Bajo la lluvia

el

Por Carla Martínez

 

Llueve.

Llueve de arriba para abajo, como en toda la historia del mundo. Pero algo no está bien; en realidad no es nada importante, un mínimo detalle.

Aunque la certeza de que se te olvidó algo en casa de tu madre no te deja tranquilo. De hecho te está volviendo loco desde que llegaste de allí.

Obviamente te molesta la ropa semi mojada y ese olor a humedad, más que olor es picazón. Te rascas la espalda como perro con pulgas y te quitas la remera, pero corres a prender las hornallas mientras te desprendes de las zapatillas también. Las cuales fueron dejando sus charquitos por toda la casa. De pronto te encuentras casi desnudo.

¡No vaya a ser que enfermes!

Entonces buscas una manta para envolverte y recuperar algo de calor. Toda la ropa ha caído al suelo. Desde las hornallas se escucha solo el suave seseo del gas,   tan preocupado estás por  si se arruina o no el piso de madera con  el agua, que te has olvidado encenderlas al  secar con las ropas los charcos que fueron quedando aquí y allá.

De pronto, todas esas cosas se suman a la idea de que olvidaste algo, no puedes dejar de pensar en ello. Sientes una cucharilla metida en el oído,la cual intenta llegar al cerebro:  escarba, escarba, escarba, simplemente escarba, no tiene más nada que hacer, solo molestarte con la fatal idea. La molesta y certera idea del olvido.

No llamas por teléfono, ¿cómo podría tu madre saber lo que has olvidado? Así que al diablo la casa, los charcos, las hornallas seseantes; buscas con qué salir a la calle. Llueve cada vez más fuerte,  puedes ver relámpagos desde la ventana.

 

Al abrir el placard, te encuentras con dos elementos odiosos pero no por ello menos necesarios. La sola idea de mezclarlos te genera una espeluznante repulsión que va por  la boca del estómago, pasa a la espalda y recorre tu columna: las chanclas y el paraguas te esperan ahí. Ambos parecen casi irreales, una ahí al lado de la otra. Miras para todos lados y temes lo peor, al saber desde algún lugar de tu ser que esta unión de elementos aparentemente  tan conveniente, no es más que obra del diablo. Como sea, ya es tarde,  si oscurece va a ser peor.

 

Debemos recordar que la idea principal es que olvidaste algo.

 

Pantalón jogging, remera de dormir, llaves, chanclas, paraguas. Sales a la calle. Piensas que son solo unas cuantas aceras, tres para ser más exactos. Mientras caminas, piensas: son solo tres aceras bajo  la lluvia.

Pero toda la gente a esta hora camina por donde quiere, y lleva otros asesinos octogonales, antiguos aliados de Satán, capaces de sacarle un ojo a uno, en un movimiento rápido y certero… para colmo de males tú vas en chanclas con todas las desventajas que ello implica;  decides que sin duda, es una sumatoria de cosas en tu contra. Esa mezcla de objetos, definitivamente fue planeada por el mal.

Logras pensarlo justo cuando te resbalas un poco y se cierra tu paraguas en el intento de controlar tu cuerpo cerca de la viejita que camina lo más lento posible. A no ser por la contorsión que logras hacer para esquivarla,  seguro ella te sacaba un ojo, pero antes tú la matabas con la punta de ese objeto endemoniado, y listo. Ahí tirada y dura en el suelo, con la lluvia bañándola y tú siendo acusado de asesinato.

 

Así, mientras piensas en todo eso, te das cuenta de que no hiciste más de medio recorrido y aún queda un laaargo trecho hasta lo de tu madre.

La porquería que traes en la mano, no es más que un amasijo de alambres y tela, pero cuando miras al cielo, ves que parece más oscuro, la lluvia se hace más espesa, y aunque deseas tirarlo en medio de la esquina, como sea te proteges con él.

¡No  vaya a ser que te enfermes! Debes procurar no pescar una gripe o un resfriado.

Resbalón va, resbalón viene, así nomás, haces lo que resta o lo que te faltaba por hacer. Porque entre la lluvia, la gente, la tela del paraguas y las llaves que por alguna razón llevas en las manos, no ves nada, absolutamente nada.

Entonces sientes agua corriendo por tus pies y algo molesto y puntiagudo que te lacera la pierna:  pincha y duele cada vez que haces un paso,  decides que debes parar a ver qué es.

Miserable, rengueando, viendo a medias entre la gente y la lluvia, llegas a un lugarcito y ahí empiezas a meter tu mano por el pantalón, pero necesitas la otra para ayudarte aunque no puedes disponer de ella, ya que llevas el paraguas, las llaves, la chancla que te quitaste, y no sabes dónde meterlos, no puedes soltarlos, no puedes sostenerlos. Lo que lastima tu pierna sigue allí, subiendo y subiendo, no puedes retirarlo, solo sacudirte, lanzar improperios, maldecir a todos. De repente: una luz que te ciega, vuelas por los aires, entiendes que estabas a mitad de la calle, un auto te ha golpeado y luego te recibe en los cielos Nuestro Señor.

Bajo la lluvia

 

Carla Martínez (Buenos Aires, 1983). Escritora freelance. Ama la literatura, comenzó su carrera como escritora a los 6 años, mientras aprendía las letras del alfabeto. No escribe porque quiera, sino porque no lo puede evitar, es el impulso del corazón que descarga las palabras en el papel.

Contacto: carlamartinez_21@hotmail.com

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