El suicidio de una mariposa

el

(Fragmento)

Por Isaí Moreno

De niño tuve en mi corazón dos sentimientos contradictorios,

el horror de la vida y el éxtasis de la vida.

BAUDELAIRE

Cada vez que Antonino visitaba el departamento de su tío, corría adonde aquél guardaba sus ejemplares del Alerta! Movido por el asedio de morbo, un escozor que no cedía hasta dejar saciada su curiosidad, contaba ansioso los días faltantes para, acompañado de su madre y sus hermanas, tocar a la puerta del tío. En el cuarto de trebejos, el asunto se reducía a buscar entre cajas de cartón el sitio de los impresos apilados. Luego de acomodarse en un sofá raído y sucio, hojeaba los periódicos, cuidando que su madre no se percatara. Resultaba impresionante que la publicación hiciera hincapié en la exhibición de la tragedia, que sus encabezados fuesen del tipo: Oh, Dios! (notificando el asesinato de una mujer cuyo cuerpo había aparecido, mas no su cabeza), u: Horror! (al hablar de una extorsión a mano armada), o: Que Dios los perdone! (en referencia a los individuos horrorosos que, tras violar a una jovencita, la habían estrangulado). Tanto los titulares como el nombre de la publicación empleaban un único signo de admiración, hecho que intrigaba a Antonino al contravenir las reglas de sintaxis del colegio. Lo más llamativo no eran los retratos de los criminales capturados, blandiendo sus armas con sonrisas cínicas, sino las fotos en primer plano de las víctimas de tanta atrocidad. ¡Siempre había cadáveres entre las páginas!, resultado de lo que fuera: disputas familiares, asaltos bancarios o aparatosos accidentes aéreos o automovilísticos. ¿Debía ser la muerte tan trágica y violenta? ¿Tenía que infiltrarse en todas partes y a cualquier hora? Al parecer, sí. Luego llegaba la narración detallada de los hechos y Antonino solía repetir su lectura una y otra vez, pasmado. Con los ojos fijos en los retratos de cuerpos incrustados entre hierro retorcido, era capaz de sentirse al lado de los autobuses volcados en las autopistas, contemplando las caras ensangrentadas y, a veces, sus ojos entreabiertos, tal como si los cadáveres estuviesen echando un vistazo desde el más allá para reafirmar el testimonio de la sorpresa fatal, o el fotógrafo hubiese buscado el mejor ángulo antes del disparo de la cámara. ¿Cómo era posible todo aquello? A lo largo de la semana, Antonino dormía con aquellas imágenes que se mezclaban con la sustancia inasible de sus sueños, haciéndolo sentir impresionado, sucio por dentro. Muchas veces se figuró cómplice de esas muertes por el hecho de mirarlas con tal avidez. A veces se despertaba agitado, sudoroso, y percibía los latidos de su corazón palpitándole en las sienes. Según dice recordar ahora, la primera vez que se sintió atraído por tales horrores fue unos años atrás, cuando, al pasar por el puesto de periódicos, tomado de la mano de su madre, alcanzó a distinguir en la portada del Alerta! un auto volcado en la autopista. Creyó que se trataba de un juego, un divertimiento de adultos a los que también les gustaba destrozar sus coches, como él y sus compañeros de escuela hacían con sus carros de juguete. Quizá por la lectura de los periódicos –que con el tiempo poblaron su cabeza con multitud de imágenes de lo trágico–, quizá por el sitio al que se mudó la familia entera, en el que abundaban hechos violentos y las madres resguardaban a sus hijos apenas llegado el crepúsculo, el de la muerte fue un tema que empezó a nublar la cabeza de Antonino. Juró muchas veces que en las próximas visitas al tío ya no volvería a tomar los periódicos. No pudo cumplir sus votos y promesas; sólo ocurrió así hasta que en el Alerta! apareció narrado, con abundancia en los pormenores, una tragedia de la que Antonino fue, en parte, responsable. Se trataba de la muerte de Saúl Castellán. Todo mundo sabe que las tragedias son precedidas por signos rara vez interpretados. Entre los incidentes que con mayor nitidez rememora Antonino de esa época, está la aparición de un perro sucio y fiero que caminó por las calles de Ciudad del Valle. Fue digno de atención que ocurriese cuando su padre salió de casa sin avisar, como a veces acostumbraba, tardando semanas en volver de nadie sabía dónde. Aquello obligó a su madre a recurrir a los ahorros para no hacer pasar hambre a la familia. El padre se fue. El can apareció. Igual que los lugareños de Ciudad del Valle, Antonino se apartó del animal, temeroso de ser mordido. Con la mirada enrojecida, contempló aquél a los habitantes que a su vez lo escrutaban; llevaba el hocico lleno de espuma y nadie lo reconoció. No era extraño que en las fechas de canícula pasasen por la ciudad multitud de canes con el hocico espumeante, los ojos fijos en ninguna parte, pareciendo dirigirse al galope, ensimismados, al sitio definitivo de su muerte. Ciudad del Valle no les interesaba para morirse. Ese perro permaneció en el sitio y se introdujo en negocios del mercado, haciendo que la gente trepara a las sillas tras los escaparates. Asomó también por las puertas abiertas de las casas. De calle en calle iba. Se le vio intentar beber infructuosamente del agua de un charco. No poder hacerlo, estar muriéndose de sed lo hizo enfurecerse y arremeter contra otros perros, animales que después, por orden de la municipalidad, serían sacrificados. Los policías de la ciudad fueron llamados para auxiliar. Dispararon. Volvieron a disparar y Antonino se estremeció al mirar los estertores del animal abatido, sufriendo en sus intentos por dar los últimos aullidos. Tras liquidarlo, los gendarmes se ufanaron, celebraron mirando a la bestia vencida como trofeo y se marcharon a beber cervezas. A los pocos días aparecieron en el diario del lugar como ídolos, con el can inerte a sus pies, bajo el encabezado de la publicación que resaltaba: Valientes policías ultiman animal rabioso. Eran los héroes del ridículo. A Ciudad del Valle no le importa el ridículo, lo olvida con facilidad. Sin embargo, la ciudadanía aún recurda que tanto en el periódico local como en el amarillista Alerta!, de circulación nacional, apareció la foto trágica de Castellán, amigo de Antonino, a quien éste vio morir a manos de terceros. Él tampoco lo olvida. En una anotación reciente, Antonino admite que pudo haber evitado la ruina de Castellán. Aún se bate en duelo contra el silencio que guardó ese día. Silencio cómplice, escribe. Lo cierto es que desde aquella ocasión se volvió tan callado que hay quienes lo consideran mudo. Dado que nunca conoció con precisión quién fue ese personaje misterioso, en la actualidad intenta representarlo con dibujos de su bolígrafo, en su mayoría burdos, donde aparece la mayoría de las veces con una chaqueta al hombro. Ciudad del Valle ha hecho circular múltiples versiones acerca de Castellán, todas contradictorias, y que él no pudiese redondear una propia se debió en parte a esas intermitencias (también de silencio) que surgieron en sus últimos encuentros. Silencio y sangre, se lamenta Antonino al recordar el suceso que amenaza con perderse en la bruma de lo pretérito y despedir a su vez raudales de claridad cegadora. En la hondura de su conciencia, latente a la fecha, se suele dibujar el rostro descompuesto de Castellán, intentando retener la sangre que escurre de entre los jirones de sus prendas, con las facciones marcadas por la sorpresa de algo sin razón de suceder: un absurdo. Recorre Antonino algunas hojas tachonadas, sus ojos leen suceso Castellán, justo el término que emplearon para el caso las estaciones de radio local y que le obligan a situarse en los márgenes de ese tiempo/espacio donde, semanas antes, se halla releyendo un pasaje de El principito, las líneas en las que De Saint-Exupèry describe al aviador dibujando elefantes y serpientes, y sin comprender la causa, Antonino cae en la cuenta de que ya no disfruta igual de su lectura. Hacía poco que le maravillaban las historias de ese aviador francés. Ahora le desilusionaban.

Portada de El suicidio de una mariposa

Isaí Moreno (Cd. de México, 1967). Escritor. Doctor en el área de Física y Matemáticas, y licenciado en Lengua y Literaturas Hispánicas por la UNAM. Su obra se ha publicado en diversos medios, tales como Letras Libres, Nexos, Tierra Adentro y La Tempestad. Su novela Pisot fue galardonada con el Premio Juan Rulfo a Primera Novela en su edición 1999; asimismo El suicidio de una mariposa fue finalista del Premio Rejadorada de Novela breve en 2008, y posteriormente publicada en 2012 por Terracota. Publicó su libro Adicción en 2004. Ha sido antologado en los libros de cuentos Así se acaba el mundo (Ediciones SM, 2012) y Tierras insólitas (Almadía, 2013). Actualmente es profesor-investigador en la carrera de Creación literaria de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México (UACM) y miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte.

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