Fedora el día de hoy

Por José López

No todas las mujeres son iguales, sobre todo las que usan sombrero. Clara lo usaba para pasar por maniquí y así poder trabajar en la tienda, pero eso sólo lo sabía yo, no porque me lo hubiera confiado desde un principio, sino porque es común que luego de varios encuentros uno llegue a saber al menos un poco sobre el otro.

Clara ocupaba el lugar más alto, al fondo del aparador y en medio de tres maniquíes que le antecedían en formación ascendente, todas con Australianos en la cabeza, vestidos de noche, medias figurativas semitransparentes de color negro y tacones pardos de gamuza. Aunque ella siempre resaltaba de entre las demás no sólo por su gran belleza sino también por su sombrero, un borsalino negro que llevaba sobre una cabellera escarlata que le caía en caireles hasta media espalda y por los costados del cuello hasta los senos, conjunto que le proveía del camuflaje más eficaz para este tipo de trabajo.Eso era lo que me había atraído de ella, y a partir de ese instante me convertí no sólo en su admirador sino también en el guardián de su identidad real.

Nadie mejor que yo comprendía lo desgastante que era su trabajo, pues no es nada fácil tener que pasar horas y horas cada día haciendo lo mismo, únicamente para llegar a fin de mes. Yo mismo detestaba mi empleo, al burdo de mi jefe que no reconocía mi buen desempeño y a mis compañeras que -a causa de mi baja estatura y marcada calvicie- no dejaban de llamarme “espejito”, eso me molestaba sobremanera;ero no todas las mujeres son iguales. Clara era diferente, por eso el día que la invitara a salir ella aceptaría de inmediato: quedaríamos en el Parque Principal, al verla llegar la recibiría con un clavel en la mano, ella me pondría su sombrero para que nadie nos reconociera y sus ojos cafés se posarían sobre los míos. Enseguida me tomaría del brazo, así enlazados nos dirigiríamos a algún restaurante, ordenaríamos juntos un postre y yo le dejaría la cereza (detalle que la haría sonrojarse al instante), también iríamos al cine; al salir la acompañaría hasta la puerta de su departamento donde me invitaría a pasar por una copa de vino; luego, sentados en la alfombra, nos haríamos un par de confesiones, al calor de las bebidas nos despojaríamos de nuestras ropas con frenesí. Clara gemiría finalmente y yo me haría un hombre de una vez por todas. Al día siguiente ella me acompañaría a la oficina a presentar mi renuncia, así empezaría una nueva vida a su lado. Sí, todo fluiría de este modo, como fluye el agua de lluvia, ahora sólo me faltaba invitarla a salir.

Estaba muy decidido a pedírselo, eso antes de percatarme de una cosa que mermó temporalmente todo intento. Sucede que desde el día en que nos conocimos a la fecha sólo la veía desde el otro lado del cristal. Por eso no había podido interactuar directamente con ella y por lo tanto no sabía  lo que pensaba acerca de mí, pormenor que me impacientaba bastante. A veces le exigía con muecas y gestos que me dijera algo, que me diera prueba de su afecto, pero no sucedía nada, no se inmutaba ni mucho menos. Llegué incluso a creer que no le importaba lo nuestro, o por lo menos eso pensaba hasta hace dos noches, durante la lluvia del domingo: advertí que su media izquierda se había bajado un poco, dejaba ver el anillo de piel de su muslo formado entre aquella y su falda mientras permanecía de perfil con los labios en punta de beso, una mano en la cintura y la otra sosteniendo el ala de su sombrero. Al instante me pegué al vitral con las palmas de las manos extendidas para observar mejor la escena que se me estaba presentando… ¡No podía esperar más…! ¡La deseaba, la deseaba tanto!

Llevado por el ímpetu de estar cerca de ella hice uso de la estilson que llevaba conmigo dentro de un maletín: tenía que verla frente a frente y saber lo que Clara sentía por mí. Tras asestar un par de golpes sobre una parte del cristal éste cayó, y en un instante me vi caminando sobre la alfombra del aparador. Caminé en dirección a Clara pasando por en medio del pasillo ascendente que formaban las tres maniquíes, y al estar ya frente a ella le retiré con ansia el oscuro sombrero que portaba para poder contemplarla a plenitud mientras le decía que no se preocupara más, que su secreto estaba a salvo conmigo, pero que necesitaba saber si le gustaba, si me quería igual que yo pues la deseaba tanto y quería invitarla a salir…, “y de pronto, ¡sus ojos!”, ¡al posarse la luz artificial sobre su rostro pude ver sus ojos cafés! ¡Qué calidez irradiaban!, ¡qué sosiego tan estremecedor! Me hallaba tan desconcertado por su belleza que no reparé nunca en el sonido de la alarma, ni en el de las sirenas, ni mucho menos en los hombres de azul que ingresaban prontos por el umbral del aparador. Mientras me aprehendían ella me miraba, y fue en ese preciso momento cuando la vi: ¡la lágrima que bajaba por su mejilla izquierda!, la primera y más sublime prueba de su cariño. Le dolía el ver que me golpeaban, me esposaban y me arrastraban lejos de ella ¡Clara lloraba por mí!: eso era todo lo que necesitaba.

BERSALINO O FEDORA COLOR
Fotografía de Yozajandi Hernández

Si no fuera por las esposas me habría arrojado a abrazarla, me hubiera gustado tocar su piel lozana, lisa, nácar, de porcelana, que a mí se me antojaba tan candente, tan suave…, y a lo mejor lo era…

–Cómo estás, Sara, buenos días.

–Muy bien, Carmen, buenos días.

–Qué bueno. Mira, te presento a Esteban, el fontanero que va a ocuparse del trabajo de reparación antes de que llegue el nuevo vitral del aparador. Mientras tanto -dijo Carmen tras dar la última fumada a su primer cigarro de la mañana-, te encargo que a aquel maniquí, el del Borsalino negro, le pongas hoy el Fedora sepia y lo muevas de allí para que le indiques al señor dónde cae la gotera.


José Alonzo López Coria (México, D.F., 1988). Pasante de Sociología en prácticas profesionales. Es alguien con quien se podría hablar sobre lo más podrido de la vida y por respuesta te daría una flor o una daga, dependiendo, pues él piensa que la dicha y el dolor pueden ir de la mano, mas nunca podrá decirte que una es mejor que la otra para forjarte y saber quién eres y hacia dónde diriges tus pasos.

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Un comentario Agrega el tuyo

  1. José Alonzo dice:

    Gracias por el espacio concedido Morbífica. Carpe Diem

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