El precio de la perfección

el

Por Carlos Alberto Rosas

—Mi hermana ha muerto. —musité sin darme cuenta quién miraba —. Mañana al alba será su entierro.

Clarissa me miraba un tanto confundida y melancólica. Se encontraba recostada y lentamente dejaba su libro a medio leer, mientras que con los dedos de su otra mano, tomaba con delicadeza el separador púrpura con una ilustración de un bello heliotropo en el frente. Me encontré confundida por un momento; seguía con el teléfono en la mano sin darme cuenta, mientras la otra se sostenía en mi pierna intentando no derrumbarse por la triste noticia.

Hace seis años que no tenía intención de hablar con mis padres; ahora, mi madre se había tragado su orgullo para marcar por su antiguo teléfono que colgaba de la pared del living para decir con una frialdad sin algún resoplido de miedo que mi hermana menor había muerto por culpa de la maldición familiar. Éramos una familia bastante extraña; mamá se escondía de la sociedad y su grupo de amistades después de que a mi padre lo den denunciaran por fraude de la empresa de la que era socio; Benjamín, mi odioso hermano menor, se había embarcado hacia lo más lejano de Europa para evadir un matrimonio con una joven con la que se había involucrado y que, según ella, se encontraba felizmente embarazada. Y luego estaba yo, Johanna, la hija mayor, quien había sido el orgullo de la familia hasta que se percataron de que no elegiría la carrera que todas la mujeres de la familia habían ejercido, sino que, había elegido ser una déspota, soberbia y por qué no, una encantadora abogada.

Marina era entonces la última esperanza de la familia; siguió los pasos de mi madre sólo por miedo, jamás porque el diseño o la moda formaran parte de su vida. A pesar de todo, siempre he agradecido que Marina eligiera esa carrera ya que, cuando comenzó a promocionar sus diseños de primavera, logré conocer a Clarissa y de ahí nos volvimos “mejores amigas”. Ahora Marina estaba muerta.

Al día siguiente, llevé a Clarissa y dos maletas de ropa hacia al aeropuerto; tomé el primer avión a casa, y subí un tanto aturdida al avión. Mentiría si dijera que no sentía el pánico de ver a mis padres, a mi hermano y a toda la sarta de hipócritas que resultan ser mis familiares más cercanos; sobre todo a la tía Margaret… odiaba a esa mujer. El tiempo pasó un tanto lento en el avión mientras me torturaban los recuerdos; trataba de idear un plan lo suficientemente sólido y convincente para mantener a mi familia a raya de mi vida personal. En algún momento volteé a ver a Clarissa; se había quedado hipnotizada en la ventanilla del avión mirando no sé qué cosas y jugando con sus cabellos castaños, enredando los unos con los otros. Llegaron a mí pensamientos un tanto trágicos, como el que hubiera una gran tormenta que destruyera todo el avión, y a mí con él.

—Todo está bien. —dijo con sencillez Clarissa al tomar mi mano, lo cual relajo mis nervios —. Estoy segura de que  a Marina no le hubiera gustado verte así

El tiempo había volado más rápido que nosotros; descendíamos.

Alcanzamos un taxi a la salida del aeropuerto y mantuve la cabeza fría, respiraba hondo como si me faltará el aliento; si hubiera tenido en ese momento un revolver, hubiera disparado contra mí para evadir todo lo que se aproximaba. Seguramente mamá me abrazaría, luego papá, mi hermano y una fila interminable de familiares. Posiblemente el tío Jeffrey me pellizcaría el trasero como solía hacer como cuando niña y la tía Margaret usaría su lengua resbalosa para contarle a todos lo buena y cariñosa que era Marina, mientras que de mí, diría que era una real bruja. Odio a esa mujer.

Llegamos a casa demasiado pronto, me hubiera gustado pagarle al taxista otra vuelta para evitar todo; sin embargo Clarissa ya había bajado del auto como suele hacerlo un gato cuando se escabulle por su presa; se encontraba desbordando las maletas. Antes de bajar, me acomodé el vestido, saqué un espejo de mi bolso para revisar mi  peinado, jalé la palanca para salir del auto y bajé lentamente. Ya era tarde para escapar.

Al tocar a la puerta, mi madre salió a recibirme. Mi hermosa madre, la que había sido una modelo y diseñadora de modas reconocida ahora era una demacrada, triste y solitaria urraca a la que se le podía confundir con una bruja o una pordiosera. Me abrazó fuertemente, como si quisiera ahorcarme y  se echó a llorar en mi hombro; la abracé con desgano, luego apareció papá quién también mostraba un cambio drástico; era entonces un esquelético hombre parado en el picaporte quien tenía los ojos rojos, posiblemente por llorar casi toda la noche.

Entramos lentamente a la jaula de los lamentos; personas daban vueltas por toda la casa, envueltas de negro, entre susurros. La gorda tía Margaret apareció de la nada y le susurró algo a mi madre, luego me miró y con un rápido gesto, me barrió. Seguí buscando a alguien conocido con quien pudiera hablar, sin embargo odiaba a todos los que compartían mi sangre. Y aún así, todos teníamos tres cosas en común. La primera, éramos familia, nos gustara o no; la segunda, todos amábamos a la dulce Marina; y la tercera, todos moriríamos por la misma razón que le había arrebatado la vida a mi hermana. La maldición.

—No tomes tan apecho el desprecio de Maggy. —Dijo mi madre al ver la escena frente a mis ojos —Tu primo Giovanni no hace mucho que murió de lo mismo. —

—No me interesa esa mujer. Bien lo sabes. — concluí yo. Era obvio que todos se sintieran impactados por la muerte de Marina, era la quinta del año que la maldición había reclamado, sin embargo, más era el impacto del número que la muerte de mi hermana.

—Tu bisabuelo hizo un daño irreversible. — respondió mi madre a mi silencio —. Pensó que sólo ser bellos bastaba en la vida­—

No cuestioné lo que mi madre decía. Hace años, mi bisabuelo había gastado una enorme fortuna en “depurar” los genes de la familia, para que no volviera a nacer alguien que fuera físicamente perfecto. Pero nada puede ser tan bueno, y de nada servían nuestros rubios cabellos, o nuestros ojos verdes y almendrados cuando una falla en el perfecto sistema de aquellos estúpidos científicos, aún desconocida, nos arrastraba dolorosamente a la tumba, entre gritos de agonía y locura. Ahora “eso” se había llevado a mi hermana.

Clarissa se acercó a donde me encontraba y colocó su mano en mi hombro; posé mi mano encima de la suya en señal de que me encontraba tranquila. Me acerqué a mi madre quien bebía un vaso de whisky y la miré de frente.

¿Y qué hicieron con… esa cosa? – pregunté a mi madre.

Lo mismo que con la de todos. Los médicos la tienen para investigar. No creo que puedan hallar una cura pronto… quizá nunca la encuentren…

Pensé en el momento en que extraerían de mi nuca aquél maldito quiste que todos en la familia desarrollábamos poco a poco. A mí ya me ocasionaba dolores de cabeza y debilidad en los músculos de los hombros. Y pensar que no podría ser operable, ni tratable, que indefectiblemente me llevaría a quedar postrada en una cama antes de morir, echando espumarajos por la boca, sin poder sorber un poco de agua para calmar la sed…

Mi madre se acercó a abrazarme. Puse mi mano sobre su nuca y sentí el abultado quiste justo sobre sus vértebras. No le quedaba mucho tiempo antes de que la maldición de la familia se la llevara. Ella tocó, a su vez, el mío. Era casi de la mitad del tamaño del suyo, y había crecido con horrible rapidez.

Quizá cinco o seis años, mi vida. – Me dijo mi madre mientras se recargaba en mi hombro. – Seis años cuando más…

El puenteCarlos Alberto Rosas Nuño. Estudiante de Comunicación en la Universidad ETAC. Escribe cuentos cortos y poesía, así como las letras de canciones para una banda de música independiente.

 

 

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