El Reino del Insomnio

el

Por Juan José Gutiérrez Peralta

 

A The The,

por la inspiración,

y a Magda.

    Llevas dos horas en la cama y no logras conciliar el sueño. Volteas por enésima vez a mirar el reloj despertador que tienes sobre el buró: una y veinte de la madrugada marcan los rojos y fríos números. Tienes que dormir. Los sábados son los días qué más clientela hay en ese café de la colonia Roma donde trabajas de mesero; no puedes darte el lujo de desvelarte, por eso fue que te despegaste de la máquina de escribir temprano a pesar de que tu texto no iba nada bien.

Ya otras veces te has dormido tarde por andar leyendo alguna novela, y al otro día pareces un zombi atendiendo las mesas. No quieres volver a llegar con tus “cultos” clientes ojeroso y bostezando cada media hora, pero eso no lo pueden entender los de la fiesta del edificio de enfrente, en el departamento donde vive ella. Sí, esa muchacha que te trae alelado desde que la viste por primera vez. No sabes nada de la susodicha: ni su nombre, ni su teléfono, o si acaso sale con alguien…  seguramente  sí. Pero eso no importa, porque aunque no salga con nadie no tienes los suficientes pantalones para acercártele, hacerle plática, verla reír con alguno de tus chistes mamones y, finalmente, invitarla a la cineteca a ver una de esas películas polacas que son más aburridas que una reunión familiar, pero que le dan a uno aire de intelectual. Aunque de seguro ella, en estos momentos en que no puedes dormir, estará riendo con los chistes mamones de otros y, por qué no, quizá fajando con uno de sus invitados dentro de alguna habitación. Se la estará pasando bien mientras tú te esfuerzas por no escuchar esa música a todo volumen, y aprietas los párpados esperando que el cabrón de Morfeo te salve del reino del insomnio.

No sólo es la dichosa fiesta lo que no te permite dormir: un ruido procedente del departamento de arriba está poniéndote nervioso. Un sonido lamentable de lloriqueos infantiles grotescos aunados a maldiciones paternas vociferadas sin el menor pudor. Se trata de tu vecino don Melchor y su hija de once o doce años, no lo sabes con exactitud. Niña que nació con una severa malformación del cráneo y un  serio trastorno mental,  a quien le da por pegar de alaridos sin motivo aparente durante las noches de fin de semana como ésta. Quizás, como a ti, no le agrade escuchar el escándalo de sus fiesteros vecinos a horas propias para dormir. Quién sabe. Lo cierto es que esa niña también está contribuyendo a ahuyentarte el sueño con sus berridos babeantes y dolorosos. Piensas que, si en la actualidad tuvieras de nuevo menos de diez años, esos gritos desenfrenados te habrían hecho saltar de cama y correr presuroso al cuarto de tus padres, alegando que un monstruo gritón iba a devorarte. Vaya tiempos aquellos, piensas. Entonces nunca imaginaste que tus temores nocturnos te servirían de inspiración para crear textos plagados de vampiros y fantasmas. Incluso bautizaste a tu gato negro (el mismo que en este momento duerme hecho ovillo sobre la colcha de tu cama) como Poe, en honor a uno de tus autores macabros predilectos. Seguramente, piensas, Allan Poe debió pasar muchas noches de insomnio como esa, pensando que no tenía dinero suficiente para comprar algo de vino, o recordando a su prima-esposa muerta.

Lo acusaban de ser necrófilo, pero ¿qué esperaban si su único amor fue arrebatado de sus brazos por la parca? Luego recuerdas que ni siquiera tienes chica  en la actualidad. Sólo tienes a tus padres que abandonaste hace un par de años  para volverte independiente (lo cual no lograste del todo, pues aún te siguen ayudando a pagar la renta de ese chiquero que llamas departamento), y un gato que te ha hecho compañía durante esos dos insípidos años de insípida independencia.  Tienes tus libros, o fotocopias de libros,  tus discos de rock  y ese viejo televisor que sólo enciende dándole un soberano golpe en uno de sus costados; pero de compañera sentimental nada. Por eso, en noches de insomnio como ésta, no tienes a quién abrazar más que a esa  larga almohada colocada junto a ti, a la que  que estrechas con fuerza cuando tu soledad te exige el calor de otro cuerpo. Ahí  es cuando cierras los ojos e imaginas que esa almohada no es almohada, sino Angelina Jolie o Kate Winslet o… la chica del edificio de enfrente. Y le pones cualquier nombre: Magda, Rita, Alicia, Alejandra… y la imaginas besándote, entrelazando su frágil cuerpo al tuyo, mordiendo el lóbulo de tu oreja, pasando su cálida lengua por tu cuello… Entonces los alaridos de la hija de don Melchor te regresan a la realidad, y te percatas que los tiernos y húmedos labios de tu supuesta amante son sólo la tela de la funda que cubre no un cuerpo femenino, sino una almohada fofa y llena de borra.

Te das lástima a ti mismo, he ahí tu idealizada vida de escritor: solo, con un empleo mediocre, viviendo en un departamento de Infonavit pequeño y gris, haciendo maroma y teatro para conseguir los libros que necesitas, usando de confidente a un pinche gato que come más que su propio dueño, viéndole la cara a los editorcillos de cuarta que van a tomar café a tu trabajo para  exigirte una calidad en tus textos que no concuerda con la calidad de sus revistas y fanzines pésimamente distribuidos, y menos aún, conocidos. Para colmo, te salen con que tienes fallas de estilo queusas estructuras narrativas decimonónicas y efectismos anticuados, además deuna terca tendencia a finalizar tus historias con inútiles puntos suspensivos. “Si vas a publicar, que sea algo de lo que no te arrepientas después” te dijo el director de Veneración, esa revista dizque alternativa cuyo slogan es publicar “todo lo diferente, todo lo alternativo rechazado por las grandes editoriales”. Cómo no, piensas, ¿y para ese mamón qué es lo alternativo y diferente? Recuerdas todas las observaciones que te hizo luego de llevarle al café uno de tus textos terminados; una joya, según tú, de la ciencia ficción mexicana. Te salió con que, de entrada, el título no le latía del todo: Pedro Páramo conoce a Aura en el otro mundo. Le dijiste que sí, que era un título largo pero que pretendía ser un homenaje a esas dos grandes obras literarias nacionales; además la anécdota lo justificaba ampliamente: el protagonista de Aura y el hijo de Páramo cambiaban de lugares espacio-temporales por medio de una puerta interdimensional… Muy original, pero también muy pinchejalado de los pelos, te dijo el de Veneración, aconsejandote  trabajar más la verosimilitud de la trama y cambiar los lugares comunes.

Tuviste qué tragarte lo que te hubiera gustado decirle en su cara: ¿”Verosimilitud”?, ¿qué acaso Kafka era verosímil en sus historias, o Ionesco, o Carroll, o los dadaístas? ¿”Lugares comunes”? Quizá esté muy choteado decir “el sol bañaba con su alfombra dorada la habitación”, pero, ¡qué diablos!, si esa imagen es la que a mí me produce el ver los malditos rayos solares,  ¿por qué no tendría qué usarla?, ¿por qué a fuerza el rebuscamiento literario?, ¿acaso sería mejor decir que “el sol escupía gargajos de luz tan brillante como unos zapatos de charol”? Mierda… Pero al final siempre terminas dándole la razón a esos tipos; terminas reconociendo que tu cerebro sólo busca excusas para continuar autojustificando tu mediocridad, tu simplonería estilística, tus textos desarrollados con las pinches patas  que usas para justificar decisiones como el dejar los estudios, -la educación en este país es mediatizante- o renunciar a tu chamba de maestro de español en esa secundaria privada, -enseñarles literatura a estos engendros es como enseñarle astronomía a un grupo de orangutanes- o haber perdido el chance de vivir con Sandra, tu última “ex”, porque según tú, -la literatura es mi mayor prioridad, y no deseo ningún otro compromiso por ahora; al menos no antes de publicar mi primer libro-. Tan emocionado andabas esos días porque la revistuca de un amigo tuyo te había publicado un cuento de cuartilla y media. Y pasaron los días y los meses y ese anhelado primer libro no llegaba, y Sandra se cansó de esperar, y acabó enamorándose de un di-yei que conoció en una fiesta; una de las tantas fiestas a las que iba sola porque tú preferías quedarte a escribir esa supuesta obra maestra que revolucionaría el ambiente cultural mexicano, y que haría correr bajo las faldas de sus mamás a Fadanellis, Chimales, Ruvalcabas y demás fusileros de la literatura underground  gringa y europea. Finalmente sólo conseguiste perder a Sandra, y tu amigo, el que publicó tu inmundo cuento, no sacó más de tres números de su pasquín. Ahora no puedes dormir pensando en todo eso, y escuchando el A-ti-te-encanta-la-gasolina de la fiesta de enfrente y los lloriqueos estridentes de la hija de don Melchor y hasta tu gato se ha despertado y te maúlla como diciendo “si no te duermes al menos no te muevas tanto, no chingues”. Puta madre. El tiempo sigue su marcha. Dame más gaso-li-na.

Diez minutos para las dos de la mañana. Permaneces de costado mirando fijamente el reloj. Cada nuevo minuto transcurrido es un desafío a tu paciencia, a tu ánimo por conciliar el sueño. En el fondo sabes que no lo lograrás, porque esa noche en particular te sientes particularmente solo y particularmente miserable. Al dar las dos en punto, apartas tu mirada del reloj y contemplas el teléfono que en la oscuridad de tu cuarto te parece un zapato marciano puesto sobre el buró. “Zapato marciano”, jeje, qué pendejada; debo dejar de leer tanto al maese Bradbury, piensas y te preguntas de qué sirve tener ese aparetejo si apenas te atreves a usarlo para llamar a tus padres o a uno que otro de tus compañeros de trabajo. Pero claro, no puedes no tener teléfono; qué tal si un día el editor de Palabras Libres u otra publicación de prestigio se anima a llamar para avisarte que ahora sí, uno de tus textos funciona y va a ser publicado. Tu camino a la fama y por ende a la no soledad. Y pensándolo bien, ¿para qué quieres tú ser famoso y célebre?, ¿acaso se te olvida que eres más insociable que el protagonista de un velorio?, ¿te gustaría ser el nuevo sustituto de Monsi, dar entrevistas a los medios de comunicación, que éstos te busquen para saber tu punto de vista de cualquier mamada, desde el fútbol hasta la muerte de uno de tus colegas escritores? Mejor ni pensarlo. Seguramente llevar una vida así te provocaría muchas otras noches de insomnio. Lo mejor es que no publiques nunca nada. Que tus textos se queden dentro de las hojas de tus cuadernos hasta la hora de tu muerte. Quizá alguien los encuentre, le gusten y decida publicarlos y recibas tu fama póstumamente. O quizá ese alguien los registre a su nombre y él será famoso y célebre y tú olvidado hasta por los gusanos que se traguen tu puto cadáver. En todo caso lo importante es que sigas escribiendo, que reflejes la mediocridad de la sociedad en la que vives, y te burles de ella tanto como ella se burla de ti, y te mofes de las instituciones y sobre todo del amor, esa falacia que han inventado los hombres para pretender darle un sentido a sus vacías existencias, y que es sólo producto de química, de instinto, de miedo a pasar una soledad como la que estás experimentando en este momento, y que te obliga a encender la lámpara con forma de sirena tetona y a buscar en el directorio algún teléfono al cual llamar y te calme esa ansiedad que está carcomiéndote junto con los gritos de esa niña estúpida y junto a la música de las Tatú proveniente de la fiesta. Encuentras varios anuncios de Hotline, costo por minuto veinte devaluados. Sabes que esa no es la solución pero marcas; tardan varios segundos, una grabación diciéndote que has llamado a la línea de Deseo Ardiente, el placer en tus oídos, y en un instante te comunican con una de sus candentes chicas. Esperas más segundos. Te contesta una mujer con un tono de voz sensual más falso que billete de mil pesos salido de la factoría Tepito. Ni siquiera estás seguro si se trata o no de una grabación; en cualquier caso la mujer no parece decir su parlamento con mucha convicción: ¿Quiéres que te lama los huevos, baby? ¿O prefieres que chupe tu vergota? Ahhhhhhhh… No, respondes un poco desesperado, quiero… que me digas… “te amo”… nada más. Ella no parece escucharte; continúa con su bazofia seudopornográfica… ¿Así, así o más rico?, ahhhhh, tengo el hoyito tan mojado, baby rey, uuuuhhh… No, no… escucha por favor, sólo di… te amo, eres único, aunque seas un perdedor, un fracaso de pies a cabeza… sólo di eso, amiga Uhhh, papi, es tan rico tu jugo blanco, me llenaste toda la boc… Cuelgas. Le das un puntapié a Poe para que baje de la cama. Permaneces un buen rato sentado en el colchón. Recargas tu mano derecha en el auricular, tus pies pisando el frío suelo. Los minutos se escurren inexorables. Te rascas tu rapada cabeza. ¿Hablarle a un amigo, a mis padres, a mi ex?… Los berridos de la niña no se detienen, ni tampoco los regaños del papá pidiéndole que se calle de una buena vez. La luz de la lámpara ha agudizado más la negrura de la habitación. Casi sientes que puedes tocar las sombras; palpar su espesura como si de oscuros senos se tratara. El cromo La Papilla Estelar de Remedios Varo colocado en la pared de la cabecera, le da un cariz aún más extraño a la noche. Vuelves a hojear el directorio como quien busca algo que de antemano sabe que nunca encontrará.  Teléfonos de emergencia, bomberos, cruz roja, Ayudatel; apoyo sicológico por teléfono.  Chale, ¿de verdad te sientes tan mal por no dormir?,  ¿no sería más fácil unos tapones en los oídos? No. No se pueden poner tapones en el cerebro para dejar de escucharlo. Oprimes cada botón lentamente. Acercas el auricular a tu oído. Te duele y te punza la cabeza. Segundos sin sonido alguno. Finalmente se escucha un Ayudatel orientación sicológica por teléfono en qué podemos ayudarle? Señorita, casi balbuceas, verá, yo… me siento un poco mal hoy y… Mire, si busca apoyo sicológico en un momentito le transfiero su llamada a nuestra sicóloga en turno, espere por favor. Sí… sí, claro, espero; muy amable, señorita. Dijiste muyamableseñorita, pero en realidad lo que hubieras querido decirle es: ¿y qué esperas, grandísima estúpida, para ponerme con la loquera, carajo? Y la sicóloga, con una voz muy dulce por cierto (te recuerda a la voz de Sandra después de haber hecho el amor), te contesta; pregunta qué es lo que te ocurre. Y tú tratas de explicarle como mejor puedes, aunque ni siquiera tú mismo sabes por qué has llamado. Vera doctora, yo, bueno, pues, la verdad, tengo poco más de un año de que rompí con mi novia, y bueno, creo fue por una tontería sin sentido, y la extraño un poco, o no sé si la extraño o sólo me siento un poco solo, verá, tengo veintisiete años, dos de vivir en una unidad de por los rumbos de Ecatepec, y actualmente trabajo en un cafecito de la Roma, no gano mucho pero mis padres luego me prestan algo de dinero y bueno, hoy me siento algo raro, no puedo dormir y mañana debo pararme temprano pues sí me queda algo retirado el trabajo, y no sé, hay una fiesta acá afuera como podrá usted escuchar, pero de todas formas creo que mi problema es otro, porque, ¿sabe? también me gusta escribir, pero me siento mal porque mis textos no cuajan, son inverosímiles y… La mujer de acariciable voz te interrumpe.  Dice que por favor  la dejes ir por partes: te sientes solo porque llevas más de un año sin pareja… ¿a qué crees que se deba eso?, ¿sientes que algo está fallando en tu forma de ser para conseguir una nueva pareja, o simplemente tienes miedo a iniciar una nueva relación? Preguntas concisas y al grano, y tú no sabes qué responder; en tu mente sólo se construye una cuestión igualmente sin respuesta: ¿qué diablos estoy haciendo aquí, contándole mis broncas a una desconocida? La  mujer espera. Te limitas a ver cómo el reloj marca las dos treinta y siete. No hay marcha atrás. ¿Es que acaso esa niña no va a dormirse nunca?, ¿es que los imbéciles de esa fiesta piensan amanecerse sin dejar dormir a nadie?, mejor hubieras llamado a una patrulla, no a una loquera… pero no. Es la fiesta de la vecinita que te gusta. Doctora, yo, la verdad, no sé, no sé si algo falla en mí, a-a veces soy muy introvertido y otras veces soy extrovertido más de la cuenta, y-y a veces soy capaz de contarle mis broncas a gente a la que apenas conozco, como ahora, y otras veces, pu-pues, no le tengo confianza a nadie, y prefiero tener de confidente a mi gato, jeje, sé que suena tonto, pero… sólo sé que me siento muy mal. Tu repertorio de palabras termina de repente. Todo es tan patético, piensas. Te resulta inevitable emitir un sollozo ahogado, que llega a oídos de la doctora Corazón telefónica. Y ella te consuela o busca la forma de hacerlo, ya sea por buena voluntad o porque para eso le pagan. No se desespere, amigo mío, el verdadero amor llega tarde o temprano, se lo aseguro. Gracias, señorita, gracias, dices con una voz hecha astillas; subes el resuello en tanto dos surcos de lágrimas llegan hasta tu barbilla y sientes que no puedes seguir conversando. La mujer continúa hablando pero tú cuelgas. El verdadero amor llegará. Je. Bonita broma macabra. Quizá se tarde en llegar más de lo necesario; tal vez cuando estés muerto, o loco. Quizá ese amor también pase noches en vela preguntándose por qué de su soledad. Y cuando ese amor te conozca, tú ya estarás hastiado de relaciones fracasadas; siempre creyendo enamorarte de otras personas, mas no será amor sino obsesión compulsiva, fijación patológica, o puro y simple capricho, y cuando conquistes esos caprichos te percatarás que todas eran las personas equivocadas y desearás morirte o tirarte a cualquier vicio; al alcohol o los fármacos o a la tele o a escribir poemitas idiotas o apoyar causas que no son de tu incumbencia o a enamorarte hasta de tu vecina… No, no puedes permitirte enamorarte de ella. Te gusta mucho la chava, sí, pero obsesionarte con alguien que vive a unos metros de ti… sería un infierno. Te incorporas de la cama. Limpias casi con desprecio los goterones estacionados en tu barbilla. Te pones el primer par de tenis y las primeras bermudas que encuentras y vas y oprimes el interruptor de luz. Fuera sombras. Bienvenido Reino del Insomnio. Vas al clóset y sacas cualquier playera que esté a la mano. Lo único que te queda es aceptar tu falta de sueño, y aceptar que si continúas en cama tu mente seguirá atormentándote hasta la nausea.  Tienes todavía tres horas para seguir trabajando en tu texto. Basta, te dices, de desperdiciar el tiempo en estupideces. Te diriges al pequeño escritorio colocado en un rincón del cuarto. Una foto ampliada y enmarcada de Henry Miller te saluda silenciosamente desde lo alto de la pared. En el escritorio tu máquina de escribir, tu libreta de anotaciones, una sopa Maruchan destapada y aún con la mitad de contenido, un Larousse edición 95, unos discman marca patito y una botella de Dos Equis vacía. Contemplas los objetos como si fuera la primera vez que los vieras en conjunto. Sólo habría hecho falta un cigarro a medio terminar (abominas el olor del tabaco) para completar el estereotipado lugar de trabajo de un escritor. ¿Tú eres realmente un escritor? Quizá sólo juegas a serlo. O tal vez ocurre que esa noche no puedes dormir porque esa noche ha sido destinada para que escribas tu obra maestra

Tonterías.

Sólo dedícate a escribir. Olvídate de pretensiones.  Sólo escribe, escribe, escribe. Demuéstrate a ti mismo que no andas en esto por juego. Eso es; toma tu discman, ponte los audífonos; que los sonidos intrusos no distraigan tu cometido. Oprimes play y la aterciopelada voz de la vocalista de Madredeus inunda tu alma a través de los oídos.  Eso es, toma asiento. Acomoda la hoja de papel en el orificio de la máquina; máquina que desde ahora debe ser extensión de tu cuerpo y tu mente. ¿Retomarás esa absurda historia de realismo sucio en la que estabas trabajando o te decidirás por algo distinto? Más minutos escurriéndose mientras reflexionas, y llegan las tres en punto. Volteas a ver al minino Poe que ronronea tallándose en tus pies, seguramente esperando le des ya el desayuno. Poe. Sí, una nueva historia con sabor poeniano. No está mal. No importa que el editor de la revista Día Ocho te dijera que los cuentos de terror eran puras fórmulas gastadas y que para espantar pendejos ya existía la autobiografía de Marilyn Manson y los libros de Carlos Trejo. ¿Qué clase de historia de horror podrías escribir que no suene a ya leído o escrito? Tendría que ser algo cercano a ti, para abordarlo de manera sencilla. Pero tú nunca has convivido con fantasmas ni vampiros ni muertos vivientes.  Acaso a Sandra le decías de cariño “Mi Muertita”  porque la chica tenía una piel un tanto fría. No es que ella fuera de carácter frío; sólo su piel no tenía la tibieza de otros cuerpos femeninos. ¡Claro!, piensas. ¿Qué tal la historia de un güey  que únicamente consigue excitarse sexualmente con fríos y tiesos cadáveres? Una premisa interesante, y podrías agregarle escenas delirantes; por ejemplo, que el tipo se robe el cadáver en descomposición de una chava, y, al besar sus labios, de éstos broten un puñado de gusanos verdes y viscosos. Chingón. Te dispones a trabajar en tu nueva idea, aunque quizá Madredeus no sea el grupo más adecuado para fondearte. Bien, ¿cómo debo de empezar esta historia?… con una frase impactante, contundente; todo un madrazo al lector desprevenido.  Algo así como: “Mengano sólo tenía seis años de edad cuando descubrió su gusto por los cuerpos muertos”. Sí, suena bien, pero… ¿y luego?, ¿de qué forma podría descubrir su gusto por la necrofilia a tan tierna edad? Estás corriendo el riesgo de caer en inverosimilitudes desde un principio. ¿Cómo ser verosímil en la ficción si mi vida real ya es bastante inverosímil?, te preguntas, y sientes que traer los audífonos puestos te está estorbando más que ayudando a concentrarte. Además los berridos de esa niña podían ser más inspiradores para este caso. Apagas el discman y buscas una buena respuesta para continuar el desarrollo del texto. Tres veinticinco de la mañana. Y que tal si… este chavito descubre sus gustos anómalos guardando los cadáveres de los pajarillos que mata a pedradas, y los abre con un cúter para saber qué guardan por dentro… Pasa. Comenzaste a teclear las nuevas frases reveladoras en tanto la música de la fiesta continúa cual suplicio interminable. Ahora les dio por el rock urbano, y el Haragán cantando con su característico tono chavobandoso: Mi muñequita de hule, de plástico-wo-ho, mi muñequita sintética, mi muñequita sintética…

No puedes concentrarte con ese ruido. Lo peor es que esa rola te recuerda otra vez a Sandra, cuando te le declaraste en el vagón del metro (no es que pensaras que ése era un lugar ideal para hacerlo, pero si te decía que no, al menos podías bajarte en la próxima estación a ocultar tu desdicha) y un güey  se subió a cantar esa rola con una guitarra acústica, y Sandra te dijo riendo que esa sería nuestra canción y a ti te pareció que su sonrisa era divina y entrelazaste tu mano con la suya tan fría y besaste sus labios como si de un momento a otro estallara el comboy y no pudieras besarla jamás. Ahora menos podrás concentrarte porque has vuelto a pensar en ella. ¿Pero no se supone que fue justamente ella la que te inspiró ese nuevo escrito? Sacas de manera casi instintiva la hoja de la máquina; la envuelves en tu mano transformándola en un mojón informe y arrugado. La tiras al piso pues tu bote de basura está lleno de otras bolas de papel similares. Mejor escribo algo distinto; algo completamente alejado de mí mismo.

Se le hiiiizo fácil, y es que nada en la vida es fácil…

Vuelves a colocarte el discman. Enciendes el radio y buscas la estación que transmite noticieros las 24 horas. Quizá alguna noticia sobresaliente sea digna de inspirar un cuento.  Transcurren tres cuartos de hora y sólo te encuentras con accidentes y desastres naturales que, en la inexpresiva voz del locutor, no parecerían tan terribles, aunque lo son: un camión de pasajeros en Oaxaca cayó por un barranco; se los llevó la huesuda a todos; huracanes en California destruyeron todo a su paso; el incendio en una discoteca de Argentina deja de saldo 54 muertos y 120 heridos; un maremoto en Asia deja 50,000 muertos, miles de desaparecidos y millones de damnificados. Qué bonito. El señor Dios vuelve a demostrar que de un solo pedo logra acabar con un puñado de sus hijos, microbios a su imagen y semejanza; así de fácil. El tipo de tragedias que hacen ver las broncas personales como simples pendejadas sin sentido. Sin embargo ahora nada de eso te conmueve. Absolutamente nada. Lo único que deseas esta noche es ser políticamente incorrecto, ser libre en tu propio egoísmo; no pensar en tragedias lejanas a ti. Eso, sólo quieres pensar en ti. Sólo tú te importas. Que al mundo se lo cargue el puto que lo parió. Caray, hasta hace unos días no te habrías atrevido a usar la palabra “puto” de forma despectiva. Eres un escritor y los escritores son, según se dice o según crees, amantes de las minorías, de las causas justas, de los temas trascendentales y de la filosofía más pacheca. Y escuchan jazz y no como tú que sólo escuchas los grupos de rock que te recomiendan, y tienen sus libreros llenos, claro, de libros de todos tamaños y grosores, y no como tú, con tu librero lleno en un cincuenta por ciento con fotocopias engargoladas y el otro cincuenta con libros que te han prestado y nunca regresaste. No eres un escritor. Nunca lo has sido. Te has autoengañado, mequetrefe; pendejín pretencioso. No eres capaz ni de escribir una sola cuartilla en una noche de insomnio. Quizá mejor debas ir al refrigerador a sacar el six de cervezas que tienes guardado y celebrar tu autoengaño mientras anhelas que esa chica guapa te invite a su fiesta y llores desconsolado en sus delicados brazos. Vuelves a quitarte los audífonos. Te diriges a la ventana del cuarto desde donde puedes ver sin problema el edificio departamental de enfrente; algo muy propio de una unidad de Infonavit. Tu mirada se clava directamente en la ventana de tu vecinita. Y, como una casualidad surgida de tus inverosímiles textos, ahí se encuentra ella. Delgada, senos firmes, pelo castaño cubriendo sus hombros, labios color seda, color manjar. Te gusta mucho, y quizá a ella le podrían agradar tus cuentos, porque quizá ella, linda clasemediera teledirigida, apenas y sí habrá leído medio libro de Cuahutémoc Sánchez, o la biografía no autorizada de Juan Gabriel. Es decir, libros escritos por gente sin talento, como tú. Y ahí se encuentra, sola, con cara de aburrimiento, el hombro recargado de la protección de la ventana, con un vaso de cuba o vodka o refresco en la mano y sus ojos miel buscando tal vez un alma que en esta noche de viernes se sienta tan sola como ella lo está. Una esperanza renace en ti. Corres buscando un papel o cartulina lo suficientemente grande para escribir un mensaje de salvación. Lo encuentras pronto. Ahora un marcador negro. No sabes ni qué escribirás en esa señal de humo improvisada.  Lo primero que te venga a la mente, qué chingaos; el chiste es llamar su atención de una forma, digamos, original. Ya está. Cuatro y media de la mañana. Regresas presuroso a tu ventana. Ella continúa allí; ninfa de la soledad urbana. Tú sostienes el cartón con una mano y con la otra improvisas ademanes para atraer su atención. Nada. Tocas el cristal de la ventana esperando que tus golpes traspasen la barrera auditiva impuesta por Panteón Rococó a todo volumen. El milagro se produce: ella mira hacia tu ventana. Le enseñas el cartel mientras sonríes estúpida pero cordialmente. “Hola. Me llamo Alex. ¿Sola?”.  No sabes si la luz de tu cuarto es suficiente para iluminar tu mensaje. Al Principio ella parece sorprendida de lo que le muestras. De la sorpresa pasa a la seriedad y de nuevo a la sorpresa. Y de la sorpresa pasa a retirarse de la ventana y finalmente comprendes que acabas de hacer el ridículo. Te alejas del cristal y rompes en varios cachitos el cartón y  te mientas a ti mismo la madre. Poe no se percata de tu enojo y te maulla dolorosamente esperando le des sus sagrados alimentos. Pinche gato, nomás para eso sirves, cabrón, le dices y le avientas los pedazos de cartón que quedan esparcidos en el piso como confetis de fiesta pueblerina. Los aullidos  de la niña retardada regresan luego de una hora de calma, y ahora son más intensos e insoportables. Piensas que un cerdo castrado a machetazos haría un ruido más agradable que el de esa niña. ¿Es que su padre no haya el modo de mantenerla dormida toda la noche? Te dan ganas de subir y exigirle que la haga callar, pues sus alaridos no dejan dormir a nadie. Pero otra idea, quizá aún más descabellada que tu mensaje a la guapa vecina,  se forma en tu hastiada mente: tal vez la pobre escuincla no pueda dormir porque don Melchor, ese señor aparentemente respetable, buena gente, poco conflictivo, pero viudo desde hace unos ayeres, la obliga a masturbarlo o a actos más densos, a sabiendas que la pobre niña no lo contará a nadie. Esos gritos sólo pueden ser producto de abusos, crueldad, violencia. Te encabronas como si ya vieras al viejo bajándose la trusa y llevando la mano de su hija a su sexo enhiesto.  Puto pervertido. Hasta un introvertido como tú puede indignarse al grado de querer subir a poner un alto a esa situación. Sales del cuarto y vas y enciendes todas las luces del departamento, y buscas ansioso la única escoba que posees, y la encuentras y le quitas la escobeta al palo o viceversa y ahora sí, infeliz don Melchor, o la deja en paz o lo chingas a palos.

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Subes los escalones de dos en dos. Aferras el palo de escoba como aferras tu pene esas noches en que lees a Anais Nin o al Marqués de Sade o el Triple Equis Magazine. Llegas frente al  departamento y tocas violentamente la puerta. ¡Don Melchor, qué le pasa a su hija!, ¿¡qué le está haciendo!? ¡Responda, viejo cabrón!… No mides tus palabras y poco te importa. Golpeas con mayor fuerza. Tus nudillos se duelen pero insistes. Sólo alcanzas a escuchar un mesurado ¿qué quiere, vecino?, no le estoy haciendo nada; usté ya sabe que mija está mala; le asusta el ruido de la música, nomás. No le crees. Estás aferrado con tu idea del abuso sexual y no te detienes a pensar que tal vez andas buscando un chivo expiatorio para tu caos existencial. Le exiges que te abra la puerta; quieres cerciorarte de que todo está en orden. Ahora hasta policía te sientes. Pasan unos minutos. Ya no escuchas ni al viejo ni a la niña. Esperas. Un poco más. Nada. Decides dar media vuelta y retirarte y dejar el asunto por la paz, pero es entonces cuando la puerta se abre de un empujón y una ráfaga humana surge y te abraza y casi te tira al chocar contigo. Es la niña con la cabeza deforme y los labios torcidos y babeantes y las narices tupidas de sendos mocos verdes.  Su camisón blanco le da apariencia de fantasma gótico.  Y está enloquecida y te inunda de babas el pecho y luego te lanza una mordida al brazo derecho. El palo de escoba cae de tu mano y rueda por las escaleras. Gritas. Maldices. Sueltas un gemido de dolor casi histriónico. Don Melchor aparece y su rostro es casi un reflejo exacto de lo que ve en el tuyo. Quíte…mela… don… Mel…apú…rele… Don Melchor desencaja como puede los dientes de su vástaga de tu carne. La obliga a cerrar la boca  que escurre ríos de babas y la jala hacia el interior del  apartamento.  Niña mala y tonta. Mira lo que le hiciste al señor… Y usté no se queje; acabó de espantarla con sus toquidos…  Buenas noches.  Don Melchor cierra la puerta y tú permaneces contra la pared del edificio, sobándote el brazo cubierto de viscosa saliva y marcas de dientes.  Dónde tenías la cabeza para haber hecho eso. Pendejo, idiota, imbécil. Empiezas a descender lentamente las escaleras. No has bajado tres escalones cuando percibes una voz femenina en el piso inferior.  No quiere abrir; mejor ya vámonos, le oyes decir; y luego unos golpeteos ansiosos a tu puerta. Voz femenina joven y dulce. Eso. Tiene que ser Ella; sí, Ella. Tu vecinita ha ido a buscarte. Respondió a tu desesperado llamado. Ahora bajas de dos en dos los escalones del edificio. No vas a permitir que se vaya. No ahora. Dejaste ir a una gran chica por tus estupideces. No ocurrirá otra vez. Llegas al pasillo frente de tu departamento y ahí está, en efecto, ella, y a su lado un mandril humano con playera de Slipknot y pantalones de mezclilla negra y converse negros y aliento de mechupétodalavinatahoy. ¿Tú eres Alegs? te pregunta el susodicho mandril. Respondes que sí, soy Alejandro Jiménez, y ustedes son…? y Mandril con ropa te lanza de pronto un putazo directo a los labios, y tú oyes algo como el crujir de una nuez, pero sabes que en tu boca no hay nueces sino dientes. Dientes que no volverán a retoñar nunca. Pérdida irreparable. Te tambaleas y vas a chocar al muro más próximo. Escupes el diente desprendido. La chava le pide a Mandril que se calme, que no es para tanto, que no se meta y la meta en problemas con los vecinos. ¿Todavía defiendes a este cabrón que te anda essgribiendo madres desde la ventana? dice el sujeto a punto de lanzarte otro derechazo; pareciera que el alcohol le da más fuerzas en lugar de restárselas y tú ni haces el intento de defenderte. Que te mate si quiere. Te vale madres. Ya vámonos Héctor; si hubiera sabido que te ibas a poner así ni te comento nada, caramba. La muchacha, casi emulando la escena de don Melchor y su hija,  se lleva a jalones a su novio o amigo o lo que sea, y mientras bajan las escaleras del edificio el mandril vestido sigue gritándote maldiciones y que le bajes de huevos o te va a partir la madre un día de estos. Maravilloso. Pero un día de estos es mucho tiempo. Demasiado para ti, que ya alucinas cada minuto de esa madrugada. Y el muy pendejo ni siquiera mencionó el nombre de ella.

Entras a tu hogar-chiquero. Traes sangre escurriendo de tu boca.  Pruebas indiferente el sabor a hierro y jugo salado. Te tiras sobre el sofá que te llevaste de casa de tus padres y que te sirve como sala. Todo gira a tu alrededor. Ves desfilar ante ti la mesa sin mantel, las paredes con las fotos de tus héroes literarios, la ropa tirada por el suelo, los vasos desechables, las botellas de cerveza, las envolturas de Sabritas…Quizá te ha bajado la presión o sea sólo el efecto del puñetazo o de la mordida o de los dos dolores a la vez. Pero hay otra parte dentro de ti que te duele más, y te sangra y te taladra despacio y tenazmente. El librero frente a ti va y viene de derecha a izquierda, de derecha a izquierda. Gira y da vueltas y rueda girando; gira y da vueltas y rueda y rueda… Café Tacvba en ese estéreo que no para de escupir música. La fiesta no termina. Los minutos escapan, corren, succionan la noche. El recuerdo de Sandra de nuevo: Nuestra canción, aunque esté medio naca, y los dos riendo dentro del vagón y tú besándola y ella preguntándote quién es Poe y quién Bradbury, y ella prefería a Gabo Márquez y a veces a Rulfo, pero no era muy lectora y no comprendía tu prioridad por la literatura, le molestó que dejaras tu trabajo en la escuela, ese trabajo que ella y su tío el director te ayudaron a conseguir,  y te dijo que tus padres no siempre iban a mantenerte a distancia y le pediste que te dejara en paz por favor. Y te dejó. Ya no importa. Ni importa que hayas perdido un año entero buscando infructuosamente, por acá y por allá, quién publicara tus bodrios; ni importa si tu amor verdadero llegará mucho muy tarde. Te levantas del sofá, entras a tu habitación y encuentras a Poe arriba del escritorio, lamiendo el caldo de la Maruchan que dejaste a medio terminar y que seguramente él tiró al buscar esa comida que tú le habías negado en toda la noche. Las teclas de tu máquina están manchadas de sopa. Y tu libreta de anotaciones y hasta tu discman. Poe voltea a verte y ronronea bajito, como sabiendo que ha cometido una tarugada y busque redimirse. Simplemente lo miras serenamente, y miras la máquina y el escritorio bañado de fideos olorosos.  De repente rompes a reír como del mejor chiste que escucharas jamás, y acto seguido vas y empujas el escritorio con todas tus fuerzas y Poe salta y todo lo demás cae al suelo con estrépito. Mientras observas tu máquina de escribir tirada bocabajo y con las teclas desprendidas, tu risa desquiciada se torna llanto silencioso. La hija de don Melchor sigue gritando. Gritos arriba, en el techo, y en tu cabeza; y Henry Miller te mira compadecido y parece decir que vayas por el six de cervezas y le des una y las demás te las metas por el culo; y el cuervo te dijo: nunca más a los sueños de la literatura. Never more. Gritos. Gritos en la noche. Como cuando eras niño y gritabas porque mamá apagaba la luz de tu cuarto; y tardabas horas en conciliar el sueño pues las sombras te resultaban siniestras. Pero luego aprendiste a disfrutar del miedo gracias a Edgar Allan Poe; y de Poe pasaste a Lovecraft y de Lovecraft a Asimov y a Bradbury.  Ahora recuerdas alguna escena de Fahrenheit 451, tu libro favorito.  La frase contundente del principio: “Era un placer quemar; ver cosas devoradas, cosas ennegrecidas y cambiadas”. El fuego. Fuego consumiendo libros, esos objetos inservibles e imposibles de publicar para un donadie. Y el fuego está al alcance de cualquiera con  una cajetilla de cerillos. De nuevo algo cobra vigor dentro de ti y, una vez más, limpias con desprecio los goterones en tu cara. Sales del cuarto y vas directo a la cocina. Buscas ansiosamente en los cajones. Encuentras un encendedor. No tienes tan mala suerte a pesar de todo.  Poe, que te ha seguido hasta ahí, maulla  dolorosamente. ¿Imaginará tus intenciones?

Vas hacia el librero, encendedor en mano. Tomas un libro cualquiera. De todas formas no ibas a regresárselo a quien te lo prestó de buena fe. Lo tiras al piso,  junto a la pared, y repites la acción con otro libro, y otro y otro. Pronto esa parte del depa luce una montañita de libros y revistas literarias. El librero ha quedado vacío salvó por un solo ejemplar: el Fahrenheit 451. Lo tomas en tus manos como el más grande tesoro. Lo hojeas unos minutos con cierta amarga sonrisa en tus labios y procedes a prenderlo con tu encendedor. En unos segundos las hojas del libro comienzan a arder y, antes que el fuego llegue a tus dedos, lo depositas al centro del montón de libros y éstos comienzan a contagiarse de fuego. Entonces llamas a Poe con un bishito bishito algo burlón; vas a buscarlo. Tu gato, sin notar aún lo que ocurre, está dándose un atracón con un pedazo de hueso mal roído que halló en la cocina. Caminas despacio tras él y lo pescas de la panza. Le acaricias la cabeza para no espantarlo. Sólo a ti se te ocurre tener un gato negro de compañía. Los escritores también son supersticiosos; tendrías que saberlo.  Para cuando regresas a la sala, con tu minino en brazos, la cadena de fuego y papel chamuscado ya no parece tener fin. Un hermoso espectáculo, piensas. En cambio, tu gato empieza a maullar enloquecido cuando nota que se acercan a las flamas devoradoras. Aunque se resiste y te muerde y  rasguña los brazos, no lo sueltas. Sabes qué hacer. Discúlpame Poe, me caías bien. Lo avientas a la parte central de las llamas. Poe maulla, se retuerce, echa a correr con el cuerpo prendido cual antorcha de pelos andante. Mugre gato, piensas, tenías que quedarte ahí, ardiendo junto con todas mis pertenencias de valor, junto con toda mi vida. Ya no le prestas atención; miras cómo el fuego invade al librero de madera, y a las cortinas más cercanas, y alcanza el techo.  Ni tu tos producto del humo ni la cercanía del calor evitan que escuches los gritos de alarma que empiezan a cundir dentro y fuera del edificio. Por fin, la música de la fiesta parece haber desaparecido, y en su lugar hay murmullos y exclamaciones y llamen a los bomberos que un apartamento del Uno B se está quemando. Te has salido con la tuya. No más ruidos molestos. Sólo un rico e intenso calor rodeándote.  Atrancas la puerta de entrada con el sofá; no quieres ser molestado. Te diriges a tu cuarto aún no alcanzado por las llamas. Miras la hora. 20 Minutos para las seis. Bien. Finalmente sientes sueño. Te acuestas en la cama y me dispongo a dormir toda una vida, o hasta que el sol escupa sus gargajos del día del juicio. Me vale madres llegar tarde al trabajo. Desde este momento renuncio a mi empleo……


Juan José Gutiérrez Peralta (México, D.F., 1978). En sus ratos libres se dedica al dudoso pasatiempo de escribir. Ha participado en los talleres literarios del Museo del Chopo, del Instituto Mexicano de la Juventud y en el taller clandestino de José Antonio Aspe en la colonia Roma. Ha pulicado cuentos en antologías como Nuevas voces de la narrativa mexicana, publicada por Joaquín Mortiz en 2003; Vacaciones en Escombros, en ediciones Eon; y Desde las Islas, en ediciones de la UNAM. El año pasado logró publicar un libro propio de cuentos, El Reino del Insomnio y otras historias, el cual está por ser reeditado. Actualmente prepara una novela corta para los fanáticos de los zombies, titulada La Herencia de Lázaro. Su mayor aspiración es emular a Sherezada: contar historias para poder sobrevivir día tras día.

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