Decisiones

Por  Christiane Marie Deschamps Rodríguez.

Desperté esta mañana con una gran inquietud, un cosquilleo en el estómago que pocas veces se hace presente, esa sensación que produce el miedo a un cambio que toca a la puerta.

Todo comenzó el viernes por la noche cuando escuché a mi padre discutir con Sofía; ella siempre tuvo ese talento especial de decir las palabras exactas que despertaban la ira de mi padre. Él es un hombre estricto, suele ser dulce frente a la gente, frente a sus amigos y a sus jefes, frente a ese círculo social en el cual mi hermana y yo siempre debemos actuar de manera impecable; pero la palabra incorrecta, algún gesto, o algún error, por más simple que este fuera, lograba transformarlo en un ser monstruoso, al fin que al día siguiente sólo tenía que cubrir los moretones con maquillaje y seguir diligentemente los castigos asignados a la falta. Sofía es menor que yo, tiene solo 16 años; yo he aprendido a mantener un perfil bajo, a mantener dormido a ese ser que es capaz de herirme hasta la más profundo. Sofía… Ella es una historia diferente, ella reta a la bestia, la desafía.

Llorando en mi habitación, escuchaba la pelea con detenimiento cuando algo inesperado captó mi atención. Sofía no respondió a las frases acusatorias de mi padre, yo sabía perfectamente que esa reacción también lo haría enfurecer, pero me sentí sumamente intrigada por la respuesta de mi hermana, quien jamás se había quedado callada frente a sus agresiones. Finalmente había terminado el martirio, Sofía entró a la recamara con una mirada vacía, algo estaba terriblemente mal, esperé pacientemente que brotaran de sus ojos esas lagrimas de coraje y rabia, pero nada sucedió, ella no emitía palabra alguna, corrí rápidamente al cajón donde guardaba el material de curación y me dispuse a limpiar sus heridas en silencio mientras analizaba la expresión en su rostro. No comprendía su actitud, siempre he admirado a Sofía, su valentía y su espíritu inquebrantable y al mismo tiempo he sufrido inmensamente las consecuencias que estas virtudes le han traído, no lograba reconocer a esta niña callada que tenía frente a mí. El resto de la semana transcurrió sin muchos acontecimientos. Sofía parecía más dispuesta a cooperar con las exigencias de mi padre y a evitar problemas, se rehusaba a hablar conmigo y por las noches lloraba en silencio. Ayer por la tarde, después del trabajo, soñaba despierta, soñaba que tomaba mis cosas y huía a otra ciudad, soñaba con llevarme a Sofía y formar una vida nueva en otra parte; éste no era nuevo, era mi sueño, el que mantenía en mi una esperanza, el que me ayudaba a sobrellevar esta vida. He ahorrado todo el dinero que he podido desde que tengo memoria. Desde el primer momento en que mi padre dirigió su furia hacia mi hermana, he guardado bajo la cama una maleta con todas las cosas esenciales que necesitan dos mujeres para vivir solas. El sólo hecho de haber pensado en esa maleta y en el dinero escondido en el compartimento secreto de mi cajón, provocó ese cosquilleo en mi estómago, fue justo en ese momento cuando alguien llamó a mi puerta. Al abrir me sorprendió ver a mi hermana bañada en llanto, sin poder articular ninguna oración, sostenía un bulto, tomé sus manos y las aparté ligeramente para examinarlas; al darme cuenta de lo que cargaba, estallé en llanto. Ahora entendía todo, la actitud de Sofía, su cambio repentino, la decisión estaba tomada; saqué la maleta y el dinero, Sofía estaba extrañada, no comprendía lo que estaba sucediendo, preparé todo lo necesario para nuestra huída. Mi padre saldría al día siguiente a un viaje de negocios. Por primera vez, Sofía y yo pudimos dormir tranquilas. A la mañana siguiente tras preparar el desayuno de mi padre y asegurarnos de su partida tomamos el primer tren fuera de la ciudad.

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Ahí sentadas, en el camino hacia una vida nueva, Sofía me miro tiernamente – Se llamará Elena… Igual que tu—. Ese fue el día en el que me convertí en lo que siempre quise ser.

 

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