Ensayo de lémures

Por Juan E. Chávez

Tiene lista su maleta y me mira con una mirada triste, parada en el umbral de la puerta de la casa. Quiero decirle que no hay problema y que la amo, pero no puedo. Hubiera querido. Finalmente, sin decir adiós, se va. Miro desde la ventana cómo sube al taxi que arranca y se pierde de vista con ella a bordo. Lo maldigo todo porque sé que no volveré a verla, lo sé ahora.

Despierto sudando sobre una geografía de sábanas accidentadas. Me cuesta mucho trabajo normalizar la respiración agitada. Lloro y me quedo en el insomnio, repasando la traumática despedida. Ella fue siempre así, diva del drama, mi nena.

La contrataron para estelarizar una película en la selva y ella estaba muy emocionada, pero yo soy un hueso duro de roer. Me pareció pésima idea y se lo dije cuando preguntó: -¿Por qué no puedes alegrarte por mí? -Es peligroso -contesté-, me preocupo: ¿Qué tal que te come un jaguar? ¿O te pica una serpiente? Prefiero que te quedes aquí conmigo-Sin embargo, tomó mi prudencia de mala manera, me dejó hablando solo para seleccionar su equipaje. Estaba decidida. Traté de persuadirla pero nada funcionaba y desde luego, me desesperé. Le grité, me gritó, nos insultamos, dijimos cosas horribles. Cerró la maleta, la arrastró hasta el umbral de la puerta de la casa y se quedó detenida un instante, memorizándome con ojos oscuros. Entonces quería besarla para desearle lo mejor en ese trabajo, pero sé que me hubiera rechazado; quería mostrarle lo que sentía de verdad aunque no fui capaz: su silencio me dejó mudo, desarmado.

Se marchó y así comenzó el infierno para mí que me quedé vacío, con un extraño sabor rancio debajo de la lengua, desubicado de todo significado. Le mandé mil mensajes de texto y trataba de llamarla cada quince minutos aunque sin éxito: “el número que usted marcó no se encuentra disponible o se encuentra fuera del área de servicio”, repite un robot a cada intento fallido. Miento madres y pasan días, ella no se comunica. No como, no respiro: saturo la bandeja de entrada de su correo electrónico con alabanzas, amenazas y dudas existenciales ¿Dónde fue a parar el afecto, las promesas en la penumbra? Ni siquiera sé si leyó mis envíos. Apenas iba sobre la primera joroba de esta montaña rusa del horror, ahí desconocía la tragedia porque la confirmación oficial estaba pendiente. Puro cruel azar.

Así se siente vivir en el limbo. No salía ni tenía ganas de quitarme la pijama. Semanas fumando como fábrica, comiéndome mis bigotes. En una ocasión saqué la lengua frente al espejo y la tenía violeta. Con el aparato de la certidumbre descompuesto, la duda se propaga como virus ¿Qué pasó? ¿Sigue disgustada? ¿Disfruta su venganza? ¿La tortura? ¿Por qué no contesta? ¿Me dejó por otro? ¿Puedo resignarme? ¿Cuándo, cuándo?

Se siente profunda la caída dentro del abismo de la vacuidad. A veces grito para desahogar una cosquilla visceral o porque necesito recordar que sigo vivo. Saboreando mi pesar en rigurosa soledad, el enclaustramiento me desequilibró y comencé a padecer alucinaciones en las paredes. Olvidé el sonido de mi nombre ¿Para qué? Ninguna sombra reemplazará lo tibio de su tacto; ningún eco, su voz.

Quemando las pestañas a cada hora, el sueño y la vigilia quedaron amalgamados en una misma agonía sin fondo. Sabía que tenía que suceder algo, lo que fuera; no podía ser indefinida la temporada baldía. Si aún albergaba esperanza, quizá recapacitara. Debía avisar, tarde o temprano, se comunicaría conmigo acaso al rato, seguro mañana. Odiaba extrañarla con los ojos vendados, atrincherado en lo álgido de mi dolor, esperándola con ansiedad.

Imaginando cómo luciría en el  umbral de la puerta de la casa con su maleta, de regreso. Cómo correría para estrecharla entre mis brazos, a recriminarle su ausencia; besaría sus labios con ternura diciéndole que jamás podría perdonarla por abandonarme tan indiferente. Fría como un monumento, ajena de pies a cabeza, pero mía. Le declararía devoción, olfateando su cabellera de sauce crespo, la fuente de su cuello. Son sólo fantasías inconsecuentes, un ensayo de lémures en el aire de mis ideas. Tanto que me concentré para transmitirle mi mensaje telepático “vuelve”, “vuelve”.

Una tarde turbia ocurrió lo peor, estaba tumbado en el sofá y sonó mi celular. Número desconocido: era mi suegra súper alterada; no le salían las palabras. Cuando me dio la noticia perdí el conocimiento. Se supone que desapareció, esa fue la versión autorizada por la producción, que se la tragó la selva. Las operaciones de rescate seguían peinando la zona pero sin encontrar una huella. Ni helicópteros ni detectives privados dieron resultado. Cero pistas: evaporación espontánea. ¡Vaya dictamen!, ¿cómo es posible? El cielo de mi mente se nubló de manera permanente.

Grité más y lloré hasta transformarme en un esqueleto con ojeras; en esta condición es imposible descansar. La montaña rusa del horror entró a un túnel espeluznante, demencial. Fui al closet, saqué una bota izquierda suya y, acunándola en mis brazos le conté mi pena, como borracho susurrando trabalenguas a un bebé.

Con escalofríos alojados entre las vértebras, alucino la secuencia cruda de la ruptura, rebobinada y reproducida. Cada diálogo de nuestro pleito y gesto punzante suma daño, devastaciones irreparables en el ánimo. Trauma multiplicado por obsesión igual a melancolía. Secuelas infames infestan este delirio: la negación es una locura ¿La secuestraron? ¿Huyó? Tal vez está viva, raptada, escondida, sufriendo. Muerdo mi almohada, consternado. En el techo se colorean escenas escandalosas.

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Fotografía de Alan Mendoza

Encima de una mesa de operaciones en un sótano, está sedada, rodeada de cirujanos clandestinos con batas que emplean instrumentos quirúrgicos para extirpar uno por uno sus órganos, almacenándolos en hieleras individuales “¡Basta!”, suplico, ¡son las cuatro y media de la mañana! Cierro los ojos y la veo radiante, estatuada junto a su maleta, con una mano en el picaporte de la puerta. Me veo mirándola, mudo. No soporto la presión y despierto dentro de la siguiente pesadilla química.

Estoy en la selva, buscándola y escucho tambores a lo lejos. Camino sobre una alfombra de terciopelo verde en esa dirección. Allí, escondido tras de un matorral, espío la ceremonia que se desarrolla al pie de una vieja pirámide donde diez o doce indios de dos metros y semidesnudos forman un círculo perfecto en torno a mi nena, que yace amordazada sobre un altar. De repente uno de ellos entona “¡Raja cuca!”, levantando los brazos; el resto lo imita, coreando “¡Cuca cuja!” Y de pronto están todos bailando, contoneándose, bárbaros, aullando “¡Raja cuca cuja!” Cada vez con mayor énfasis y cerrando el círculo “¡Raja cuca cuja!” Eso sí que no. Abandono mi escondite de un brinco, rescato a mi mujer y cargándola, desmayada, corro en zigzag, esquivando lanzas que pasan a centímetros de mis orejas y zumban. Apenas escapamos y suspendo la carrera, percibo lo inefable: no la estoy cargando a ella sino a su equipaje. La selva presume su máscara siniestra. Cuando abro la maleta, un pájaro sale volando y se va.

Imposible salvarla, mi mal es incurable. Soy carne de remordimiento ¿Verdad, bota izquierda? Mientras acaricio los cordones en su empeine, acurrucado en el colchón ¿Verdad que volverá, que todo será como antes y compartiremos una eternidad? La bota responde que sí, que pronto, y yo le creo. La superstición es otra dimensión inexplorada de la fe. Entonces volteo –suponiendo que retornaría, que nunca se fue, que jamás atravesó el umbral de la puerta de la casa ni se subió a ningún taxi– y descubro su cuerpo traslúcido descansando cerca del mío. Su sonrisa de cera revela satisfacción, inculpándome, fracturando mi cordura, pero yo seguiría coleccionando los amaneceres en un cenicero por ella.

Juan Esteban Chávez Trava. (Mérida, Yucatán;1982). Estudió literatura latinoamericana en la Universidad Autónoma de Yucatán, donde sustentó con honores una tesis acerca de la experiencia del viaje interior durante la lectura. Escribe narrativa y ha publicado los libros de cuentos Arimathea o la ciudad perfecta y El juego de moda; y también la novela corta La continuación. Imparte talleres de escritura creativa y obtuvo la beca FOECAY en  2009.

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