Moisés

Por Eduardo B. Rojas Ibarra

Era bastante temprano, apenas pasaban de las once. Yo salía del bar rumbo a mi casa, aburrido y sin esperar ya nada de la noche. Al cruzar la autopista, lo vi correr tras el último camión con una cerveza en la mano y una bolsa con una muda de ropa en la otra.  Dejó caer la botella y ésta se hizo pedazos contra el asfalto.

Llevaba una gorra que cubría su cabeza casi rasurada, poco al ras; un pantalón tan ancho que bien pudo entrar en una sola pernera y una sudadera que completaba su atuendo.

Me acerqué a él, con un cigarrillo en la boca, y le ofrecí otro.

No recuerdo de qué hablamos, pero no tardamos en convenir que lo mejor sería que pasara la noche en mi casa.

Su nombre era Moisés, aunque no puedo recordar su apellido. No hablaba demasiado, lucía algo  distante, aunque no incómodo.

Ya en casa, el par de cervezas se volvieron con rapidez un poco de tequila. Unos cuantos cigarrillos después, Moisés reprimió una carcajada y me miró seria y fijamente.

-No soy pasivo nunca. – me soltó de repente.

No diré que no esperaba tener algo con él, pero jamás me imaginé que sería de ese modo. Al reirse, me percaté de que Moisés tenía en su labio una cicatriz que llegaba casi hasta su ojo izquierdo; mientras que en su pecho, brazos y espalda, un sin fin de tatuajes evidenciaban un pasado  tortuoso.

Después de terminar lo nuestro, mientras acariciaba su pecho, le pregunté por un par de nombres que llevaba escritos en el pecho con letra cursiva.

-Mariana es mi vieja, llevamos dos años de casados. Yamileth es mi hija, tiene tres.

En realidad no me sorprendió que un muchacho de 19 años estuviera ya casado y con una hija que mantener. Pregunté otro poco acerca de su familia y, con recelo al principio y mucha soltura después, me relató su historia:

Había salido de Tuxtla Gutiérrez para  “irse al gabacho”, sólo estaba de paso en esta ciudad. Al día siguiente, dijo, tendría que regresar a la casa del migrante, porque es ahí donde se espera a que el tren vuelva a salir con rumbo al norte.

Llevar el pan a su casa nunca había sido tarea fácil. Un padre muerto y una madre alcohólica  no habían sido los mejores educadores, y cuando una pandilla de los barrios bajos de su ciudad violó y mató a su  hermana de once años, él decidió unirse a la banda rival.  Con ellos cometió toda clase de crímenes, entre los cuales estaba el lenocinio. Dada su edad, no sólo fue usado para cobrar la cuota a las prostitutas, en más de una ocasión, entre los trece y los quince años, personalmente dio servicio a hombres maduros, muchos de ellos padres de familia, que visitaban el barrio donde se movía su banda.

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-Sólo en esa época dejaba que me dieran verga.

Ocurrió lo que era de esperarse, y moisés cayó, al fin, en un centro tutelar.

A pesar de ser cosa corriente el sexo entre hombres, a base de golpes y navajazos evitó muchas veces ser violado dentro de la institución, siendo, no obstante, él mismo el autor de varios ataques.

-Así es allá dentro. Aunque no seas puto tienes que cogerte a alguien, así se te quitan las ganas y saben quién es el chingón. – Me comentaba mientras presumía una cicatriz que nacía del hombro y  casi llegaba a la nalga.

El único hombre que, dentro del tutelar, lo obligó a tener sexo, fue un custodio de casi cincuenta años, que tenía fama de ser un depredador.  Dice que, seguramente, fue él quién le contagió la gonorrea que ahí mismo le curaron con dolorosas inyecciones. Ahí las violaciones no se denunciaban; las jeringas se compartían; los tatuajes se hacían con la tinta de los bolígrafos.

Al salir del tutelar, a los 17 recién cumplidos, las cosas no mejoraron mucho: su madre no dejaba de beber y su novia (una vecina suya) había quedado embarazada.

Continuó robando, golpeando, matando con la banda a la que pertenecía. Sin embargo, cuando recibió un balazo y vio a su novia con el vientre crecido, llorando junto a la cama de hospital donde yacía, decidió  que no podía seguir poniendo en riesgo a su recién formada familia.

Consiguió trabajo en un puesto callejero de comida, y lo complementaba subiéndose al auto de algunos hombres maduros que buscaban ser penetrados o a algún muchacho a quién practicarle sexo oral.

-… y nunca voy a dejar que me den de nuevo. Se siente de la verga. – Me dijo soltando una carcajada al notar lo irónico de su comentario.

El día en que se dio cuenta de que no podía llevar diario comida a Mariana y Yamileth, decidió, como muchos otros hombres, emigrar a Estados Unidos.

Juntó el dinero que el pollero le pedía. Subió a un tren y cinco días después se encontraba aquí, en Hidalgo, esperando el día para acortar la distancia que le separaba del sueño americano.

-¿No te da miedo que te vaya a robar? – Me preguntó inocentemente.

Hasta ese momento no había contemplado la posibilidad, y me di cuenta de que, mientras había contado su historia, mi mano había tomado la suya y mi pecho se recostaba en su abdomen.

-Eres el único que me ha escuchado. –  Me dijo al tiempo que se acercaba y me daba un beso. El primero que nos habíamos dado, el primero del que, tenía noticia, había dado a otro hombre.

Le convencí para que se quedara un par de días más en mi casa.  Comimos, bebimos un poco más; lavamos su ropa mientras seguía contándome la historia de cada tatuaje que tenía sobre el cuerpo. Mucho tiempo permanecimos desnudos, frente a frente, mirándonos, charlando, riendo.

De cuando en cuando hacía breves pausas en las que caía en un estado de profunda meditación.

-Espero que mis nenas estén bien allá en Chiapas.

Cuando llegó el día en que tenía que irse, lo acompañé hasta el lugar donde le vi tirar la cerveza al piso. Casi ni nos mirábamos. Él tomaría el tren rumbo al norte, yo me quedaría ahí y lo más seguro es que jamás nos volviéramos a ver.

Cuando el autobús se perfilaba en la distancia, se volvió hacia mí, me miró fijamente y me dijo:

-Si no tuviera a Mariana, o te hubiera conocido antes… si me andaba haciendo puto. – Acto seguido se despidió de mí con un beso en los labios, frente a todos los transeúntes que se sorprendieron de ver a dos hombres despedirse de modo tan cariñoso.

Nunca más volví a saber nada de Moisés.

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