Aquel

Por Juan Manuel Díaz.

Se encontraban alrededor de una mesa circular. Algunos parados y otros sentados. Fumaban y tomaban. Reían y se vanagloriaban de los sesudos comentarios que  hacían sobre  el libro que los convocaba.  De pasta negra y forrado de piel,  aquel libro dominaba la escena.  Trataban de interpretar las  palabras e imágenes. Revoloteaban pensamientos en torno al latín escrito en sus hojas, lo que decía era incierto. Hablaba de viajes a inframundos en barcazas desechas y tentaciones que encerraban a los hombres en sus pecados. Según las opiniones, era un viaje al infierno y de vuelta. Nacías como un hombre nuevo.

Alguien se rió. Uno de los que estaban sentados en  la mesa empezó a soltar una carcajada burlona. Por un momento, todo quedó en silencio. ¡Jajá! Son unos niños jugando con una pistola. Se sienten muy cabroncitos jugando con algo peligroso.  ¡Pobres chamacos, creen que saben..! ¡Tan pomposos! ¡Tan ceremoniosos! No tienen una puta idea de lo que están haciendo.

Aquel que se reía era un habitual de esas reuniones. De ojos cansados y voz ronca, las arrugas marcaban historias en su rostro.  Los mechones canos se movían por una brisa que quien sabe de dónde venía.  A los más jóvenes se les heló la sangre.  Tranquilo no te pongas así, mejor relájate.

¡Mejor cállate o salte! Otro le reclamó, no vengas a insultar a la gente que se toma esto en serio.

Ése es el problema, aquel repuso, ustedes no lo toman en serio. Sólo están jugando. ¡Pobres incautos!  Tan aburridos de sus vidas miserables que buscan entradas y salidas a otros mundos. ¿Tan vano y aburrido es  el suyo? Crean puertas  a otros lugares, buscan explicaciones incompletas de otros tiempos y usan artilugios que no comprenden. ¿Qué quieren buscar? ¿Un mundo menos inundado de mierda?  Toda existencia es mierda, sólo que está revuelta de otra manera.

¡Miren, sus venas se están moviendo! ¡Se han tornado negras! Un hedor inundó la sala. Ustedes mismos lo dijeron. Lo divino quema. Lo sagrado es terrible. ¿Para qué quieren encontrar eso, si los va a quemar? Dejen de ser necios y vean al suelo. No vuelvan la mirada al cielo. No asciendan.  ¿Quién eres?, otro preguntó. Yo soy el loco, respondió aquel.  Uno de los que pasó por la puerta. Yo me quemé. Sin ojos ahora puedo ver. He regresado como un ser nuevo que vigila las andanzas de los hombres y he venido a juzgarlos.  No son merecedores de lo que están imaginando. Un accidente les dio esas visiones. El destino juega a los dados. Yo juego con ustedes.  Antes de ser quemados perderán sus rostros. A eso he venido.

Aquel prendió un cigarro y tomó cerveza. Se sentó y empezó enterrar cuchillos.  Primero una herida en el pecho, alguna cortada en el brazo. Es un raro sonido el que provoca el chisguete de sangre cuando toca el suelo. Lo hacía sin prisa.  Sin ningún remordimiento. Es un raro sonido el que provoca el chisguete de sangre cuando toca el suelo. Los otros no podían escapar.  Estaban solos en esa casa vieja. Ese chisporroteo cuando salta entre las láminas de madera que componen el suelo resulta enternecedor a su corazón. Sonreía cada vez que pasada la navaja por las gargantas y encontraba piel que se abría.  Aquel iba caminando con calma  buscando las formas más tortuosas para usar sus navajas.  A otros les enterraba el cuchillo. Lo calentaba y lo acercaba al ojo.  A otros los orinó y los obligó a desnudarse.  A unos cuantos los arrastró a su tarea y, cortándoles los dedos de una mano, los obligó a que mataran.  Cercenaba toda la carne a su paso. La sangre tocaba el suelo y el charco crecía. Imágenes vívidas de otros suelos y otras paredes venían a su mente. Un recuerdo de la infancia que le calentaba el pecho. Sí, en ese momento, Aquel era feliz.

Cuando ya no quedó quejido alguno, fue a dormir.

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Así  fue cómo los asesiné. Es que no me querían doctor. Eran unos malditos. Burlándose de  mí, de lo que escribía. ¿Sabe por quién sufro más? ¡Mis pobres personajes! Ellos no tienen la culpa que esos malditos hombres pomposos los hayan dejado huérfanos. ¡Pobrecitos de mis personajes! Ellos solo querían ver el mundo y los otros malditos nunca se los permitieron. Los tuve que asesinar por ellos, por mis hijos, para que vieran la luz.  ¿Quién los va a cuidar ahora? Me los imagino ahí solos, abandonados, en la repisa entre mis papeles, todos chorreados de sangre. Llorando que su padre se ha ido. Sí, seguro así están. Me acuerdo de Serafín, el pobre ángel homosexual,  del viejo Filomeno que se convertía en serpiente, bueno hasta Dios es uno de mis personajes. ¡Figúrese! ¿Qué será de Dios si no estoy ahí para escribirlo? Todo nuestro mundo se nos va a ir al carajo. ¡Tenemos que hacer algo doctor!

Las manchas de sangre  y vómito decoraban  las paredes del cuarto blanco, frío, muertas. El escritor se encontraba atado a la cama, ojeroso y con  mirando a un paisaje perdido. Seguía añorando a sus personajes, a esas criaturas que había creado, pero que tampoco se lo habían pedido.  En algún otro lado, en un rincón de un librero, uno lloraba tinta, mientras que otro miraba el cielo lleno de estrellas. En el cuarto del psiquiátrico, el pobre escritor seguía llorando y un doctor cabello ralo hacía anotaciones en una libreta. Nunca lo volteó a ver.  ¿Por qué no me mira, doctor? El otro, nunca contestó. ¡Míreme, doctor! El psiquiatra seguía sin despegar los ojos de su libreta. Así que esto es lo que sienten mis pobres personajes.

El doctor levantó la cara. Había terminado su dibujo. Era una excelente representación de un tipo gritando atado a una cama, al lado de ésta había un doctor  con bata y a quién no se le veía la cara. ¿Puedo pasar?  Preguntó una voz desde el otro lado del cuarto. Claro, pase. Era una enfermera. Ya viene el paciente, doctor. Muchas gracias, señorita.  ¡Qué buen dibujo, Doctor! No sabía que supiera dibujar. Gracias, es un pasatiempo  que tengo. Me gusta dibujar escenas  un poco tristes. Éste es un tipo  al que no le hace caso su psiquiatra. ¡Jajá! Afortunadamente no somos así. No, claro que no lo somos. Haga pasar al paciente por favor.

Hola mucho gusto, yo seré su doctor. ¿Cómo se llama?  Mucho gusto doctor, yo soy Aquel.

Juan Manuel Díaz de la Torre (Ciudad de México, 1985).

 

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