6:00 a.m. y una canción triste de Tom Waits

Por John Hercar

Otro tramo de Insurgentes dándole pequeños sorbos a la botella. Teníamos la noche por delante y los peligros inexistentes de una ciudad gris. Caminamos sobre calles de nadie, con prostitutas y policías por doquier. Algún borracho demasiado viejo como para morir, pero demasiado joven como para levantar la garrafa nos pidió un poco de dinero para continuar su viaje etílico. Le dimos lo necesario para no morir de hambre esa noche ¡El dinero nos sobraba!, porque ¿cuánto es lo suficiente para decir que se tiene mucho o que se tiene poco? No teníamos idea de lo que era no tener idea, por eso seguimos en movimiento. La ruta cambiaba en cada esquina: derecha, izquierda, de regreso. Los pies no se gastan, no se van desgajando como las gomas con las que tantas veces borramos escritos románticos de las últimas hojas de nuestras libretas.

Pensamos en comer algo, tal vez tacos, o tortas, o frituras baratas, pero no quisimos detenernos. Había que seguir, ¿a dónde? A todos lados. ¿Por qué el mundo se empecina en fijarse un objetivo fijo? Porque le temen a lo etéreo; esa sensación de no saber dónde amanecer o cuantas calles hay que correr para escapar de los dictadores de las cloacas.

Fotografía de Maura Islas Peña
Fotografía de Maura Islas Peña

Vamos, me decía, no te rindas, no ahora que estamos tan cerca de estar tan lejos. ¿Qué no era esto lo que querías? Escapar de casa, viajar, dejar atrás amigos, besos y planes concretos.  No es necesario estar a miles de kilómetros ni contemplar la carretera,  a veces sólo es suficiente dar unos cuantos pasos en dirección contraria a la ruta de siempre. Vamos a determinar cuánto tiempo puede pasar antes de que te vuelvas loco o te  tires a dormir en algún parque. ¿No es la vida del vago lo más santo del mundo? Cualquier ente de las calles que en cualquier momento puede morir. Esa gente no le teme a nada porque el resto es quien le teme a ellos.

Continuamos, a pie, en la cama de un hotel, en una patrulla, en un sueño. Llegamos, yo y mi alma, a una celda fría con capacidad para volver catártica una noche cualquiera. Una noche en la ciudad, esa región más transparente llena de smog y olor a orines. Ese límite donde lo perverso se vuelve legal y suena de fondo una canción triste de Tom Waits.

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