El juego siempre es otro

Por Gilberto Antonio, “Gablot”

Podés jugar como Maradona, tener la mano de Dios y lo que querás, pero seguís todos los partidos en la banca; sos el súpersustituto (prostituto emocional) condenado al fracaso porque el club siempre busca nuevos jugadores, talentos frescos con más experiencia que vos, con un toque más fino -aunque no encuentren a ninguno, de todos dicen que tienen guantes en los botines-, con más gol (lo que sea que eso signifique).

Entonces pasarán los años: te volverás viejo y seguirán con la búsqueda de talentos, tipos más jóvenes y más astutos (que quizá lo único que tienen es suerte), con más hambre de gol, con garra y colmillo y un buen representante para firmar un contrato de tres años con una paga de envidia. Aunque medio mundo sabe que esos son mercenarios, sin amor real a la camiseta, pues se van a las primeras de cambio en el último vagón (si el nuevo equipo lo requiere).

Pero vos, jugador que nunca deja la reserva, que acaso se va de préstamo para que el resto del equipo, toda la directiva y la afición le reclame su abandono -generalmente forzado para no perder condición, para sentir que gana honradamente lo que se lleva a la boca-; vos, el ídolo abortado en pleno nacimiento de una estrella (o por lesión accidental/artera), que juega con pobre técnica y mucho corazón.

Ya no tenés nada que ofrecer, quizá nunca lo has tenido. Ahí empiezan las especulaciones:que si entraste por palancas, que quién es tu padrino; y los reclamos:que manchás la camiseta, que deberías irte del club, retirarte para siempre. Comenzás a pensar que tal vez tienen razón (aunque de tu vida no sepan un carajo).

Te hacés el boludo en los entrenamiento y el guapo en los pocos minutos que te otorgan durante los juegos. La plantilla va rotando y vos deseás echar raíces, ser esa mala yerba para no morirte nunca.

Llegan nuevos prodigios, nuevas promesas (una cada dos años, aproximadamente). Ves tu nombre descender de la alineación titular a la suplente a la reserva. Incluso en esa escuadra donde estás de préstamo para reforzar,siquiera la moral, vas sobrando.

Te regresan a quien tiene tu contrato. Una cita con el entrenador para afirmar que tu futuro es incierto. Una cita con el manager para planear tu retiro;sin partido de exhibición, claro. O podés ser agente libre e intentar la inmortalidad -aunque sabés que no tenés el talento ni en talante de quienes persisten aún pudriéndose-.

Contenés las lágrimas frente a todos, frente a tu familia, frente al espejo. Todos piensan que hiciste tu mejor esfuerzo, no faltó nunca dinero ni algún comentario ocasional de los cronistas. Para el barrio y los conocidos sos famoso, una estrella, mas eso no te nutre. Hay un sabor a derrota en cada abrazo, en cada palmada sobre la espalda.

Cuarenta y pico años. Aún no podés morirte, te queda mínimo otros veinte de vida y la guita simplemente no te alcanzaría; ahorrar era un lujo que sólo jugadores mejor pagados pueden darse -vivías enteramente del deporte, pero al día- y, la verdad sea dicha, no estás emocionalmente preparado para abandonar las canchas.

EL JUEGO SIEMPRE ES OTRO
Fotografía de Yozajandi Hernández

Las opciones son reducidas: ser entrenador o ser parte del cuerpo arbitral -el laburo de cronista sólo queda reservado para los famosos-.

Tomás un par de cursos, llenás solicitudes, rezás por no enfermarte de nada serio. Sólo equipos de la división de ascenso prometen un sueldo casi decente. Tenés nuevamente un sueño: lograr que una de esas oncenas suba a primera división, gane un torneo.

Te llenás la mente de esperanzas. Firmás un contrato por tres años. Ves a un equipo heterogéneo: unos juegan por costumbre, otros son la promesa de una promesa que se les va esfumando de los ojos.

No ganás una puta cosa: apenas los partidos suficientes para no ir más abajo, para no perder las concesiones.

Charla con los directivos en la que te dicen que harías mejor papel en otro equipo, que no son lo que buscás (en otras palabras, que sos una mierda de DT).

Ahí te das cuenta: el juego siempre es otro.

 

Gilberto Antonio Nava Rosales, “Gablot”. (México, D.F., 1990). Estudió Letras Hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras, UNAM. Ha colaborado en las revistas Decires, Klika, Cuadrivio, Síncope, Mutante y Marabunta; también  en la antología Telescopio. Antología de escritores mexicanos nacidos en los 90. Mantiene el blog El Conde del Infernáculo (http://elcondegiv.blogspot.com) y la cuenta de twitter: @Gablot_ier_Van .

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