Si el mundo fuera Estridentópolis

Sobre la literatura, el territorio y los mundos posibles.

Por Oscar Mendoza M.

(Columnista Revista Clarimonda).

Así como el lenguaje ya estaba en el mundo cuando llegamos a él, la arquitectura ya era aquel mundo previamente dado. Descubrir si primero fue el mundo y después el lenguaje, o viceversa, es lo mismo que investigar el origen de las gallinas y de sus huevos. Finalmente tanto el uno como el otro se pertenecen y ya no nos es posible pensarlos separadamente. Pasa así con la literatura y la urbe, con el escritor y su lugar de nacimiento, con las calles que caminará desde niño o a la ciudad a la que por razones políticas, económicas o sociales, se cambie. Lo mismo pasa así con las letras y los edificios porque ninguno fue dado en primer lugar y anterior al otro. Ambos, la ciudad en donde crecí y el lenguaje que hablo, me fueron otorgados, aprehendidos y heredados, con o sin mi consentimiento, al momento de soltar el primer grito posnatal.

El escritor y su mundo inmediato son la esencia de su obra. Sería imposible pensar en novelas sin un territorio conocido por su autor, cuentos desprovistos del contexto personal y poemas que no hablen de los lugares que conoce el poeta. Las arquitecturas imaginarias, las ciudades de cristal y las metrópolis amorfas son el territorio de algo. Y ese “algo” es nuestro mundo. Este término y territorio son dos conceptos que, aunque parecerían tener el mismo sentido, se van alejando conforme se construyen y avanzan en su complejidad. Al escritor, como a cualquier ser humano, le es dado el territorio, pero será él quien se encargue de construir poco a poco su mundo. Imaginándolo geométricamente, el territorio es la línea, el lienzo y es donde el mundo habrá de  ser trazado y edificarse. De esta manera podemos pensar un relato sin mundo y territorio en el que sólo se nos describan puras acciones, momentos desprovistos de un lugar y de un contenido. Meros hechos sin fondo, movimientos sin medida, sin referencia alguna e ideas flotando sin pies o cabeza. Habrá quien haya intentado escribir así, no lo dudo, pero incluso el acto de querer erradicar al mundo a través de la escritura ya es de facto edificar un mundo. El no-mundo en un texto es la destrucción y crítica de lo foráneo. La deconstrucción no es eliminar lo construido, es desfragmentar lo dado, volver a edificar y mostrar lo inexacto de lo derrumbado.

Discutir la relación bilateral entre la literatura y la arquitectura, de la correspondencia entre ambas y sus implicaciones es plantear la distinción entre el mundo y el territorio. Al último pertenecen los edificios, las calles, las puertas y los portales, los bares en los que nos emborrachamos, las plazas en dónde vagabundean los personajes pintorescos y los hoteles en donde hemos sido partícipes de las experiencias literarias por excelencia que son las infidelidades y las escapadas. En cambio decir mundo implica abarcar al lenguaje en el que se describe a la arquitectura, contiene a las historias vivas en el conjunto de las edificaciones, el mundo no es dado, es construído. La ciudad en la que un escritor nace, crece y, muchas veces, muere es un elemento dado. El mundo en el que se habrá de representar a esta ciudad no. Si los edificios, las casas, las avenidas son un componente entregado, el mundo (que ha de dar cuenta de él) deberá ser construido, pensado, sostenido a través del tiempo. El mundo y el territorio entonces se confunden, pero sólo hasta que ambos tienen la complejidad necesaria del uno para el otro. Solo así podemos decir que la literatura y la arquitectura se piensan. Ambos ofrecen vestigios del pasado, del uno cada vez más lejano y silencioso al que hay que interrogar, interpretar y reescribir.

La literatura tiene una ligera desventaja frente a la arquitectura: lo tangible. No así en la relación mundo-territorio donde acontece un fenómeno singular al que algunos autores han llamado la cartografía literaria, la cual no es más que una consecuencia de los postulados de autores hipermodernistas.  Si en algún punto de la historia de las ideas se pensó que sobre lo físico prevalecía la idea –el platonismo, el cristianismo y finalmente el idealismo alemán-, en la era de lo hipermoderno lo tangible prevalece sobre la idea. Así la relación idea-cosa, lenguaje-territorio, queda invertida. Las rosas se llaman ‘rosas’ por una conveniencia social y la palabra no tiene la existencia metafísica más allá del intelecto humano. Las consecuencias de esta inversión son significativas para la literatura y la arquitectura. Si la inversión de la relación entre idea-cosa se da, la literatura se convierte en la idea y el territorio; entendido como lo real y tangible, que es la cosa, prevalecerá sobre la idea. De ello que el París de Rayuela no tenga ningún interés al París real y existente. Que el DF de las Batallas en el desierto, de La región más transparente, De perfil o de Los Detectives Salvajes sea un DF sin mucha importancia sobre la Ciudad de México Distrito Federal en el que transitan a diario millones de personas. De Macondo mejor ni hablar, no existe, no importa. En Tlon, Uqbar, Orbis Tertius ni si quiera sigue la lógica de la construcción humana y todas esas ciudades ficticias de la literatura importan poco porque no hablan de este mundo. La supremacía de lo tangible sobre lo ideal no debe ser radical. Tampoco la idea debe ser totalmente tiránica sobre lo cimentado. La literatura es una mediación entre ambas, lo tangible no debe ser desventaja a la hora de leer o de admirar un edificio. Las pirámides quedan como testimonio visible, el cual se puede tocar y al cual se le pueden aplicar estudios, pero son insuficientes sin las crónicas que dan cuenta de su construcción, de su uso y que imaginan sus múltiples posibilidades de haber sido.

De esta manera la literatura necesita una arquitectura para poder ser pensada en las dimensiones de nuestra imaginación. Pero la arquitectura también necesita y requiere de la literatura para poder ser algo más que simples construcciones descontextualizadas. La imaginación, el ingenio del escritor y la pericia para poder decir algo de una casa, contar la historia de un puente o figurarse el sentido de una conjunto de unidades habitacionales, son elementos esenciales a la hora de dotar de sentido al territorio. Un territorio con historias es un mundo; un mundo con un territorio es un cosmos. El cosmos es ya una construcción sobrehumana, va más allá de nuestro control y ha sido alimentado por siglos. Lo hemos llamado imaginario colectivo y ha sido tan determinante para nosotros como lo es aquello que llamamos real tangible. Millones de seres imaginarios, ciudades reconstruidas, lugares a los que quisiéramos viajar. Comala fantasmagórica; Morelia colonial; el DF cosmopolita; Guadalajara y sus putas callejeras; Guanajuato y sus callejones; Tijuana, la frontera, y la fiesta trasnochada; Oaxaca alucinógena; Guerrero bravo; Puebla barroca e infinidad de ciudades reales colmadas de realces literarios.

Recuerdo que en un viaje al DF me topé en el interior del metrobús a un pasajero que iba leyendo parado. Más allá de mi asombro con su habilidad para mantener el equilibrio y leer, me dio curiosidad su lectura. Era la novela Los Detectives Salvajes, de Roberto Bolaño, en la que, en la más de una hora y media de viaje, el lector no despego atención. ¿Acaso un libro tenía más poder que mantener la atención, el equilibrio y la atención de no ser bolseado? Años después leí dicha novela y recordaba en sus páginas a aquel pasajero. He tratado de ponerme en su experiencia de lector. Para mí el DF es uno y el ése que aparece en dicha novela es otro. Sin embargo me imagino que para aquel lector es otro y sigue siendo el mismo DF. Cuando viaje a la Ciudad de México en mi cabeza iban las crónicas de Monsiváis, los cuentos de Fadanelli, los ensayos de Juan Villoro y las horas y horas de cine visto. Cuando volví del DF éste ya era otro. No obstante, aquel lector seguramente vive allá y no ve al DF como yo lo veo. Seguramente reconoció más lugares de Los Detectives Salvajes que yo, fue a algún café de los mencionados o tomo sin importancia plazas y calles citadas. Pero sigue siendo el mismo territorio aunque el mundo de los dos sea distinto.

Polanco

Siguiendo el ejemplo, en la misma novela aparece una corriente llamada estridentismo. Dicho movimiento, que se ostentaba como vanguardia, planeaba traer a México lo más actual de los movimientos artísticos mundiales en todas las disciplinas. Está por demás decir que la literatura y la arquitectura estaban incorporadas a esta masiva importación de corrientes. Entre las muchas ideas de los estridentistas estuvo la de fundar una ciudad-relato llamada Estridentópolis. Dicho lugar, que no era más que la idealización de Xalapa, Veracruz, sabemos que era una ciudad con edificaciones dispuestas para el fluir artístico; que se asemeja a la fantasía de una comunidad hippie y que de estridente no tenía nada. Si mundo fuera aquella utópica urbe, colapsaría por la sencilla razón de haber olvidado el territorio. Un mundo, así como el de Estridentópolis, idealizado para artistas, desprovisto de todo-lo-demás que sea considerado como no artístico, y que se olvida de la necesidad de otros componentes, simplemente se derrumbaría. El mundo no puede ser esa ciudad porque necesita territorios, el Mundo necesita mundos. La literatura no puede darse sin un lugar ni los lugares (las urbes) habrán de dar al escritor el material necesario para seguir imaginando, escribiendo y dando a conocer sus historias. El mundo no quiere ni necesita ser Estridentópolis, el mundo ya es una Estridentópolis.

Oscar Mendoza Mora (Michoacán, 1990).Editor. Colaborador en la revista Clarimonda; escribe crónicas y tiene una columna de opinión en el portal web de la misma llamada Jarra Libre.

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Un comentario Agrega el tuyo

  1. oscarmmora dice:

    Reblogueó esto en Traspatioy comentado:
    El mes pasado me invitaron a colaborar en la Revista Morbífica de la FES Acatlán, por acá les comparto el ensayo con el que soy parte de su edición dedicada a La Urbe.

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