Expiación

Por Héctor Felipe Ramírez Núñez.

La mujer saltaba de gusto. Lágrimas de felicidad descendían por sus mejillas ruborizadas y anidaban en los pliegues de su cuello y en las comisuras de su boca. Su éxtasis era tal que ya no le importaba que la vieran llorar en televisión. Frente a ella, un hombre sudoroso de camisa blanca y corbata roja, blandía un micrófono inalámbrico. El auditorio estaba a reventar.

–¡Y tenía mucho dolor en esta pierna, pero ya desapareció! –gritaba la señora, aferrándose a su muslo derecho.–¿Usted tocó la capa milagrosa? –preguntó enérgico el hombre del micrófono. –¡Sí, yo toqué la capa con mucha fe, y se me curó la pierna! –¡Gracias a Dios! ¡Amén!

El público ovacionaba: acababan de presenciar un hecho extraordinario. El camarógrafo los enfocó para que el mundo contemplara la fábrica de milagros. El hombre del micrófono le dio dos palmaditas a la mujer, como invítandola a abandonar el escenario. Ya no era necesaria una vez compartido su testimonio.

Miró su reloj, faltaban quince minutos para terminar el evento. Alzó las manos abiertas y los parroquianos guardaron silencio. Al maestro de ceremonias le gustaba esa sensación de poder apaciguar a todo un mar de almas con sólo alzar la mano.

–Debemos pedir con fe, así como hizo la señora. ¡Todos necesitamos tener fe en Dios para que nuestras oraciones se cumplan!

El público asintió. Uno que otro gritó “amén”.

–Hermanos y amigos –continuó–, hoy es el día que el Señor nos ha regalado para regocijarnos en su bondad. ¡Inclinen la cabeza y oren para recibir sus bendiciones!

Cientos de cabezas se agacharon con una sincronía casi perfecta. El maestro de ceremonias disfrutaba observando ese momento de paz: todos los parroquianos con las manos juntas, la cabeza gacha y la fe en el ser supremo quemándole las patas al demonio. Esbozó una sonrisa muy ancha, de oreja a oreja, y la borró de su rostro cuando distinguió a una oveja negra entre su rebaño sagrado.

Un hombre, no muy joven pero tampoco mayor, no agachaba la cabeza. Se mantenía erguido, mirando en rededor con los ojos llenos de extrañeza, pero desafiantes. Apuntaba algo en una libreta.El anfitrión clavó los ojos en el joven. Si las miradas crucificaran… –¡Ahora es el momento que todos hemos esperado! Todos interrumpieron la cadena de oración y alzaron la vista. –¡Que traigan la capa de los milagros!

Los parroquianos armaron un alboroto ensordecedor. Cuatro jóvenes de aspecto exageradamente relamido, en camisa y corbata muy ajustadas, salieron de bambalinas sosteniendo cada uno un extremo de la dichosa capa sobre sus cabezas.

–¿Quiénes serán los afortunados que hoy tocarán la capa de los milagros? En el auditorio se escuchó un estridente “yo” que los parroquianos gritaron al unísono. Se le dio la orden a los jóvenes para que entregaran la capa de los milagros al público, empezando por un extremo de la primera fila de asientos, la más próxima al escenario. Como cada domingo, la gente iría pasando la capa de asiento en asiento, de fila en fila, hasta que todos la hubieran rozado al menos.

–¡Ore y sientan cómo se cura esa reuma, ese quiste, ese cáncer! Miró al camarógrafo y se cruzó el índice por el cuello: apaga la cámara. El joven irreverente anotaba más que nunca en su libreta, pero el anfritión esperó pacientemente a que la capa llegara a su lugar. Y justo en ese momento, cuando el joven apenas tomaba la capa con las manos, el hombre sudoroso le espetó, apuntándole con el dedo: –¡Tú! Todos lo miraron. El joven se sintió acusado. –¡Él no ha rezado desde que entró! ¡No ha mostrado respeto ante la ceremonia! ¡No tiene fe!

_MG_9475Un rumor lo acechó. La gente no estaba contenta. De pronto, el joven se sintió en peligro; sintió varias manos que lo tomaban de los brazos. Y lo apretaban con fuerza.

–¡No, yo no creo en esto! ¡Una capa no puede sobrepasar a la ciencia! ¡Ustedes estafan a la gente, y yo voy a desmentirlos! ¡Acabaré con su maldito circo! ¡Fariseos!

La indignación inundó el recinto. Pero el anfitrión no necesitó defenderse: todo parroquiano se vio poseso en un éxtasis iracundo. Envolvieron al joven en la capa de los milagros. Él forcejeó, pero no pudo vérselas con la fuerza de la muchedumbre. De alguna parte de entre los pliegues de la capa, resbaló un gafete con la fotografía del joven. Debajo se leía Prensa. Hicieron presión hasta que el bulto cesó de respirar. Así lo curaron de la más terrible enfermedad: no pensar como ellos.

Héctor Felipe Ramírez Núñez (Chihuahua, 1992). Actualmente curso el séptimo semestre de la licenciatura en Letras Españolas, por la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Chihuahua. Le gusta escribir narrativa y tiene predilección por el género de terror, retratar la violencia y otras malas condiciones sociales en sus escritos. También le gusta la psicología. En 2012 resultó ganador del primer lugar en la segunda edición del Certamen Literario Francisco R. Almada de Crónica Urbana, organizado por el Diario de Chihuahua. Este año obtuvo una mención honorífica en el XXII Certamen Literario Juana Santacruz, organizado por el Ateneo Español de México.

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