Las emociones entre los mayas. El léxico de las emociones en maya yucateco.

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Gabriel Luis Bourdin, Las emociones entre los mayas. El léxico de las emociones en maya yucateco. México: UNAM (IIAntropológicas), 2014.

Por Pilar Máynez


Desde los primeros meses de vida, el ser humano experimenta, miedo, enfado, alegría, es decir, emociones que, a la postre, se hacen más complejas, conforme se desarrolla su capacidad simbólica y lingüística. Estas reacciones psicofisiológicas que elevan ciertas conductas y activan redes asociativas de recuerdos almacenados en la memoria, organizan también  respuestas biológicas provocando determinadas expresiones faciales, así como distintas inflexiones de voz; además, detonan secreciones de tipo endócrino y propician la conducta que motiva cierta clase de impulsos hacia personas, objetos, eventos e ideas determinados. Sin duda, la variación de estados anímicos que produce una conmoción orgánica específica es inherente a todo ser humano y, en forma básica, igualmente a los animales, pero ¿estas emociones son compartidas, de la misma forma, por los hombres de todas  latitudes o más bien responden al constructo propio de cada sociedad y a la traducción que cada una de ellas hace a través de su propia lengua? O como se pregunta Gabriel Luis Bourdin en su libro, Las emociones entre los mayas. El léxico de las emociones en maya yucateco ¿en qué medida la lengua es capaz de modelar la manera como concebimos nuestros sentimientos, e incluso el propio modo en que efectivamente percibimos?
Desde las últimas décadas del siglo XVIII, Johann G. Herder en su Ensayo sobre el origen del lenguaje (1772) rompió con el presupuesto sostenido por siglos de que la lengua estaba supeditada al pensamiento, al afirmar que el desarrollo de ambos era paralelo y correlativo, y al sostener el papel preponderante del lenguaje en cualquier proceso cognoscitivo. Esto le valió, en su momento, ser acreedor del premio otorgado por la Academia de las Ciencias de Berlín.

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Más tarde Humboldt y los relativistas, Sapir y Whorf, hicieron suya esta propuesta, por supuesto con matices y ampliaciones. Pues bien, a partir del concepto de la relatividad lingüística y más en concreto desde la perspectiva de la semántica léxica de enfoque intercultural, Gabriel Bourdin nos ofrece, en siete capítulos, una pormenorizada explicación respecto a los procesos semióticos que intervienen en la expresión y elaboración lingüística de las emociones. Éstas son definidas por él como conceptos conectivos, integradores, vinculantes, complejos o de interface entre el cuerpo y la mente (p.9).
El autor revisa algunos estudios sobre la cultura y el lenguaje de las emociones en sociedades indígenas. Destacan entre ellos, Cuerpo humano e ideología de Alfredo López Austin, Los peligros del alma de Guiteras Holmes y el trabajo de psicología de Jiménez Balam, quien ha tratado la noción del ánimo y el léxico asociado con sus diversos estados y movimientos. Lo anterior lo hace con el objeto de desentrañar el tópico que le preocupa, donde, como explica, “lo corpóreo y lo psíquico se enfrentan y compiten, de modo invariablemente dramático”.
La investigación de Bourdin se aboca, así, a la descripción del vocabulario maya colonial propio de las emociones. Para ello parte de las siguientes interrogantes: ¿Qué principios gramaticales y semánticos delimitan y caracterizan este dominio? ¿Cómo se distribuye el espacio semántico entre los términos emocionales relacionados con la “ira”, el “miedo”, la “tristeza”, la “alegría” y el “amor”?
Gabriel Bourdin considera que las emociones deben ser analizadas a través del lenguaje, en sus distintos dominios, pues la experiencia emocional afecta, por igual, al proceso de la comunicación verbal desde los rasgos suprasegmentales –que tienen que ver con la entonación y prosodia- hasta el morfosintáctico, pragmático, discursivo y semántico, en el que se detiene particularmente.

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Es un hecho que el ser humano experimenta una innumerable variedad de estados anímicos y que, a partir de esa nebulosa gama de sentimientos, cada sistema lingüístico procede a su clasificación mediante ciertas unidades formales. Como diría Louis Hjelmslev, cada lengua está integrada por signos lingüísticos, compuestos, a su vez, por dos planos que contienen sustancia y forma. Aplicado al tópico que tratamos en esta ocasión, el continuum anímico es segmentado de una manera particular. De este modo, las emociones tienen como límite el que impone el vocabulario de cada lengua, mediante la estructura que lo reviste.
En este rubro, el enfoque de la lingüística cognoscitiva parece idóneo para el análisis del lenguaje y, más en particular, de la parcela conceptual que examina el autor, ya que incluye conceptos relacionados con la experiencia sensorial, kinestésica y emotiva en un contexto inmediato, social, físico y lingüístico.
Greimas y  Fontanille, por su parte, han examinado el dominio pasional en francés, desde una semiótica más amplia: es decir, el de una red cultural de pasiones; de este modo, el campo léxico específico de esta nomenclatura precisa se revela en el entramado de una taxonomía co-extensiva de una cultura entera.
Tomando en cuenta esta propuesta, Gabriel Bourdin en el capítulo segundo de su libro, advierte que en el universo de las emociones del maya yucateco, los procesos semánticos advertidos corresponden al lenguaje figurativo, específicamente a conceptualizaciones metafóricas y metonímicas, tópico en el que, como veremos, ahonda más en el capítulo sexto de su estudio.
A partir de un principio universal que asume que todas las lenguas poseen un término para designar el concepto SENTIR, ya sea en su sensación “física” o “mental” como sucede en español, Bourdin identifica que el yucateco colonial ha acuñado el término uub- cuya traducción, según la consigna el Calepino de Motul, es “oír/sentir”. Pero también existen formas más específicas en esta lengua, como  queda registrado en el repertorio mencionado: uubah para aludir a “sensaciones corporales externas e internas”, a excepción de las que se captan por la vista y la expresión uubahil kuxtal, que se refiere al concepto en su conjunto, mientras que uubahil olal alude genéricamente a los estados de ánimo y emociones. Aquí podemos advertir claramente el principio enarbolado por Hjelmslev, al que anteriormente nos hemos referido, acerca de la manera en que cada lengua, a través de sus componentes formales, delimita el concepto o sustancia, pero también al del relativismo que retoma para su estudio Bourdin respecto al particular modo en que cada idioma, según su cultura y pensamiento, segmenta esa sustancia amorfa. Lo anterior implica que, al estudiar las lenguas en sus aspectos idiosincráticos, podemos ganar en la comprensión de las culturas universales, como supone Wierzbicka.

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Por razones de espacio, no podemos detenernos en la noción de persona en el yucateco colonial, de la que emanan las emociones, a las que Bourdin confiere especial atención; sin embargo, incluimos aquí una explicación que él proporciona al respecto para vincularla con la última referencia que haremos sobre el volumen publicado por el Instituto de Investigaciones Antropológicas de la UNAM.
La noción de persona corresponde al concepto del “ool”, como centro irradiador de las energías vitales, como médula de emotividad. La noción de persona, a su vez, está asociada con las ideas cosmológicas del axis mundi, como eje central, que se simboliza con la ceiba; éste se encuentra vinculada con una referencia personal a diversos espectros: ritual, religioso y  hasta terapéutico de los mayas, de la que se desprenden los diferentes estados anímicos.
Ahora bien, los gestos faciales están relacionados con las expresiones del rostro. Se trata de un metalenguaje semántico natural en el que, de modo básico y también universal, se vincula con sentimientos buenos y malos. Por ejemplo, las comisuras de los labios levantadas, con sentimientos positivos, mientras que las comisuras de los labios o la nariz fruncida aparecen asociadas con los negativos. En cuanto a la lengua maya colonial se refiere, el término que designa la noción de reír es ah nich’ cuyo significado literal es “dentudo” pues, explica Bourdin, retiene la imagen estereotípica de una boca exhibiendo los dientes; así, la expresión facial motiva el vocablo que le corresponde.

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Por otra parte, existen términos que designan “llorar” y “llanto” para referirse a la salida o al derrame de un fluido corporal, o sea, a las lágrimas a través de los ojos. EMEL “salir, descender o bajar”
EMEL ya ‘lil ich ” derramar o verter lágrimas” o literalmente “salir jugo de los ojos”.
En el penúltimo capítulo del volumen, el autor atiende especialmente a los dominios metafóricos del vocabulario de las emociones en maya. Parte de la idea del cuerpo como “contenedor” de estas sensaciones, relacionadas con la imagen de un recipiente, las cuales pueden estar asociadas a un contenido. Éstas se refieren a “esconder o guardar calor” o también al corazón como algo “colmado, repleto”. A partir de estos conceptos se derivan las expresiones que traducidas al español corresponden a: “guardar odio o rencor” o “estar lleno de odio”.
Es indudable que la descripción de las emociones por medio de tropos o imágenes asociadas con alteraciones en las vísceras y otras partes del cuerpo tiene una base universal. No obstante, advierte Bourdin en la reflexión final de su estudio, las expresiones mayas examinadas semántica y gramaticalmente son reflejo del universo cultural del que emanan, es decir, del sistema de “creencias etnopsicológicas”, como se desprende, por ejemplo, de la abrumadora  referencia al “corazón”, incluida en diversos testimonios de la cultura maya.
En suma, la diversidad léxico-semántica es un hecho fundamental cuando nos abocamos a la comparación intercultural pues, siguiendo a Benjamin Lee Whorf, “disecamos” la naturaleza a través de las líneas establecidas por la lengua.  “Los términos que designan emociones son “esquemas interpretativos”, esto es, formas cognitivas culturalmente producidas cuyo propósito es apuntar hacia la experiencia emocional, codificarla con fines comunicativos, según la representación que de tal experiencia ha elaborado y reproduce el grupo humano que emplea esas palabras, como concluye Gabriel Luis Bourdin en su investigación, sobre una experiencia tan inherente y particular del género humano.
No queda más que consultar este libro fundamentado seriamente en principios teóricos y epistemológicos que considera, por igual, el estructuralismo  más estricto, propio de la Glosemática, y las modernas corriente cognoscitivas, el cual nos permitirá comprender el complejo entramado que implica la emisión de una palabra en su circunstancia y su asociación con el modo experiencial de cada individuo.
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Pilar Máynez. Editora e investigadora. Autora de más de una decena de libros y editora de una docena, se ha dedicado a la investigación lingüística. Su obra se ha publicado en diferentes medios de divulgación y material de apoyo a la docencia.  Reconocida por las más grandes instituciones investigadoras del país, se le han concedido distintos premios, entre los que destacan: Premio Tepuztlahcuilolli, otorgado por el Instituto Mexiquense; Distinción Universidad Nacional para Jóvenes Académicos en el área de Investigación en Humanidades; Cátedra Especial Miguel León-Portilla “Las lenguas y las literaturas de los pueblos indígenas en el México contemporáneo” que otorga el Instituto de Investigaciones Históricas; Premio “Wigberto Jiménez Moreno” a la mejor investigación en Lingüística; Premio Sor  Juana Inés de la Cruz, otorgado por la UNAM. Actualmente es profesora de las materias de Teorías lingüísticas I y II, así como Lingüística general, en la FES Acatlán (UNAM).

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