Escribir (y otras formas de olvidar)

Por Nydia Cernas

Veinticuatro de junio y ya casi me voy de vacaciones. Me llamo Jorge, mas nunca me llaman por mi nombre. Hoy en la escuela me gritaron “cerdo”. Ya me habían gritado “oso”, “pelota” y obviamente “gordo”, pero nunca antes nadie me había gritado “cerdo”. ¿Parezco un cerdo? Ni siquiera soy color rosa; soy morenito.

Tienen razón, sí estoy gordito, es cierto que mis pantalones ya me ajustan, no me quedan como antes; pero mi mami dice diario cuando le cuento en la comida, que lo ignore, si ya no me queda la ropa es por mi crecimiento, que me despreocupe porque me comprará nueva.

Procuro contarle antes de que mi papá llegue, porque si me ve comer de más, cómo él dice, me da cinturonazos. Dice que nadie quiere a los gordos, que los gordos son de otro lado, de allá del norte, que nosotros los mexicanos tenemos y debemos mostrar nuestra fuerza por lo que hemos luchado durante toda la historia y desde siempre (me pregunto qué será eso): demostrarlo con músculos. La verdad es que no entiendo sus quejas, si él está igual de gordo o peor.

Antier mi mami me llevó a Mc Donalds después de la escuela, como suele hacerlo cada que ve mis ojitos hinchados. Mi papá se enojó, con ella más que conmigo. La agarró muy fuerte del brazo y la metió a su cuarto. Yo estaba en la sala y nomás alcanzaba a escuchar cómo lloraba mi mami mientras sonaban los golpes. Hasta me dieron ganas de vomitar la hamburguesa doble. A mí no me tocaron fajazos aquel día, yo creo que porque ya se había cansado. Se acercó a mí enojado y me miró de arriba abajo, mientras entre dientes me decía: “Me das vergüenza”. Después me mandó a prepararle una maruchan de pollo que se me antojó mucho, pero no me atreví a probarla.

Mi papá no lo sabe, tratamos de ocultárselo, pero mi mami me sigue llevando a Mc Donalds después de la escuela cada que vez que salgo llorando. Yo me hago el fuerte, o al menos eso intento, trato de hacerme el macho como mi papá insiste, pero ella ya me conoce. Dicen que los otros niños se burlan de mí quesque porque están bien mensos, o porque no tienen para comprarse comida y les causa envidia que yo sí. La verdad yo sé que no es así, nosotros tampoco tenemos, pero mi mami trabaja el doble los martes y viernes para poder comprarme una cajita feliz. Mi mami pide el más grande y caro: “el del día”, dice; cuando lo ordena me lo imagino recién hecho, de ése pide para mí.

Por la mañana trabaja en casa de los Santizabal -creo que así se escribe, o al menos así lo recuerdo pintado en su puerta- y por la tarde con los Winter’s. A mí me gustan más los Winter’s, hasta se escucha bien bonito, aunque no los conozca a todos. El día de las madres mi mami me llevó a escondidas a la casa de las dos familias. Dijo que quería estar conmigo todo el día, aunque ella estuviera trabajando.

La señora Santizabal era bien grosera, lo recuerdo, trataba muy mal a mi mami. Ella le ordenaba que se apresurara porque habría una gran fiesta, una importante. Nosotros, le decía, no entendíamos lo difícil y estresante que es ser rico: “¡Van a venir senadores, diputados, gobernadores y, si Dios quiere, hasta el cardenal!”.

Cuando la señora regresaba de hacerse limpieza en las manos (“maniquiur” como lo pronunciaba ella), le pedía a mi mami que se las limpiara de nuevo, pero a ella qué le iba a importar como tenía la señora las manos… Salí de entre las cobijas en donde me escondía, pues para entonces mi mami me había preparado una torta de jamón muy grande, un jamón muy lujoso, al parecer.

Sabía bien feo, me gusta más el jamón de la tiendita de Don Pedro; además ése viene envuelto con bolsitas de dibujos bien padres, más fácil de sacar, no como todos estos jamones plastificados.

Sentado veía a mi mami terminar de trapear mientras murmuraba: “¿Que si Dios quisiera también haría presencia el cardenal? ¡Por favor! ¡Si Dios existiera y en verdad quisiera ahoritita mismo venía y lo castigaba al desgraciado depravado! ¡Castrarlo deberían! ¡Pinche viejo enfermo!… ¡Ay, pero si tocara a mi hijo! ¡Conmigo sí que no se la acaba! ¡A mi me va a conocer!” Yo ni sabía quién era ese señor del que tanto hablaba mi mamá enojada, pero se oía malvado.

Mi mami nunca ha creído en Dios, aunque frente a mi papá me dice que finjamos. Dice que mi papá es como muchas personas que creen que Dios les puede solucionar sus problemas, y vaya que él carga con muchos. Ella dice que no necesitamos de Dios, que con nosotros es suficiente. Yo le creo.

Ayer mi mami dejó la casa de los Santizabal impecable, ¡así como de comercial! Luego tomamos dos camiones desde la Condesa (algo así) hasta la casa de los Winter’s. Ya que nos bajamos, caminamos cuatro cuadras más porque, me explicaba mi mami cuando me quejé de lo cansado que estaba, que los camiones no pasan por zonas de ricos: “Aquí ni los necesitan”, dice.

Cuando llegamos a casa de los Winter’s, la señora iba de salida con sus lentes de sol y una cabellera rubia y larga que parecía una peluca: “Carmen, te estaba esperando, qué bueno que llegas… ¿y él quién es? “ Yo creo que mi mami pensó que para la hora en que llegaríamos, la señora no estaría en casa, porque cuando la vio quedó inmóvil y apenas hablaba: “ Es mijo, seño. Disculpe, pero es que suspendieron sus clases y no sabía en dónde dejarlo.”

No se preocupe Carmen, es más, qué bueno que lo trajiste, para que te ayude en algo. Tú debes de estar muy cansada, también eres madre.” La señora, más que eso, parecía una muchachita que brillaba mucho, tenía una gran sonrisa y me inspiraba confianza. “Ella es bien buena, mijo” me decía mi mami, la trataba bien.

Ese día, mi mami me platicó historias de cuando era pequeña, me decía que mis abuelitos eran humildes y que por eso ella no comía bien, por eso estaba tan flaquita. Me dijo cómo mi papá la había conquistado, con rosas, cartas, besos y promesas. “Ora ya no es así, es bien diferente, ya no es atento conmigo. Yo creo que me lo imaginé.” Agachó la cabeza mientras hablaba de mi papá, pero me veía y sus ojitos le brillaban. A mí también, cuando la veo.

Todo eso mientras secaba los trastes y sacudía con un trapo la cocina. Esa casa parecía un castillo, tenían muchos baños. Ha de vivir mucha gente ahí, yo creo. Mi mami dice que ni esas personas son tan especiales, que todo lo que tienen lo tratan como cristal: “¡Qué chiste tiene! Tantas cosas y tenerlas ahí guardadas, ahí nomás para presumirle a los demás. Las cosas que uno trabaja, que logra obtener, son para disfrutarse, nomás pa’ eso”, decía.

Así, mi mami y yo vivimos felices, hoy también vendrá por mí a la escuela, como de costumbre. Mi mami nunca me deja solo. Escribo todo esto porque ya sé escribir mejor, porque mi maestra Karla me enseñó en primero. Ella también me enseñó la palabra “reisilencia” o algo así. Dice que debo aferrarme a ella durante toda mi vida. Por eso escribo esto, porque es recreo y ya me escondí. Los de sexto me están buscando para burlarse de mí como todos los días . Corrí tan rápido que me duele el pechito, se me cayó mi torta pero logré escaparme.

Huele bien feo aquí, yo creo que no me encuentran. Si lo hacen, se van a dar cuenta de que el baño está más cerdo que yo.

Tengo ganas de llorar, pero está bien. Todo está bien, diría mi mami. Mientras ella me cuide yo voy a estar bien. Seguramente hoy también me llevará a Mc Donalds, eso creo porque tengo los ojitos hinchados de nuevo, como siempre pasa desde que estoy en esta escuela, cuando me mira y se da cuenta de que he vuelto a llorar.

Burguercuento

 

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3 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Angel dice:

    Desgraciadamente la vida de muchos niños es así.
    El cuento… Muy bonito.

    Excelente revista, un saludo.

  2. Benito dice:

    Estoy feliz de que hagas lo que más te guste. Espero que siempre vayas para adelante, aferrate a tus sueños como siempre lo haz hecho. Te amo, te adoro y te admiro.

  3. Neil Pinto dice:

    El cuento explica muchas cosas implícitamente del mismo cuento.
    Muy bueno.

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