Yo deseo…

Por Daniela Moyes Caballero

“Yo he oído que si ves una de esas estrellas y le pides un deseo, se hace realidad”, había escuchado decir a una niña en el recreo. Sofía no se podía sacar esas palabras de la cabeza: “un deseo…un deseo… ¿qué deseo?”, pensaba mientras tenía la vista perdida durante la clase. Pensaba en juguetes, en dulces, en ropa, pero nada le hacía sentir bien, un deseo implicaba poder pedir cualquier cosa… cualquiera… tenía que ser algo mejor.

Salió de la escuela y subió al transporte que la llevaba hasta la entrada de su casa. Estaba aún confundida por no saber un deseo lo suficientemente bueno, o pensó que tal vez si le contaba a su mamá o a su papá cuando llegaran a casa, éstos podían ayudarle a decidir y hacerle ver que lo que realmente necesitaba era una nave espacial.

Por la noche, cuando los padres de Sofía llegaron, salió emocionada de su cuarto, mas en el camino, escuchó voces y gritos. Sus padres discutían a gritos y Sofía bajó las escaleras con lentitud procurando ver la escena. “¡Entonces haz lo que quieras!” gritó su mamá, Sofía dio un pequeño salto, asustada, y hasta ese momento la pareja se percató de que su hija estaba ahí. Confundida, subió corriendo las escaleras y se metió a su cuarto, cerrando la puerta tras ella.

Su madre entró al cuarto muy apenada, se sentó junto a ella, la abrazó y le pidió perdón. “Nena, esto siempre pasa, tu papá y yo a veces somos muy diferentes, ¿estás bien?” le dijo su madre con un tono sumamente cariñoso y ella respondió afirmativamente con el movimiento vertical de su cabeza. Cuando su madre salió y la dejó sola, se dirigió hacia la ventana esperando ver una de esas estrellas. Ahora, sabía perfectamente lo que pediría.

En tres noches seguidas, no había pasado nada. Había esperado largo rato viendo aquellas pecas brillosas del cielo azul oscuro y ninguna, ninguna se había movido. La esperanza de Sofía comenzaba a evaporarse, durante esos días que habían parecido tan lentos se convencía de que las diferencias eran lo peor que podía existir. Las maestras regañaban a los niños desastrosos, los niños desastrosos molestaban a los niños más pequeños y los niños más pequeños… ellos sólo lloraban

Llegó la noche y Sofía se encontraba al lado de la ventana con su último asomo de esperanza. Miró atentamente las estrellas por un largo rato, y cuando estaba a punto de darse la vuelta, un pequeño resplandor cruzó un pedazo de cielo. Ella, sin poder creerlo, cerró los ojos muy fuerte y dijo para sí misma: “Yo deseo que todos seamos iguales” y suspiró, feliz. Se fue a dormir con una sonrisa, segura de que si se cumplía su deseo, todo sería mejor.

Al despertar, le extrañó que su mamá no la hubiera levantado, escuchó la tele de la sala encendida y al bajar, vio a sus padres acostados en el sillón aún con las pijamas puestas. Era ya muy tarde y a Sofía siempre le había gustado ir a la escuela, así que preguntó: “¿Mamá? ¿No voy a ir a la escuela?”, su madre la miró y le explicó que si, pero a la misma hora a la que los padres entran a trabajar, “¡Todos entramos a las 11 de la mañana, nena!” le dijo muy contenta su mamá, y Sofía, viendo los resultados de su deseo, se puso realmente feliz.

Las sorpresas, sin embargo, no tardaron en llegar: media hora antes de que Sofía saliera a esperar el transporte que la llevaba a la escuela, la directora llamó a su casa y le dijo que la niña debía irse caminando como muestra de solidaridad con aquellos que no podían costear otro medio de transporte. Así que Sofía tuvo que caminar…”porque todos eran iguales”, aseveraba también la directora del plantel. Al llegar a la escuela, entró a su salón y vio a su maestra sentada, mientras observaba a unos niños que dibujaban todo tipo de cosas en el pizarrón; la señorita, sin apartar la mirada de la pizarra, le dijo: “Pasa, puedes dar la clase junto con ellos, aquí todos somos iguales.” Así, transcurrió el día de Sofía, como en una casa de locos, sin aprender nada y sin dejar de escuchar la frase: “porque todos somos iguales”.

Pasada una semana, Sofía estaba harta de sus clases sin sentido, harta de tener que cocinar ella el desayuno porque sus papás argumentaban que ellos lo habían hecho ya mucho tiempo. Estaba decepcionada de su propio deseo. Ese día, mientras caminaba de regreso a casa, leyó un anuncio que decía: “Se ha decidido que todos deben aceptar a un indigente en su casa, para promover la igualdad”, al fin algo de qué alegrarse,  su deseo, después de todo, haría algo bueno.
Al llegar a su casa se encontró con un vagabundo que hurgaba en su refrigerador y que se comía todo lo que podía, lo demás, lo guardaba en una mochila que descaradamente había tomado de la habitación de Sofia, y, que por si fuera poco, había llenado de ropa y todo tipo de cosas de la casa. La pequeña, asustada y sumamente indignada, corrió a encerrarse en su cuarto, donde esperó y esperó, impaciente por que llegara la noche.

Cuando oscureció, Sofía no tardó en mirar el cielo, esperando que pasara una estrella. Era muy improbable, pero lo esperaba. Finalmente y casi por milagro, pasó, y entonces, casi sin pensarlo, Sofía dijo: “Yo deseo que todo vuelva a ser como era antes”.

Aliviada, permaneció largo rato en la ventana. A lo lejos, aquellas pecas brillaban en intermitentes destellos, abriéndole camino a la estrella que ahora tenía el deber de restaurar el orden. Ahora, un profundo silencio reinaba en la casa, sabía que el vagabundo se había marchado. No tardó, sin embargo, en escuchar gritos; sus padres discutían de nuevo al llegar a casa, a quién le tocaba hacer el desayuno y a quién le tocaba llevar a Sofia a la escuela.

Una sonrisa tímida se asomó por las comisuras de la niña, y mientras veía cómo el resplandor se extinguía en lo más oscuro del cielo, dijo “… y también deseo nunca, nunca, nunca, volver a ver una como tú.”

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