Parábola del hombre hambriento

Por Esteffan Gutiérrez

 

Fue de noche cuando el soldado, desnudo y bocabajo, creyendo haber escuchado un ruido, despertó en el campo de batalla. No escuchaba ningún ruido, un eco flotaba en el aire. Luna llena. No pudo recordar dónde se encontraba ni qué era el lugar a su alrededor. Intentó ponerse de pie, pero sus brazos le fallaron y cayó. Como un agujero negro que manos despiadadas le abrían hasta lo insoportable, sintió un dolor a mitad del pecho. No le tomó mucho tiempo comprender qué era aquel dolor.

Era hambre, una terrible y titánica hambre.

Se puso de pie, comenzó a correr. A su alrededor, oscuridad. Un bulto en el suelo lo hizo tropezar. La luz de la luna le reveló lo que era aquello con lo que tropezó: un cadáver. Volteó a su alrededor, ahora recordó el lugar donde se encontraba: un terreno repleto de muertos, desperdigados por doquier. Recordó lo sucedido: la última batalla de la guerra final.

Se percató de un sobreviviente, fue hacia él. Lo encontró no gracias a su vista o a su oído, sino a otra cosa, algo así como un instinto que le permitía sentir vida a la distancia. El soldado apenas iba a tocarlo cuando, sin necesidad de usar la boca o las manos, lo devoró. Así de simple: lo devoró. El cuerpo del sobreviviente terminó seco, como si le hubieran succionado la vida desde dentro.

Remordimiento. Al menos el soldado satisfizo su hambre. Aunque esto no duró por mucho tiempo. Minutos más tarde, más intensa y dolorosa que antes, el apetito volvía. Sintió a un par de sobrevivientes cerca de él – los pudo ubicar con exactitud a cada uno –, pero ahora no tuvo que acercarse a ellos: sólo tuvo que sentirlos a la distancia. Se concentró y, a pesar de que también sintió remordimiento por quitarles la vida, los devoró. Los sobrevivientes murieron al instante y el soldado, agitado y saciado, descansó por un momento. Más nesecidad de comer. Ahora, el soldado encontró a otros cinco sobrevivientes en la distancia y a ellos también engulló, junto con toda la vida alrededor, árboles, animales, suelo y aire.

Después de caminar por muchas horas, llegó a una ciudad. Le tomó un par de horas asolarla. Primero se comió un sector, uno pequeño; luego otro sector, uno más grande, porque esta vez alcanzó a deglutir a más gente, casi el doble, y luego quedó la mitad de la ciudad, a la que despedazó de una sola mordida. Nadie lo vio venir, nadie lo esperaba, y vacía quedó la ciudad después de su paso. Se dirigió hacia el resto del planeta.

La humanidad decreció al poco tiempo. Poco a poco, gente caía por todos lados, con sus cuerpos inertes, chupados y succionados). ¿Cómo defenderse, cómo prevenirlo? Ni siquiera sabían lo que rondaba la tierra, matando todo a su paso. Algunos ingenuos pensaron que al esconderse debajo de la tierra o al irse a vivir a las cavernas de alguna montaña, se salvarían, pero esto no ocurrió; el hambre del soldado fue tan grande que inclusive a ellos él pudo encontrar sin dificultad alguna. Los escasos sobrevivientes, esos que comprendieron que algo, o alguien, perseguía la vida para luego devorarla, buscaron sobrevivir al emprender la marcha y estar siempre en movimiento, siempre corriendo. Mas esto, por mucho posible, era irrealizable porque siempre tuvieron que parar a descansar, y al hacer esto ya habían permitido que la muerte los asiera de un pie o de un brazo. También, al querer alejarse de él, terminaron por caer dentro del rango de su radar, con lo que él sólo tuvo que sentirlos para comerlos.

Cuando el soldado se encontraba devorando un pequeño poblado, le llegó un eco. Ya lo había sentido con anterioridad, le era familiar, pero no recordaba de dónde. Aquel eco era la promesa de una gran comida, la mejor, la necesaria, la que acabaría con su hambre. Abandonó el poblado, para irse en la búsqueda de la fuente del eco, lentamente, por todo el mundo. El camino que hacía a su paso era uno hecho con cadáveres.

Sin embargo, el eco siempre lo eludía. Apenas el soldado sentía la proximidad en el aire, el eco se disparaba, se perdía. El soldado no sabía por qué ni le interesaba; para ese entonces él ya ni siquiera pensaba. Se había convertido en un animal, hecho todo de instinto, que se dirigía, como sonámbulo, hacia donde su hambre le dictaba. En este juego de vaivén se hubieran enfrascado hasta el fin de los tiempos, cuando, a partir de un tiempo, comenzó a sentir al eco cada vez más prolongado, con mayor cercanía, tanto que hasta casi podía saborearlo.

Un día lo percibió de nuevo, pero esta vez no huía de él, sino al contrario, se acercaba. En un punto, ya le era fácil comerlo pero el soldado no quiso tragarlo de inmediato – quiso saber qué era la fuente de aquel sonido. Lo encontró en un bosque oscuro. Era, comprendió, sobreviviente de la batalla de la guerra final, ambos, hijos de la madre guerra. Este sobreviviente también podía detectar  al soldado en la distancia; también podía devorar, si es que hubiera querido, pero no lo hacía; lo que hacía era nutrir gente con su ayuda, volverlos más fuertes. Aquí me tienes, dijo el otro sobreviviente, conmigo basta y sobra.

parabola del hombre hambreinto_
Fotografía de Yozajandi Hernández

Después de largo rato, en el que ambos se miraron en silencio, el soldado por fin devoró a aquel hombre. Su cadáver chupado cayó al suelo, junto con los demás cuerpos apestosos de animales y personas, que ni siquiera se descomponían porque no había microbios con vida que pudieran descomponerlo. Se sintió satisfecho, aquella comida casi le había calmado el apetito que también a él deglutía. Esto fue ilusión. De nuevo, más grande y feroz que nunca, el hambre regresó. Ahora, su capacidad se multiplicó y sólo tuvo que caminar un poco más para sentir lo que el otro sobreviviente había tratado de proteger: una mujer en cuyo vientre latía el corazón de un niño. Gente a su alrededor. Pobres. El soldado los tragó en menos de una mordida. Por lo menos murieron ignorando que el sacrificio de su líder no había sido en vano.

Ahora, sin nada que lo detuviera, el soldado se dedicó a comer el resto de la vida que aún rondaba la Tierra. Una vez comida la raza humana, se volvió al resto de los animales y aguas, suelos y tierras. Terminada toda la vida, el mundo se volvió un cementerio gigante. Errante, gastó varios días buscando alimento pero no halló nada. Después de encontrar los últimos gusanos vivos que anidaban los suelos, sintió que algo dentro de él gritaba con furia y rabia de tambor de guerra. Fue cuando lo supo: él inevitablemente también moriría. Sin vida en la Tierra de la que pudiera alimentarse, ya nada lo separaba del mundo de los muertos del cual había tratado de salvarse durante tantas comidas. Por un momento sintió miedo y angustia, y quizá eso fue el último gesto de humanidad que tuvo en mucho tiempo. Lo único que lo consoló fue que, por fin, ya no sentiría aquella terrible, insoportable hambre. Una noche, también de luna llena, como en aquella en la que todo comenzó o, más bien, todo terminó, sintió el fin. Algo duro e impalpable, como un cascanueces hecho de aire, lo comprimió desde la cabeza a los pies, desde adentro y desde afuera. En algún momento perdió la consciencia, en otro dejó de vivir: su cerebro y corazón, como interruptores de luz, se apagaron. El hambre, sin embargo, no terminó ahí; continuó consumiendo y encogiendo su cuerpo, como papel hecho bola en el aire, hasta que del hombre famélico, la puerta que unía el mundo de los vivos con el de los muertos, no quedó nada. Luego, todo fue quietud y silencio en la tierra que no habitaba nada ni nadie más.

 

Esteffan Alan Gutiérrez Sánchez (Oaxaca, México 1989). Consultor de comunicación en el Consulado Norteamericano de Ciudad Juárez. De vez en cuando le da la impresión de que en alguna vida pasada fue un caballero de una cruzada.

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s