Brisa

Por Ilse Castillo

¿Alguna vez has sentido la brisa rozando tu cara y despeinando tu cabello? Yo la sentí.

Brisa era la chica más dulce del mundo con la que me pude haber encontrado. Tenía una risa melodiosa y una sonrisa cándida. Sus caderas se movían al compás de las puntas de su cabello que le rozaban las nalgas redondas y rosadas como sus mejillas. Me gustaban sus ojos, siempre tan llenos de agua y de vida, sus dientes nacarados, sus manos seguras que contenían la fuerza de mil infinitudes, su nombre y su cuerpo curveados, ambos por las mismísimas olas incógnitas.

La amaba, éramos la una para la otra. El fuego que carcomía mi interior se apaciguaba por la bonanza que tenía su voz. Sencillamente éramos feliz, nos complementábamos como se complementan la luna con la arena y las estrellas con el mar.

Nunca supe que era feliz a su lado, hasta el día que me faltó.

Suele ser que cuando mejor nos sentimos el cuerpo no reconoce este estado. Sentirse bien y completo es no sentirse, no percatarse hasta que ya no se es. Cuando una sensación es nueva en el cuerpo, ésta nos absorbe, abraza y empapa. Misma razón por la cual, después de un rato, dejamos de sentir con tanta fuerza que pasa a ser algo cotidiano.

Así me ocurrió con Brisa. La conocí en medio de la muchedumbre que es el mundo, llegó como llega la lluvia: en tiempo de sol. Con fuerza, haciendo escándalo, empapándolo todo a su paso, destruyendo la hojarasca y refrescando la tierra infértil.

Así llegó a mi vida, mojándome con su candidez, refrescándome y sacando de mí toda la hojarasca que no me dejaba vivir en paz. Inesperadamente, una tarde soleada. A partir de ese día me dije a mí misma que dejarla ir sería un error imperdonable y me propuse hacerla la más feliz.

Entre las dos se fue formando un ciclo, como el del agua, éramos las dos navegando en una barca de certidumbre, subíamos al cielo a través de la evaporación que nos provocaba un beso y volvíamos a bajar a nuestro espacio en medio de la tormenta que ocasionaban nuestros cuerpos.

La pasábamos navegando entre los más sinuosos, bellos y alejados lugares. Nos gustaba bajar de la barca para caminar entre los pastizales con los pies descalzos, oler la tierra y descansar bajo la sombra que nos proporcionaba los árboles. Después regresábamos a la barca a seguir navegando a donde nos empujara el viento.

Decir esto es decir ya muchas cosas, la realidad es que yo me sentía así junto a Brisa pero nunca le pregunté a ella como se sentía, hasta que una noche me hizo ver nuestra realidad. Iba ella a trabajar mientras yo me quedaba en casa arreglando. Llegaba, salíamos a comer, regresábamos y hacíamos el amor. Los fines de semana íbamos al cine o a patinar; después a algún bar y regresábamos a casa sólo a dormir.

Lamentablemente, el cuerpo funciona de manera extraña y mientras ella estaba conmigo me sentía bien, no notaba cambio alguno en mi cuerpo ni en el de ella, hasta que un día me desperté porque el lado de su cama estaba frío, sentí un vacío. No quise saber a qué se debía, luego de ese día frecuentemente deje pasar ese dolor que volvía constante a mí.

Una noche, mientras para mi subíamos evaporadas hacía una nube a hacer el amor, para ella era lo mismo de cada crepúsculo. Independientemente de lo que cada una pensara, ese día sentimos lo mismo.

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En mis palabras, subimos a la nube y nos acojinamos en lo más hondo de ella, nuestro calor provocó lluvia  y luego intenso granizo. Nos sentíamos unidas en cuerpo, pero nuestros sentimiento se estaban yendo en medio de la tormenta en que se convertía.

Sentí de pronto que un rayo la partía y ella gritaba con fuerza mientras ese orgasmo le arrebataba las últimas caricias de su alma. Cuando caímos en picada en medio del granizo, los rayos y truenos, me di cuenta que ella ya no era ella, era una masa amorfa que se abrazaba sin fuerza a mi cuerpo, fría y extraña la sentí pegada a mí.

Cerré los ojos, era imposible que aquello fuera ella, no había ni rastro suyo…cuando sentí que tocábamos el piso, abrí los ojos y me encontré sola. La cama estaba empapada, la masa amorfa ya no estaba. Las cobijas empapadas, el colchón y el suelo estaba mojado; ningún rastro de Brisa.

Ilse Castillo (México D.F. 1994)
Actualmente estudia la licenciatura en Lengua y Literatura Hispánicas en la Facultad de Estudios Superiores (FES) Acatlán, UNAM. Miembro del Seminario en Estudios de Literatura y Cuerpo. Es colaboradora en el área de TV y Entretenimiento para la revista digital Iboga   

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