago en la mano. La mujer lloriquea, le dice que no vaya, que es peligroso. Sin embargo Lemus sabe que la mujer llora porque la decisión de levantarse trastoca, de alguna forma, el destino, la oportunidad de sacar bajo la almohada un afilado cuchillo. Lemus camina hacia la barra. El señor López entreabre la boca: en sus dientes, una mina de luz. Lemus estrecha los labios, como si tuviera saboreando, por anticipado, un dulce. El avance de la tarde llena el piso de cenizas. Lemus se detiene y alza su vaso. Se mezclan, en el movimiento, el ámbar y los hielos. El señor López corresponde al brindis empuñando un frágil caballito de tequila. Los bebedores se quedan callados: sus ojos, fijos en Lemus, chispean, llenos de morbo. Alguien apaga la música. El silencio es pleno y deja al cuidado de la luz siluetas, algún gesto, el brindis que no termina. Al fin, el señor López deja su trago, saca una pistola y apunta a Lemus con firmeza. Lemus siente que el pecho le palpita, que comienza a presentir el contacto del fuego, sus repentinas luces. El señor López camina hacia él con el brazo extendido, la mano amoldada a la pistola, como lanza en ristre. Lemus se despide de las moscas, de la soledad, de los viernes. El señor López jala el gatillo. No hay estruendo, ni combustión, ni humo saliendo a borbotones. Lemus mira, entre latidos desbocados, la sonrisa del señor López y el guiño disimulado indicándole que esto también forma parte de la simulación, de la broma.

 

Alejandro Badillo (México, D. F., 1977) Economista y narrador. Fue becario del Fondo para la Cultura y las Artes en dos periodos (2007 y 2010). Ha colaborado en diversas revistas, en las que destacan Punto en Línea, UNAM; Letralia.com; Tierra Adentro; y, con mayor participación, en Crítica. Entre sus libros se encuentran las novelas Ella sigue dormida, Fondo Editorial Tierra adentro, en conjunto con CONACULTA; Tolvaneras, Secretaría de Cultura de Puebla; y Vidas Volátiles, Universidad Autónoma de Puebla.

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