Cuentos de Cipotes, o el de la nostalgia por ser niño.

Ficha: Salazar Arrué, Los cuentos de cipotes, Salvador, Ministerio de Educación, 1976.

Desde el título vislumbramos comicidad: resulta un tanto bobo, aniñado, pero intrigante. Cipotes, ci-po-tes, las vocales parecen invitarnos a una danza prosódica. Nos remiten, nuevamente, a la imagen infantil. Para muchos quizá nos parezca extraño el vocablo, ci-po-tes, el significado de la palabra misma parece motivada por su sonoridad, aquí no aplican las leyes de la lingüística.

Salvador Salazar Arrué, o también conocido como “Salarrué”, nació en El Salvador en 1899 y falleció también en ese país en 1975. Narrador y artista. Salazar Arrué es para la literatura salvadoreña su mayor exponente y se le considera uno de los mejores escritores de la naciente narrativa hispanoamericana de su época. Fue fundador de las revistas Amatl y Espiral, así como Jefe de redacción del periódico Patria. Sus trabajos plásticos se alternaron con los literarios durante toda su vida: su obra pictórica fue expuesta en Nueva York, San Francisco y, por supuesto, en su país natal; mientras que su trabajo como escritor se puede encontrar en decenas de artículos con los que colaboró para revistas y diarios, asimismo, parte de su creación literaria se halla en las cien composiciones musicales que se le adjudican. Salarrué también contó con cargos políticos y culturales de gran relevancia, primero como Agregado en la delegación diplomática en Estados Unidos, luego como Director General de Bellas Artes y Asesor del gabinete del Director General de Cultura.

110882326_amazoncom-cuentos-de-cipotes-9788484050179-salarue-booksLos cuentos aparecieron por primera vez separados en los periódicos Patria. Sin embargo, la recopilación se haría hasta 1943 en una edición parcial y en 1961 con el compendio entero. El cuentario está estructurado en pequeñas narraciones, algunas brevísimas y otras con menos cercanas a lo que hoy llamaríamos microficción. En cada una se encuentran fórmulas de introducción y conclusión, éstas tienen la peculiaridad de que no son entendibles para el ojo lector, sino para el oído, la magia de estas sentencias radica en la fonética que imita a lo largo de todo el libro: “puesiesque…” y “seacabuche” no sólo sirven de puente entre una y otra ficción, sino también despiertan en nosotros una especie de sinestesia al pronunciar dichas frases.

El narrador, o narradores, es un cuentacuentos primitivo, de un léxico limitado, mas de una significación infinita. Las metáforas y las analogías no sólo sirven para enjoyar la estructura narrativa, también son usadas como hilo conductor. La retórica del personaje es casi barroca y, sin embargo, carece de toda falsedad. Los sucesos son cotidianos y directos, a veces mágicos, a veces fantasiosos, que en boca del infante que nos deleita con su humorismo nos lleva al paroxismo del clímax, entre carcajadas y dudas fónicas cada cuento encierra un mundo con el que nos identificamos: la niñez. Los cuentos de cipotes dejan de lado la lectura, se adentran gracias a sus cualidades fónicas a la oralidad; incluso, se vuelve más ameno escuchar un cuento que leerlo, su sonoridad lo asemeja a la prosa lírica, pero no a la literatura infantil como se suele catalogar a esta obra. Los acentos caen en un ritmo impreciso, pero suficientemente fuertes para dar cadencia a una métrica prosaica. Las imágenes vienen de manera similar a las de un poema: en instantes e hilándose una tras otra; debido a un tiempo narrativo con pocas pausas, las imágenes van en un crescendo, la sonrisa del lector también.

Lo más interesante de este libro es la capacidad de Salarrué de representar la riqueza del idioma al evidenciar las particularidades del habla salvadoreña. La lengua no se degrada; al contrario, el lenguaje poético la exalta y todas las condensaciones de palabras, los apócopes, las metátesis y muchos otros fenómenos lingüísticos son los verdaderos personajes de la obra. La coloquialidad es otra de las especialidades del autor, nos recuerda en gran manera a autores como Arreola o Rulfo, donde la naturalidad es la base para construir historias, al narrador no le importa si habla “correctamente”, su tarea es divertir a su lector, darle una pequeña, pequeñísima, muestra de su mundo infantil. Los refranes, las muletillas y aforismos son sólo algunas muestras de qué tan bien conocía Salarrué su propia lengua.

Otra característica es que para el autor el libro es un juego. Sí, desde la estructura de la obra hasta sus efectos de recepción. La sintaxis y la semántica, como ya mencionamos, están continuamente desarmándose y rearmándose a un antojo pueril; luego el género, si bien sabemos de antemano por el título que son cuentos, al narrador parece no importarle o no saberlo, porque el goce del infante se halla en su desconocimiento: en el libro coexisten y se entremezclan la crónica, la poesía y el cuento, sin caer jamás en sus significados más rígidos. En cuanto a la recepción es obligatorio destacar dos cosas: una, la oralidad de la que ya hablamos; dos, en la atención: el lector adulto claramente debe poner muchísima y minuciosa atención a lo narrado, casi tanto como cuando queremos entender el relato de un niño real. No le entendemos a su articulación, al orden de su historia o a lo que es más importante del suceso. Salarrué juega con nosotros como un niño también lo hace, el narrador disfruta ver a su lector o a su escucha intentando descifrar la historia. Al autor no le importan las reglas de la narratología, él enrama sus cuentos hasta el punto del no retorno, avanza sin ver atrás ni recuperar lo que ya se ha dicho, los únicos que permanecen son a veces sus personajes. Está en una línea recta infinita de sucesos inverosímiles y cómicos que sólo reflejan ya no lo párvulo del narrador y sí lo poco amaestrados que estamos en la lectura.

Al final Los cuentos de cipotes no abogan por la falta de reglas ni mucho menos, porque para los niños no existen tales, su mundo es libre y su literatura también. Por eso no resulta necesario abrir un diccionario en cada palabra que no entendamos porque jamás la encontraremos; mucho menos debemos buscar el significado de cipotes, ci-po-tes, porque al terminar el libro sabemos qué significa: no solamente “bobo” o “niño”, sino también la nostalgia y la envidia que en el adulto despierta conocer a tan simpático personaje.

 

 

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