Desconocidos

Por Jorge Isaac Gómez

 

Al principio es difícil creer que una relación tan fuerte se desvanezca como si todo lo pasado no importara. Uno piensa que los finales deben  ser largos y dolorosos para compensar los tiempos de alegría, pero la verdad es que nuestro final fue igual de espontáneo que nuestro inicio. Ya ambos estamos tomando rumbo, cada uno va forjando su vida y ninguno de los dos tiene planes para el otro.

Hacía días que no veía a Luisa, la última pelea nos hizo darnos cuenta de que algo ya estaba roto entre los dos. Toqué el timbre a eso de las dos de la tarde, le prometí a Luisa pasar por mis cosas después del trabajo. Tuve que llamar dos veces más: nadie abría. Tiempo después, escuché pasos acercándose a la puerta; me abrió su amiga Rosario, la reconocí fácilmente aunque era la primera vez que nos presentábamos. Luisa me habló en varias ocasiones de la gran mujer que era él, por lo que no se me dificultó identificar al único transexual que pretende ser la roomie de mi exnovia.

Rosario me recibió con una ligera sonrisa, ella estaba consciente de la situación, y no quiso entrometerse. Le contesté el saludo, pero ella se adelantó hacia el corredor mientras me pedía que cerrara la puerta; accedí sin prisa, luego apresuré el paso para alcanzarla. No pude evitar ver su torneada figura: tenía un culo gordo y bien formado que lograba presumir con la sutileza de su cadencia al caminar, su falda roja hacía resaltar el color trigueño de sus piernas; aquella visión me dejó verla como una mujer, sentimiento extraño que sigo sin poder explicar del todo.

 Ese departamento siempre fue de mi agrado porque era muy espacioso, un gran ventanal lograba iluminarlo todo, especialmente en verano. Rosario me invitó a tomar asiento en la sala, noté que su entallada blusa hacía resaltar sus grandes y duros senos. Entre su escote sobresalía un detalle color rosado de su sostén, ella se dio cuenta de mi distracción y me dirigió una mirada como la que una mujer madura le hace a un adolescente ante la excitación del ingenuo. No pude hacer más que darle las gracias y sentarme en el sofá; me explicó que Luisa había salido para comprar una caja más grande, pues mis pertenencias no cabían.

Pasaron varios minutos y el silencio se apropió del departamento. Dee vez en cuando, Rosario salía de su habitación para tomar algo de la cocina y volvía a desaparecer, en cada ocasión, me miraba y me hacía una mueca de coquetería con sus labios. El aburrimiento me hizo fantasear con su enorme culo que hipnotizaba al caminar, sus tremendas tetas capaces de acurrucar un ejército, y sus labios como gajos cítricos que al combinarse con sus ojos pardos seguro me harían una buena felación.  Las ganas de tener sexo se me escurrieron hasta el hueso.

desconocidos
Fotografía: Valeria Uscanga

 Me levanté de mi lugar y decidí ir al cuarto de Rosario, los nervios me enjuagaron las manos. Estuve a punto de llamar a su puerta, pero el miedo me detuvo: me dijo que soy un imbécil y que no lograría enfrentarme al resto: su carne; pues ella no deja de ser él.  Cuando levanté el puño para tocar la puerta, el sonido de unas llaves me distrajo, no logré reaccionar lo suficiente para detener mi movimiento y rocé la puerta. Luisa llegó, casi al mismo tiempo Rosario salió de su habitación: ahí estaba yo, un ridículo entre dos mujeres que no sabían qué hacer ni  qué decir. Luisa me miró inquisitiva, pero antes de que lograra decir algo, Rosario se le adelantó: “Qué bueno que llegas, aquí el joven ya se está aburriendo”. Luisa no habló, me mostró la caja y me hizo una señal para que la acompañara, entramos a la recámara principal, vi mis cosas sobre su cama, la ayudé a guardarlas en la caja.

No hicimos una despedida larga, puse la caja debajo de mi brazo izquierdo y la abracé con el derecho: pude sentir la belleza de su cuerpo y el olor tan fresco de su cabello; cerré los ojos, disfruté nuestro adiós como lo único que nos quedaba, le di las gracias y no la miré de nuevo. Salí del cuarto y caminé hacia la puerta, Rosario estaba en la cocina, me miró, apretó los labios y me hizo un ademán con su mano derecha simulando un teléfono, yo la ignoré; mi boca tenía un sabor amargo como si supiera que ya no había nada de qué hablar. Salí del departamento, cerré la puerta. Ahora Luisa y yo tenemos la misma relación que la de un par de desconocidos, no tengo ganas de volver a verlas.

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