Marina, o el de la mentira.

Por Jenny Elizabeth Anota Ramos

Sentía el acoso de Geno desde que entraba a la recepción de la gasolinera, donde el nauseabundo olor se entremezclaba con un extraño halo gris que se negaba a revelar su origen. Llevaba días con la misma sensación de incomodidad. Me gritaba casi a diario “Marina, te llevo a comer; Marina, ¡qué bien te ves hoy; Marina, te traje un pequeño regalo…”. Los cumplidos, al principio, lograban sorprenderme; luego, comenzó a sobrepasar una relación de amistad. Lo acepté con la mayor resignación, mas poco a poco confíaba menos en su continuo halago: un día, mientras platicaba con Andrés, uno de los muchos traileros que llegaban, Geno sólo nos observó con enojo. Sin embargo, hice caso omiso, porque Andrés era diferente a los demás traileros, había algo en él: me atraía. Después de que él decidió marcharse, Geno me agarró del brazo fuertemente y me dijo: “¿Por qué diablos estabas con ese pendejo?”. No entendí nada, o no quise hacerlo. Al ver la inmutabilidad con la que respondí a su reclamo, quiso arreglar ese comentario con la justificación de que los hombres no valen la pena, que sólo están aquí para causar daño. Al parecer, no quería que yo pasara por las malas experiencias que ella había tenido con los del sexo contrario.

Fue más tarde, cuando salí de trabajar y no contaba con plan alguno, que me dirigí a mi departamento. Abrí la puerta y, de pronto, detrás de mí, apareció Geno. “¡Sorpresa!”, gritó, vaya que me la llevé. Me dijo “mañana es tu cumpleaños y quería celebrarlo antes que nadie”; yo, conmovida y sin ver malas intenciones, la invité a pasar, me apresuré a encender las luces. Al girar, vi en sus manos un regalo, lo abrí: era un baby doll muy hermoso. Sonreí en forma de agradecimiento; ella no le quitaba la mirada, veía cómo la sangre hinchaba sus labios y los teñía de un carmín intenso, luego las mejillas y la frente, había demasiado sonrojo en su rostro. Al fin se atrevió, me pidió con voz queda que me lo probara. Solté una mirada de extrañeza, la boca, sin voluntad, se torció para formar una mueca de inocencia. Accedí. La prenda era de un color rosa muy suave, casi imperceptible debido a su transparencia, podía apreciar el cuerpo entero bajo la traslucidez de la tela: los senos caían en perfecta simetría, brillaban las areolas en una rosácea cascada de encaje; la cintura estaba ceñida por la estrechez del corte de la pieza, se dibujaba una silueta perfecta; a su par, el ombligo demostraba la mortalidad de mi carne, un círculo pequeño que invitaba a mirar más abajo; el pubis como una analogía del mundo, con su monte y la creación que de ahí podía emanar, eran enmarcadas por una flora selvática de tonos negros entrelazados como si aquella fuera una carcasa para la penetración al edén femenino. Era una noche fría, mis pezones lo indicaban; decidí abrigarme un poco más: me coloqué debajo una tanga. Salí para modelar frente a mi invitada. Sus ojos se iluminaron con una lujuria innegable, y cuando no creí que se pudiese sonrojar más, me volvió a sorprender, pero una vez más traté de ignorar la situación. Saqué una botella de un tequila a medio acabar para dar comienzo a la celebración -aun con el baby doll puesto-; después de unos tragos, le pregunté a Geno por qué era así conmigo, ella respondió “te quiero y por ti sería capaz de dar la vida”. Reafirmó sus palabras dándome un beso rabioso, intentaba meter su lengua en mi boca, me aparté de ella inmediatamente como si sus labios quemaran los míos. ¡Dios!, esta vez, no pude ignorar mis sospechas…

Le dije que conmigo se había equivocado y que no me gustaban las mujeres, pero sin importarle mis palabras, me tomó entre sus brazos. Mientras me besaba, me puso sobre la pared y, apasionada, me mordía el cuello, la lujuria de sus ojos había tardado poco en llegar a la lengua bajo un torrente de sangre tibia; entre más trataba de resistirme, su excitación parecía crecer. Sus manos quitaron los tirantes del baby doll para dejar mi pecho al descubierto, buscó mis puntos débiles: me chupeteaba con violencia, me estrujaba los senos sin importarle la carne ya marcada por múltiples huellas purpúreas, era una sanguijuela escabulléndose por cada parte de mi cuerpo. Me llevó al sillón, ahí terminó de quitarme la ropa para así recorrer libremente con su lengua cada rincón de mí. No sabía qué era, si los tragos o su habilidad de seducción, pero empezó a gustarme; entonces le dije que continuara, que no se detuviera. Su lengua jugueteaba con mi clítoris; la metía hasta el fondo, en momentos iba desde el inicio de la vagina hasta el ano, ella me prometía hacerme bramar de lascivia y de gozo. Yo sólo suplicaba que no dejara de lamer como lo estaba haciendo: sus dientes mordisqueaban con fuerza mi capullo; a pesar del dolor que me embargaba, era mucho más grande la satisfacción, la habitación se llenaba de los ecos de una succión poderosa, labial; podía sentir cómo caían los fluidos que emergían de mí sobre su lengua para luego bajar por la garganta y emanar un suspiro. No podía soportar el ardor que recorría mi entrepierna. Estaba muy mojada, sentía calcinarme por dentro y peor aún cuando comenzó a tocarme con las yemas de sus dedos, para luego dar cabida a las uñas que parecían infinitas, largas como las quejas que salían de mí al rasgarme los adentros; y, sin embargo, no la detuve, imploré más fuerte, se detendría hasta que me hiciera sangrar de placer. Después me tocó a mí absorber los fluidos que brotaban de ella, no tenía mal sabor, lo disfrutaba, lo salino de sus jugos me llenaban el olfato, me embebía entre los néctares de la feminidad. Los quejidos nos detuvieron, giró con desespero, subió una pierna sobre mi abdomen y la otra debajo de mi espalda, con sus manos hizo lo mismo sobre su tórax, nuestras vaginas se miraban una a la otra, como el encuentro de dos cuevas de Sésamo que resguardaban un íntimo secreto. Las frotamos con fuerza, mientras cada una se tocaba los pechos para engrandecer el fervor; así continuamos hasta que las dos, casi a la par, alcanzamos el clímax. Las contracciones musculares nos dejaban con la mirada perdida y la boca seca, se advertía cómo el vello se fundía con el de la otra, quedando empapado de la llovizna de nuestros derrames. Fue sorprendente cómo una vagina caliente me hiciera experimentarme más mujer que la mayoría de los falos que alguna vez osé en probar.

Al día siguiente, me mojaba de sólo recordar la noche anterior, así que Geno y yo nos dimos pequeñas escapadas al baño con tal de que me absorbiera como lo había hecho: me masturbaba con la infinitud de sus dedos, me chupaba con la boca carmín otra vez, me mordía hasta hacerme venir y terminar con la excreción de un gozo innombrable.

Regresé a mi lugar de trabajo cuando llegó Andrés, aquel por quien todas morían; él, no obstante, sólo se fijaba en mí. Entró como siempre, erguido, con la espalda ancha y el pecho marcado en la camisa a medio abrir, el ejercicio de un trabajo duro había curtido a un verdadero hombre, los brazos parecían esculpidos y dorados bajo el sol del verano; las piernas fuertes parecían el de un semental de muslos enérgicos; la cara tallada y bronceada, con los ojos abiertos, y la boca delineada por una escueta barba que la cubría de extremo a extremo. Me abrazó por detrás, acercándome la verga que, a pesar de no estar erecta, se sentía enorme, lo cual me provocó demasiado. Me dio una nota con la dirección de su departamento, tomé el diminuto papel de entre sus vigorosas manos; para despedirse, sus labios se acercaron a mi cuello níveo que rápidamente se coloreó por el mordisco que me dio, el cálido vaho que de él emanaba se impregnó en mi piel, volvió a posar una de sus anchas manos en mí: me había dado una nalgada.

En la noche, me puse la ropa más sexy que encontré, aunque sabía que no duraría mucho con ella puesta: un pequeño vestido y, debajo, el baby doll que antes había sido deleite de Geno. Sabía que la fórmula no podía fallar. Llegué a su departamento en la noche y, efectivamente, apenas entré cuando se abalanzó sobre mí. Me desprendió de aquella diminuta prenda que vestía, sus manos atacaban con rapidez y salvajismo mi carne, el poder de aquellas habían roto el encaje que llevaba puesto y, de nuevo ellas, me tumbaron con furia en la cama. Me hizo un oral delicioso, su lengua húmeda entraba y salía de mi capullo: comencé a mojarme demasiado. El músculo lo sabía, así que lamió más rápido, sin pretender perder una gota de mí, los labios empezaron a brindar ayuda y retenían todo el flujo. Él no permitiría que mi placer se filtrara entre las fibras de las sábanas. Luego introdujo su dedo medio y comenzó a masturbarme, una vez más comprobé la magnitud de las manos, el dedo era mayúsculo y de una movilidad fausta: tocaba las paredes que no paraban de remojarse de ambrosía traslúcida. Me asemejaba a una perra en brama, me retorcía por tanto disfrute que palpaba en mi interior, gemía sin pudor alguno, mientras él bufaba advirtiendo la excitación de su miembro. Decidí entonces pedirle que entrara de una vez en mí, a lo que respondió entre sofocos: “ tú ordenas y yo sólo obedezco”. Se sentó en la orilla de la cama, deduje que tenía que montarme sobre él; primero decidí hacerlo de frente, así que llevé las piernas alrededor de los músculos de la espalda, dirigí mis nalgas sobre ese gran paquete que tenía en su entrepierna, lo tomé con una mano y, sin dudarlo, lo llevé dentro de mi inundada vagina, traté de hacer los mejores movimientos que pude, estrujaba y comprimía aquella verga con maestría, no dejaba que saliera de mí. La giraba y la mantenía en un vaivén que ambos deseabamos nunca terminase. Él mordía y chupaba con facilidad mis pezones, o por momentos los pellizcaba, los dos erectos estaban a punto de sangrar, pero se hinchaban en busca de un poco más. Sin sacar su verga de mí, me giré dándole la espalda; al parecer le agradó, pues no dejaba de tocarme el culo; primero lo acarició y, sin prepararme, me golpeaba con la mano entera, una vez más otra parte de mi cuerpo era marcada por él. De ese modo, me ayudaba a azotarme más duro generando más placer; después, me cargó aún siendo penetrada, y me colocó a la orilla de la cama. Sacó su falo por un momento, escupió para lubicar más y la introdujo, pero esta ocasión, analmente. Dejé salir un grito de dolor que pronto se diluyó en otro de lujuria. No estaba acostumbrada, mas él sólo arqueó más mi espalda y no se detuvo. Mis nalgas dejaron de poner resistencia y empezaron a darle lo que él quería, intermitentes de constricción. De vez en cuando escupía un poco más o una nalgada era suficiente para darme una orden. “Dáme más, no pares, así, así… ¡Ah!”. Arañaba mi espalda, o pasaba su mano por delante de mí para así meter sus dedos en mi vagina que también se encontraba ansiosa de sujetar algo. La dicha se destilaba en ambos lados: una exquisitez.

Portada_Infidelidad

Foto por Bernardo Rueda./Modelo: Víctor Manuel Sánchez.

Mis gritos hicieron que Andrés casi llegara al orgasmo, pero yo deseaba que se viniera en mi boca, recordaba el sabor del semen, la textura espesa y el aroma a hombre. Así que me di la vuelta, situé los labios en la cabeza del pene y poco a poco, tomando aire, los llevé lo más próximo a la base, donde el pubis lleno de vello tocaba mi nariz. La lengua, entretanto, se retorcía para no dejar ni un sólo centímetro seco. El vaivén que antes experimentó con mi vagina, ahora era repetido con la tibieza de mi boca: succionaba como si deseara ser alimentada por todo lo que saldría de mi semental, lo miraba a los ojos, pedía con la mirada que me llenara de él y de sus fluídos. De repente, sentí cómo la leche salía en chorros rápidos, coléricos. Salieron dos, luego otro y uno más. Cada uno con más carga que el anterior, todos acompañados de unos poderosos gemidos y gotas de sudor que caían sobre mí. Me tragué hasta la última gota, no dejé ni un rastro de su orgasmo, la lengua agotada limpió todo el tronco y la cabeza que todavía se podía sentir hinchada y palpitando. Al terminar, lo único que pensé fue que una gran verga es mucho mejor que una simple vagina caliente.

No sé cómo, pero Geno se enteró de lo sucedido. La gasolinería seguía expidiendo ese extraño halo grisáceo que siempre me recordaba al vaho de mis amantes y el olor cada vez más lo comparaba con el sudor después del sexo. En mi día de descanso, ella atendió a Andrés, yo sé que fue ella, porque al día siguiente me enteré que él había preguntado por mí con un tono demandante. Al no encontrarme, mejor se fue, supe que el motivo era porque ellos se encontraron y discutieron. Geno no permitiría que un patán como Andrés, según sus palabras, me alejara de ella. Esa misma tarde, Andrés pasó demasiado rápido por una curva, le fue imposible frenar. 

Andrés cayó a un barranco junto con mis pasiones; en cambio Geno, sólo se marchó dejando en el olvido la desnudez de un crimen. Los dos a quien gocé, son las confesiones de mi cuerpo que añoran el regreso de uno y de otro. He optado por cambiarme de casa y de trabajo, para mantener en el encierro de la mente los recuerdos. En los sueños, sin embargo, no dejo de verme entre la bruma y el fétido olor. 

Jenny Elizabeth Anota Ramos. Narradora. La música y la escritura son formas de vida para ella. El erotismo es la tilde que culmina en sollozo.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s