Una historia del Diablo

Aún hasta nuestros días, las leyendas urbanas conservan ciertas figuras enigmáticas.  Entidades como la de aquel ángel caído, ese que se   atrevió a desafiar al Altísimo, y perdió hasta su propio nombre.  Sí, hablamos de Luzbel, quien sólo sobrevivió para ver cómo lo poco que quedaba de él se perdía entre los escombros y resurgía con una connotación totalmente distinta.

Ahora se muestra como el principal representante de los proscritos, portando en la frente un nuevo nombre y una nueva apariencia muy alejada de lo que era antes de ser arrojado de los cielos. Actualmente y desde hace ya mucho tiempo, se le ha echado la culpa de todos los males que aquejan al hombre. Se dice que ronda entre las calles acechando a los humanos, esperando la mínima oportunidad para poder atrapar a alguno entre sus garras.

Se dice que él es quien lleva al hombre por los senderos oscuros y lo incita a cometer todos los males. ¿Pero en verdad es así? ¿Es él quien corrompe al hombre, o sólo es un pretexto que se da éste mismo para no asumir la culpa de sus acciones?  ¿O  será que Charles Baudelaire tenía razón y “la más hermosa de las jugadas del Diablo es persuadirte de que no existe”?

Una historia del Diablo trata estas preguntas a fondo y nos muestra una perspectiva más nítida de lo que implica tener al Diablo detrás de ti.

El escenario se abre: a los costados se muestra una gran variedad de pinturas sombrías, mientras que en el fondo, una mujer hace su aparición.Ella dice que el Diablo está observándola de cerca, tomando diversas formas, jugando con ella, tratando de volverla loca. Dice que lo ha sabido desde hace mucho tiempo, sólo que ahora sus hilos parecen extenderse hasta su novio.

Habla sobre cómo su novio se comporta de manera extraña: que por lo regular anota en su agenda con mucha precisión los números de sus contactos, pero ahora su agenda tiene un número mal garabateado sin nombre, cuyo único encabezado es una extraña “M”. También porta un extraño y peculiar olor, el cual dice que corresponde a una nueva loción para rasurar, pero ella sabe que eso no es verdad. él la regaña  (es probable que esa mujer sea el mismo Diablo bajo un muy buen disfraz),luego expresa la posibilidad de que tal vez no sea trate del Diablo, pero todo parece apuntar a que él la engaña. Desde las anotaciones misteriosas de su agenda, hasta el extraño olor que brota de él cada vez que se ven. Todo lo que la rodea le insinúa que se ve con alguien más. En especial ese olor, el cual hace brotar en su mente ciertos recuerdos de su pasado.

La situación se hace insostenible y termina siguiéndolo. Pero en cuanto la ve, se obsesiona con ella, a tal grado que cada vez que no lo ve a él, la busca para observarla desde lejos. Entonces la observa por la ventana en una feria, la sigue y entra tras de ella a la casa de los espejos. Donde después de dar varias vueltas entre espejos de distintas formas, se encuentra con la mujer.

El encuentro entre los dos hace que su obsesión por ella aumente más, desencadenando una serie de acciones con las cuales, comienza a ver su pasado con otros ojos, sólo para encaminarla en una dirección que parece estar predestinada desde el principio. Una dirección en la que tal vez, el Diablo, haya jugado el papel de arquitecto de toda su desgracia, desde  el inicio hasta su posible trágico fin.

Una historia del Diablo es una obra de Don Nigro, producida por Luly Garza y Bruno Bichir, traducida por Tato Alexander y dirigida por Itari Marta.

En esta obra, el juego de luces (a cargo de Miguel Ángel Velázquez) concuerda con la  música de fondo (Javier Lara),  logrando un espectáculo que envuelve al público en una atmósfera donde el centro de todo es María (Tato Alexander).

A lo largo de la historia, cada parte de la escenografía (Hilda Palafox y Karla Balcázar) funciona como una pieza de rompecabezas que se va armando. María se mueve por todo el escenario, llevándose al público con ella de un lado a otro, formando una puerta por la cual lo hace cruzar hacia un punto del que no hay vuelta atrás.

reseña

Leonardo Carvajal Ávila (México, D.F., 1992). Estudiante de Lengua y Literaturas Hispánicas en la  FES Acatlán, UNAM. Coordinador de la sección de artes escénicas de revista Morbífica. Ha colaborado en La Gualdra, suplemento cultural del periódico La Jornada de Zacatecas.

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