Los diez personajes más fashion de la literatura

Estos personajes sin duda en la actualidad estarían en cada edición de las más prestigiosas revistas de sociales y de moda. Morbífica, a su modo, hace un recuento de los diez a los que seguro vas a querer imitar su estilo.

1. Jay Gatsby (El Gran Gatsby, F. Scott Fitzgerald)

Excéntrico y misterioso millonario, poco se sabe acerca de su vida personal; sin embargo, el señor Gatsby es famoso por las magníficas fiestas que ofrece en su excelsa mansión. Resulta impresionante tal derroche de capital en plena crisis económica.

Penguin-3“Una hora más tarde, la puerta de entrada se abrió nerviosamente y Gatsby, vestido de franela blanca, camisa color plata y corbata dorada, se apresuró a entrar.”

“A las nueve de la mañana, a últimos de julio, el soberbio coche de Gatsby se deslizó por la rocosa pendiente hasta mi puerta (…) Se balanceaba sobre el guardabarros de su coche con ligereza de movimientos tan peculiarmente americana (…) Me vio contemplar, con prolongada admiración, su coche (…) Era de color crema oscuro, con brillantes piezas niqueladas, hinchado aquí y allá en sus monstruosas dimensiones, con triunfantes sombrereras, cestas de fiambres, cajas de herramientas y plataformas que reflejaban en un laberinto de parabrisas una docena de soles.”

 

2. Carlota de Habsburgo (Noticias del Imperio, Fernando del Paso)

 

carlota-de-bc3a9lgicaMaría Carlota Amelia Victoria Clementina Leopoldina de Habsburgo, Emperatriz de México y de América, Princesa de Chinchén Itza, Regente del Anáhuac, Reina de Nicaragua, Baronesa del Mato Grosso, mujer llena de glamour casi lo mismo que de locura. A sus ochenta y seis años, refugiada en un castillo que le recuerda su pasado aristocrático, revive y narra una serie de lujos y de desamores. La ropa, los artículos y los títulos exóticos que se ganó a lo largo de su estancia en México la posicionan como uno de los personajes con un sentido de la moda que se antoja excéntrica:

 “¿De eso quieren que sea yo Emperatriz? (…) ¿Eso es lo que quisiera, que el velo de mi primera comunión, y todas las alfombras de conchas de caracoles que me hicieron mis indias mexicanas, y el arco de nardos que coronaba la lancha imperial cuando paseábamos por el Canal de la Viga y el poncho rojo que me regaló Garibaldi se vuelvan nada, un racimo de burbujas como la espuma que me sale de la boca de la pura rabia cuando les digo, cuando les grito que ya quisieran ellas, cualquiera de esas estúpidas, haber sido ya no la Virreina de Lombardía y Venecia, ya no la Emperatriz de México, sino siquiera la Princesa de Laeken, la hija adorada de Leopoldo Primero de Bélgica? ¿Eso quisieran, que no pueda yo beber de mis recuerdos y que el agua de la Fuente de Trevi y de la Fuente de la Tlaxpana se me escurran como se me escurrió la vida, como se me fueron los años, entre los dedos?”

 

3. La Duquesa Job (La Duquesa Job, Manuel Gutiérrez Nájera)

Esta coqueta joven, amada del Duque Job, nos lleva de la mano con su garboso andar en un recorrido por la calle de Plateros del siglo XIX. La confianza y sencillez con la que camina por esta emblemática calle, le confieren a la Duquesa una coquetería sutil y refinada.

(…)

¡No hay en el mundo mujer más linda!

Pie de andaluza, boca de guinda,

sprint rociado de Veuve Clicquot,

talle de avispa, cutis de ala,

ojos traviesos de colegiala

como los ojos de Louise Theo.

 

Ágil, nerviosa, blanca, delgada,

media de seda bien restirada,

gola de encaje, corsé de crac,

nariz pequeña, garbosa, cuca,

y palpitantes sobre la nuca

rizos tan rubios como el coñac.

(…)

La breve cofia de blanco encaje

cubre sus rizos, el limpio traje

aguarda encima del canapé.

Altas, lustrosas y pequeñitas,

sus puntas muestran las dos botitas,

abandonadas del catre al pie.

 

4. Teresa Mendoza (La Reina del Sur, Arturo Pérez Reverte)

 

La-reina-del-surDe un pasado turbio, se ha convertido en una de las figuras con un estilo impecable. Su profesión desconocida y su inocente ignorancia son las que la visten. De los jeans Guess pasó a los vestidos Calvin Klein. Mujer de negocios que desafía con el garbo y el porte de una empresaria exitosa, detrás de sus tacones y de su maquillaje, la mexicana dejó de ser la novia de un traficante para convertirse en la Reina de todo un tabú:

 

“Entraron en aquella tienda. Era un comercio muy elegante, y las empleadas vestían uniformadas con faldas cortas y medias negras. Parecían ejecutivas de película gringa, pensó Teresa. Todas altas y guapas, muy maquilladas, con aspecto de modelos o azafatas. Amabilísimas. Nunca me habrían dado trabajo aquí, concluyó. Chale. La pinche lana.

Había complementos en la planta alta: piel italiana y española. Cinturones. Bolsos. Zapatos maravillosos de hermosos diseños. Aquello, pensó Teresa, era mejor que el Sercha’s de Culiacán, donde las esposas y las morras de los narcos acudían cotorreando como locas, con sus joyas, sus melenas teñidas y sus fajos de dólares dos veces al año, al término de cada cosecha en la sierra. Ella misma compraba allí, cuando el Güero Dávila, cosas que ahora la hacían sentirse insegura. Quizá porque no era cierto que fuese ella misma: había viajado lejos y era otra la que se encontraba en aquellos espejos de tiendas caras, de otro tiempo y de otro mundo. Requetelejos”

 

5. Wanda von Dunajew (La Venus de las pieles, Sacher-Masoch):

No hay nada más seductor y al mismo tiempo dominante que una piel. Vestir con ellas no sólo le otorga elegancia a Wanda von Dujanew, sino también un poder inimaginable para la femeneidad de la época. El masoquismo no sería nada sin las prendas básicas desde entonces: una piel y un látigo.

 

“Entro. Ella está en medio de la habitación, cruzados los brazos sobre el pecho, las cejas fruncidas, vestida con un traje de seda de un blanco desvanecedor, como el día y con una kazabaika de seda escarlata, guarnecida de rico y soberbio armiño. Sobre sus cabellos empolvados, como de nieve, descansa una diadema de diamantes. (…)

-¡Esclavo!

-Mi dueña- me arrodillé y besé la orla de su vestido (…)

-¿Te gusto?- se aproximó al espejo y se contempló con altanera satisfacción

-¡Voy a volverme loco!

Hizo un gesto de desdén y me contempló burlona a través de sus párpados entornados.

-Dame el látigo”

 

6. Dorian Gray (El retrato de Dorian Gray, Óscar Wilde)

 

dorian-grayEl éxtasis de la vanidad es el nuevo hedonismo. Una forma de vida elegante e intelectual resume el estilo de un hombre capaz de reformular la estética masculina a cambio de la vida misma. La belleza como exceso es el accesorio que supera a las joyas y los trajes. Dorian Gray es un canon que vemos en el día a día como modelo de perfección, pero que siempre nos recuerda que hay un pago que llega a costar más que sólo dinero:

 

“Aficionóse también al estudio de las joyas, y una noche apareció en un baile de trajes disfrazado de Anne de Joyeuse, almirante de Francia, con un vestido que llevaba quinientas sesenta perlas. Esta afición le duró bastantes años, y puede decirse que jamás le abandonó. A menudo se pasaba el día combinando en sus estuches las piedras preciosas que había coleccionado: los crisoberilos verde oliva, que se tornan rojos ala luz artificial; la cimófana, veteada de hebras de plata; el peridoto, color de alfóncigo; los topacios, rosados como rosas y amarillos como vino; los carbúnculos, en cuyo fondo se

encienden estrellitas parpadeantes de cuatro puntas; los granates cinamomos, rojos como la llama; las espinelas, moradas y anaranjadas, y las amatistas, con sus visos alternos de rubí y zafiro. Amaba el oro rojizo de la piedra del sol, y la blancura nacarina de la piedra de la luna, y el quebrado arco iris del ópalo lactescente. De Amsterdam le trajeron tres esmeraldas de tamaño y fulgor extraordinarios, y consiguió una turquesa de la vieille roche, que era la envidia de todos los entendidos.”

 

7. Ana Karenina (Ana Karenina, León Tolstoi)

DiezpersonajesEsta mujer de mediana edad nos demuestra que su buen gusto, además de su personalidad encantadora, le abrió un lugar en todos los círculos de la aristocracia rusa.

“Ana llevaba un vestido de terciopelo negro muy descotado que desnudaba a sus hombros esculturales de color de marfil viejo y sus redondos brazos que acababan en unas manos de finura exquisita. El vestido estaba adornado de encajes venecianos, y en la cintura con una cinta negra y un lazo de encaje blanco sobre el que había prendido un ramito de violetas. En la negra cabellera, sin postizos, llevaba otro ramito como ése. Iba muy sencillamente peinada, y los rizos le caían sobre la nuca y las sienes. En el cuello, un collar de perlas finas.”

“Vestía un traje blanco adornado con anchos bordados (…) La hermosura de su cabeza de oscuros rizos, la suave belleza de su cuello, de sus brazos, de toda su figura, tenían siempre para él un nuevo atractivo”

 

8. Madamme Bovary, Gustave Flaubert.

 

Emma, la viuda de Charles Bovary, es el ejemplo de que la moda es un arma de seducción. En más de una ocasión su vestimenta -siempre tenue, de telas ligeras, largas y en tonos pastel- son el disfraz de una mujer que busca su liberación sexual y política. Una ninfa que fuera de sus vestidos y de sus moños coloridos expresa el clímax de la opulencia, para luego desfallecer en la miseria de sus excesos y mentiras:

 

“Era la hora de la comida en las granjas, y la joven y su acompañante no oían al caminar más que la cadencia de sus pasos sobre la tierra del sendero, las palabras que se decían y el roce del vestido de Emma que se propagaba alrededor de ella.

Las tapias de las huertas, rematadas en sus albardillas con trozos de botellas, estaban calientes como el acristalado de un invernadero. En los ladrillos habían crecido unos rabanillos, y con la punta de su sombrilla abierta, Madame Bovary, al pasar, hacía desgranar en polvo amarillo un poco de sus flores marchitas o alguna rama de madreselvas o de clemátide que colgaban hacia afuera y se arrastraban un momento sobre el vestido de seda enredándose en los flecos.”

 

9. El conejo blanco (Alicia en el país de las Maravillas, Lewis Carroll)

Down_the_Rabbit_HoleEvidentemente, este conejo va por la vida preocupado por atender asuntos de suma importancia. No obstante su eterna prisa, viste un elegante chaleco del que constantemente saca un reloj, seguramente bastante costoso. El paradigma del burgués atractivo y empresario, el tiempo es su mejor accesorio:

“(…) al percatarse de que el conejo sacaba un reloj del bolsillo interno del chaleco y lo consultaba nerviosamente, de pronto Alicia reaccionó con un sobresalto, pues cayó en la cuenta de que nunca había visto a un conejo con chaleco, y mucho menos que portara un reloj en su bolsillo (…)

 

10. Miranda Priestley, (El Diablo viste de Prada, Lauren Weisberger):

 

prada coverNo podía faltar la editora de Runway, la máxima autoridad en el mundo de las publicaciones de moda. Su distintiva mirada sobre las tendencias marcan el rumbo de lo que se debe usar, la diosa de los tacones de cinco centímetros y del detalle al extremo de la histeria, todo envuelto en prendas de diseñador y un pañuelo que se volvió obsesión. Es la fiel representación de que la moda no es frívola ni banal, es un mundo que encierra en sí mismo la complejidad del arte y de la mercadotecnia, un mundo en el que la supervivencia también aplica sólo para el más apto:

 

“Todos, sin excepción, la veneran. Todos menos Andrea, que no se deja engañar por este escaparate de diseño y frivolidad tras el que se agazapa un diablo que viste un traje de chaqueta de Prada exclusivo, por supuesto, calza unos Manolo Blahnik y siempre luce un pañuelo blanco de Hermes”.

 

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