Cazar el vuelo de un ave

Por Ana Gabriela Torré

Ayer capturé tres pajarillos. Los puse en la jaula verde (ahora es azul) que me regaló Javier hace dos años.

En la madrugada falleció uno. Era color primavera, del tamaño de una nuez. Pienso que murió de tristeza y, ¿cómo no?, si veía el cielo desde los barrotes, pero no podía emprender el vuelo. Seguro pronto morirán también los otros; si no por la misma razón, será por soledad o por nostalgia.

“Soy un ser cruel y despreciable”, pensé cuando sacaba al pobre de la jaulilla cerca de las diez de la mañana, procurando que los otros no escaparan. Tal vez no soy tan cruel, creo que más bien el destino es cruel conmigo. La verdad es que estoy tan sola como estos pequeños emplumados. Sí, yo también me encuentro en una jaula, la mía es más color mierda; sí, más o menos. Aquí tampoco hay nada, sólo mercadotecnia, consumismo y política bastardeada. ¿A mí de qué me sirven todas esas cosas?

Quizás yo no veo el cielo porque está todo muy oscuro, pero veo a través de las inútiles pantallas de televisión, y ahí, detrás de ese montón de basura, veo el sueño del hombre y del artista, del ser siendo lo que jamás había sido. Yo también quisiera morir día a día si supiera que nunca saldré de estos barrotes hechos de estigmas sociales. Se me hace, sin embargo, que aún me queda esperanza, aunque sea un cachito como para creer que si no puedo ser un dios-artista, mínimo tengo una posibilidad de mendigar entre los dioses para dejar a un lado mi esclavitud de posesiones. El internet me aprisiona la mente; el celular, el sentido; y los prejuicios de esos que no somos nosotros, los actos ¿Dónde está la libertad de los hombres?

Mi pajarillo vestido de mar ya comienza a verse triste, creo que se ha dado cuenta de que no sólo el otro ha muerto ahí. No lo puedo dudar, ya sabe cuántos han habitado su jaula. Me da lástima, me doy lástima. A pesar de eso, no pretendo dejar de capturarlos, y en cuanto mueran, conseguiré otros nuevos que me hagan compañía, porque sus cerebros de pájaro son mejores que las mentes preprogramadas por teléfonos inteligentes, arquetipos y dizque cultura de todos estos que me hacen bulto.

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¡A cuántos nos han metido en este encierro! Aunque sea, yo a mis pajarillos los capturo de dos o tres, tengo más humanidad que los gobiernos estos que nos han encapsulado en segmentos de impotencia y de conformidad. Aquí somos tantos que ni mis ideas puedo respirar a gusto, mis pasos andan aún en contra de todo esfuerzo mio por impedirlo, arrastrados por esta corriente de fríos cuerpos. Yo hasta procuro que mis pajarillos vuelen. En cambio, ellos sólo nos han pintado calles, ¡como si pudiéramos andar por ellas…! Nos han dicho que la tierra es nuestra y tantos de estos se lo creyeron, ¿pero cuál?, si ni tierra pisamos. Estamos en el limbo, colgamos entre la nada y el todo, mas nos han cubierto con mantas para no ver qué es lo que en verdad poseemos. A pesar de eso, yo lo veo: el cúmulo mar de mi ser. Por eso soy infeliz, porque la he contemplado, sé que está ahí, pero la han arrebatado de mis manos.

Entonces capturo pajarillos. Cada dos semanas más o menos, cuando muere el último, atrapo nuevos porque estoy tan sola que su soledad me hace compañía. Por tanto, los encerré en una jaula dentro de mi jaula, y estamos encarcelados todos. Yo no vuelo, ellos aunque sea tienen eso. Antes creía que lo hacía, después me di cuenta de que en realidad sólo caía. Lo supe cuando encontré a Javier y a Mariana en mi departamento; cuando papá, cuya mente rompía todo este convencionalismo, murió para dejar la estupidez de todos a la vista; cuando terminé en este trabajo de pacotilla; en fin, cuando sólo abrí los ojos y me borré tantito el romanticismo de las pestañas. Fue ahí cuando vi mi jaula y entonces le di un uso a la que Javier me obsequió hace tanto.

Nombré al que se murió Anhelo; al marino, Sueño; y al otro, que es más gallardo, Ser. Tal vez no tenga mucha importancia mencionarlo, porque siempre se llaman de la misma manera, así como yo siempre me llamo de la misma manera aunque no sea la misma ¡Qué absurdo! Mejor no debería tener nombre, ¿a quién le importa si no saben quién soy?

Lo que yo haría por soñar con ellos, aun cuando estoy despierta. Imaginar que volamos tan alto y le hacemos una ofrenda al sol para seguir soñando eternamente. Porque más allá de la vida sólo está el sueño, que será, probablemente, mejor que la vida. Será la noche, el día y todas las cosas buenas, todos esos amores apasionados, las veces que te amé, me amaste, y nos amamos.

Hace unos días que ha muerto Anhelo. Aún me quedan dos pajarillos, aunque Sueño está por caer pronto; a Ser todavía parecen quedarle muchos días. Lo que daría por ser Sueño y morir un día de estos cuando llegue el alba. Mas no será así, me quedaré con Ser por muchos días más,  quizá después lleguen más Anhelos, Sueños y Seres; yo seguiré aquí, pues parece que la muerte no me quiere con ella. Entretanto, mis aves morirán en su jaulilla, una a una, como lo han hecho  desde hace tantos ayeres..

Ana Gabriela Vázquez de la Torre (Guadalajara, 1995). Estudiante de Letras Hispánicas y artista. Le gusta esculpir, pintar y escribir. Lo más importante para ella es el arte en todas sus expresiones.

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