La vida expulsada del Paraíso

Por Rubén Efraín López García

En el más reciente encuentro Telecápita, Paraíso Panóptico, la temática general versó acerca de los dispositivos de control y de vigilancia, sus actualizaciones, y especialmente, de los efectos que generan. Bajo el lema “¿Vigilas o te vigilan?”, se propuso pensar y generar herramientas que desarticulen tales dispositivos. Asimismo,  se reflexionó sobre cómo la forma en la que usamos y nos relacionamos con las nuevas tecnologías les confiere cierto poder, ya que su empleo cotidiano, automático e irreflexivo hace posible una supervisión y una administración total de todos y cada uno los aspectos de nuestra vida por parte del estado.    Teniendo como eje principal y como punto de partida los alcances y las posibilidades de la era digital, se entendió que es justo ahí, en el Internet y en el ciberespacio, en todos los gadgets producidos para su complemento, así como en su implícita y superlativa capacidad conectiva, donde se posibilita que el ojo del poder tenga un alcance absoluto,  para así volverse omnisciente. Es también en ese mismo conjunto de fenómenos, donde se nos abre la promesa de que hay maneras alternativas, y quizá mejores, de entender la política, e incluso la vida misma.

No es gratuito que al momento de establecer el panorama genérico del último encuentro de Telecápita termináramos hablando de la vida, pues desde cierta perspectiva, y sin demérito alguno, todos los conversatorios y actividades parecían ser periféricos, casi tangenciales, respecto a dos temas fundamentales al momento de intentar pensar y entender  nuestra situación actual. Me refiero a los problemas de la nuda vida y al estado de excepción.

Por ahora centrémonos solamente en el tema de la nuda vida, o lo que igual, la vida desnuda: al atender la problemática planteada por el encuentro nos surge la pregunta de ¿qué es lo que se vigila cuando se vigila, o lo que se controla cuando se controla? ¿Qué se examina  y qué se gobierna de, y  en, nosotros? La respuesta es simple, mas no por eso deja de ser aterradora: todo, lo que quiere decir, que se domina la vida misma. No obstante, decir vida misma y vida desnuda básicamente se trata de la existencia en su estado más puro, y más abstracto también. Para entender esto vayamos un poco más despacio.

Ahora existen metodologías para el registro y la gestión de la totalidad de los ámbitos del ser humano: desde el momento de su nacimiento hasta el de su muerte, con quién se casa, cuántos hijos tiene, cuántas veces se enfermó y de qué; pero también el conocimiento de sus preferencias políticas, su equipo favorito, qué clase de productos consume y dónde los adquiere, sus preferencias sexuales, etc. Todo ello porque la propia noción de vida cambió y fue trastocada. Más lo que paradójicamente cambió y trastocó  esta noción, fue el asumir que tenía valor por sí misma,  y es paradójico porque al hacerlo, lo que se genera es que de hecho quede despojado de cualquier valor, como lo expondremos a continuación.

Si acaso anteriormente existieron aspectos del ser humano que eran netamente íntimos e intocables por el exterior y por los demás, es decir, sagrados, hoy parecen haberse extinguido. El porqué de esta extinción radica en que las exigencias políticas fueron creciendo cada vez más para poder protegerlo todo; nótese la ironía, la ingenuidad y el anacronismo de pensar que la labor de un gobierno es proteger. Al hacer  un escueto resumen de las teorías de la génesis política, ésta tiene por labor asegurar el bienestar de un pueblo. Aquello significa, en primera instancia, alejarlos lo más posible de la muerte, crear las condiciones para que esta llegue lo más tarde y del modo menos violento posible, y además,  ésa no violenta y antimortal vida deba ser digna; esto es, una existencia feliz y sin sufrimientos, pues nadie querría estar en una de constante padecimiento y dolor, en eterna angustia por su irrenunciable finitud.

Lo anterior no implicaba un dictamen sobre como se debía vivir, simplemente se buscaba garantizar que la estadía en este mundo se diera del mejor modo posible. El soberano, es decir, aquel a quien se le encargaba esta tarea, era el único con la capacidad de decidir sobre la continuidad de los otros, siempre y cuando ello se hiciera a favor de los demás.

En nuestros tiempos, la tarea del soberano ha sido llevada al extremo, pues para garantizar la supervivencia se terminó por tocar lo intocable; así, los ámbitos más íntimos son objeto del control y de la vigilancia, pues incluso el mismo soberano es susceptible de ser custodiado por el sistema al cual pertenece. Esto es lo que quiere decir que la vida valga por sí misma, pues no hay un solo aspecto de ella que no sea digno de ser cuidado,  pero no por nosotros, sino por el sistema al que se supone le hemos entregado la tarea de cuidarnos.

Se protegía la vida porque a través de ella es posible encontrar un significado a la existencia, si vivir tenía un valor era precisamente porque este acto traía consigo una serie de acontecimientos que nos daban sentido, eso era lo que se protegía, eso era lo sagrado, el sentido y el significado de nuestra presencia en este mundo. Pero ahora no se cuida nada de eso, en cambio lo que se protege al gestionar y registrar todos y cada uno de los aspectos de la existencia humana no es ni el sentido ni el significado que esta pudiera tener, sino simplemente la perpetuidad del sistema que se encarga de administrala. Esto es la vida desnuda, una despojada de valor, pues ya no hay nada ahí que pueda dárselo, nuestra propia vida fuera de nuestras manos, existiendo sólo por sí misma sin nada más que nos haga pensar que es nuestra y que por lo tanto es única y valiosa.

Pensar en las implicaciones de vivir una vida desnuda, pero más que eso, empezar a pensar cómo podemos darle un nuevo valor a la existencia es lo que quizá haga que a la larga seamos felizmente expulsados del paraíso panóptico.

Cartel paraíso

Rubén Efraín López García (Distrito Federal, 1989). Egresado de Licenciatura en Filosofía por parte de la Facultad de Filosofía y Letras, UNAM. Colaborador de revista Iboga e Iniciativa Telecápita.

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