Primero, los astros no se enamoran

el

Por Diego F. Vázquez

Para Andrea Carmona Huitrón, 

porque sé cuánto le gusta mirar las estrellas

I

Yo estaba ahí.

Indiferentes a sus berridos de recién nacida, a sus espasmos y sus ganas de acabar con el universo en su primer explosión furiosa. Su luz era apenas visible y me alcanzaba como un suspiro estelar en el vacío, se dispersaba como una nebulosa que sale disparada hacía algún espacio recóndito viajando eternamente.

Sí, estaba ahí; pero mi masa crecía y se amorataba, enrojecía como las manzanas o las ciruelas; fue entonces cuando mi apariencia se asemejó a una gran bola de carne cruda, de fresca y sanguinolenta carne cruda.

Le juré amor eterno sin que lo supiera y en un arranque de locura decidí que era tiempo. No sabía de qué, pero era tiempo.

II

Se levantó temprano, antes del prolongado silbar de una tetera que disfruta su padecer en las brasas, antes de que todos sus hermanos e incluso antes de que la segunda sombra lograra el ángulo agudo con la primera.

Salió de su casa y comenzó lo rutinario. Llenó un balde de agua y vertió el contenido en la tierra suelta. La guerra de lodo había comenzado.

Después de un largo tiempo de matanzas y torturas arcillosas los soles habían vaporizado el agua de la tierra que cubría su cuerpo, se tumbó en el suelo y comenzó a sacudirse el barro seco con las manos. Se quedó ahí, tirado y con la mirada perdida en las nubes.

Observó los astros en el cielo matutino, estaban como siempre: una estrella pequeña roja, otra grande amarilla. No se percató de que las dos estaban más cercanas una de la otra. No advirtió que el lodo en su cuerpo había secado más rápido en comparación con los días anteriores. No observó las sombras proyectadas en el suelo, ahora tenían un grado menos de separación respecto al mes pasado a la misma hora. Nadie es tan observador. Le habría dado lo mismo saberlo.

Rápido más rápido...
Rápido más rápido…

III

Lo sentí acercarse. No pude hacer nada.

Comenzamos a perseguirnos en un interminable juego. Parecía como si una fuerza ajena tratara de unirnos y cada orbitar nos acercara más. Nos obligaban a jugar, pero no sabíamos quién o qué o dónde; éramos prisioneros uno del otro, lo sabíamos porque sentíamos la fuerza de los grilletes que nos impedían huir y nos mantenían unidos. Yo su esclava, él mi esclavo; así lo queríamos; así lo quería o querían, o quién sabe. A pesar de la fuerte atracción, nos manteníamos renuentes a la idea de acercarnos. Deslustrados por la ceguera inevitable de nuestra luz, luchábamos contra esa invisibilidad inexplicable que nos arrastraba a un centro desconocido.

Tanta claridad nos hundió en una oscuridad superficial, que abarcaba de su luz a mi luz y nos impidió la razón, como si tal ilustración fuera en realidad un tipo de ignorancia.

No necesité volver a verlo, lo había mirado antes y cuando estuvo lo suficientemente cerca supe que  había presenciado mi nacimiento. Él sabía el secreto de nuestra vida.

Me rendí. Nos rendimos.

IV

La colisión terminó por destruir todo el sistema solar, medio cosmos.

V

Mi abuelo me contó que hace mucho dos estrellas se enamoraron, que habían intentado fundirse en un mismo cuerpo, pero en su empeño chocaron, explotaron y  casi acabaron con el universo entero. Yo no le creo nada.

Primero, los astros no se enamoran; segundo, mi abuelo está senil; tercero, ¿cómo podría saber mi abuelo lo que sucedió hace millones y millones de años?

No le creo.

Ni siquiera el amor de dos estrellas podría destruir el universo.

Diego F. Vázquez (México, D.F., 1993) Estudiante de la Licenciatura en Lengua y Literatura Hispánicas en la Facultad de Estudios Superiores Acatlán (FES Acatlán, UNAM). Ha tomado talleres de fotografía, cómic y de dibujo de desnudo. Formó parte de la exposición fotográfica Yo estoy aquí organizada por CONACULTA y Alas y raíces. Fue ganador de la primera edición del concurso Correspondencias organizado por el CCUT. Ha presentado su obra poética en el centro cultural Macario Matus. Actualmente forma parte del taller de creación literaria “Poesía Reunida” impartido por Antonio Riestra. Le gusta pensar que el arte exige al artista y no el artista al arte.

 

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