El Gato de Samanta

Por Esteffan A. Gutiérrez

Al regresar del viaje, Javier me dijo: No es que fuese celoso, sabes, pero ese pinche gato ya me tenía harto, me refiero al gato de Samanta. Verás, Samanta era la morrita con complejo de princesa de Disney que me agarré para pasar el rato cada vez que se me pegara la gana -y antes de que pienses que me aprovechaba de ella, déjame te digo que no: Samanta era tan insaciable y caliente como yo. Lamiéndose los labios hasta el delirio y maullando como gatita, podía hacerlo por horas y horas-. El problema era que, al ser Samanta muy hogareña y chiple, ponerle guacamole entre semana en hoteles o moteles estaba… no, no, olvídate, fuera de discusión; por eso, siempre nos quedábamos en su casa. Ahí estaba, siempre listo para cagar el paso, su gato.  Ejemplo: Samanta y yo hornies en la sala, o en la alfombra, o en la silla y el gato llegaba a echarse en el regazo de la mujer con intenciones de dormirse. El animalejo se daba vueltas en sus piernas, como si tuviera todo el tiempo del mundo, regodeándose, disfrutando de cada segundo de tacto, de aroma,  de calor.
Samanta, maravillada por tal muestra de amor, porque para ella todo esto era amor, aceptaba que la cosa ésa estuviera ahí, encima de ella. Se entiendía: al parecer Samanta ha tenido ese gato desde que fue un minino; la mamá del animal murió sola, después de dar a luz y su cuerpo se lo llevaron los pepenadores; el huérfano maullaba todas las noches, escondido en un basurero, hasta que Samanta lo encontró al cabo de dos meses. Desde entonces no se han separado nunca – y me refiero a nunca. Samanta lo solía llevar, encantada, a todos lados; el gato se dejaba querer; ella le habla como si fuera otra persona, le contaba todo –, pero de manera más especial, como a un amigo de toda la vida, un confidente inquebrantable. Ese gato debía saber todo de ella. Según me dijo ella una vez, en broma, es el único ser en toda la Tierra que no le ha fallado ni la ha desertado después de un tiempo, en la vida.

Al principio todo esto me era inerme, pero a medida que avanzaban las visitas, yo notaba que el gato persistía en sus interrupciones. Pasaba que ya no soportando más mi entrepierna, ignoraba al estúpido animal y me abalanzaba hacia Samanta para besarla o manosearla. Sin embargo, ella me rechazaba ,aunque también quisiera piel, porque “el gatito está dormido, Javier, no hay que despertarlo, ¿sí?, mejor ahorita que se despierte y se vaya”; pero el pinche gato nunca se iba. Mejor otro día, me decía ella, porque ya era tarde y ya debía irme, para que ambos no llegáramos tarde al trabajo en la mañana. Ni hablar, viejo, no quedaba de otra que salir  a la puerta con el tanque lleno y a darse consuelo a solas, imaginando las cosas que sólo las paredes y los muebles pueden ver.

A veces, cavilando en esto, me parecía que el animal  ése lo hacía a propósito, lo cual me despertaba cierta curiosidad. Me le quedaba mirando, como acariciándolo con mis ojos; notaba su pelaje blanco, sus intensas pupilas, sus orejas paradas. Dicen que los gatos tienen un oído excelente; puede que hasta escuchara mis pensamientos. Él, por otra parte, también se me quedaba viendo; aunque con intención de comunicarme algo, como si quisiera decirme “No te acostumbres a aquí, amigo, ella es mía, pronto te irás”. Sé que suena absurdo, pero es lo que sentía. Otras veces, lo miraba caminar lentamente hacía la mesita de té frente al sillón. Se trepaba y se paraba frente a mí y me miraba fijamente. Su mirada era casi amedrentadora – digo casi porque no me daba miedo, pero parecía que el gato tenía esa intención–. Otras veces hacía lo mismo, pero lucía como si el gato me presumiera, parado ahí con aire soberbio y arrogante, lamiéndose como si le doliera el cuerpo, como si me quisiera decir que él era mejor que yo.

Rarísimo, te digo. Aunque no tan raro como lo que te voy a contar.

Una noche, hace poco, fui a visitar a Samanta como de costumbre. Ella fue por la cena a la cocina. En eso llegó el gato. Para ese entonces, el animal había frustrado tantas oportunidades con Samanta que pensé que aquella era una más -aunque por ningún motivo dejé de sentirme estoicamente enojado-. El gato se paseó frente a mí en círculos, ensuciando todo alrededor mío y, de pronto, se trepó de nuevo en la mesita del té y se me quedó mirando. Ya esto era cosa de rutina, pero esa vez fue diferente. Me miró con distinta intención. Se quedó ahí, inmóvil, casi inerte. Quise irme de ahí, ponerme de pie y largarme, no lo resistía, pero no pude, me sentía congelado. Vi al gato y me veía y por un momento pensé que me saltaría encima, que se echaría hacia mí, que me atacaría, AAAAH. Silencio. El gato se bajó y se fue, tambaleándose. Salió por la puerta y no lo volví a ver en toda la noche. Ya. Pinche gato. Recuerdo que en cuanto lo perdí de vista, me dolió ligeramente la cabeza y al cabo de un momento cesó. Llegó Samanta, traía la comida. Ella también se había acostumbrado a los caprichos del gato y pensaba que esa noche iba a ser como las otras. No le importaba, o no tanto como a mí. Puso la comida frente a la mesita y se sentó en el sillón. Dispuso su regazo para que el gato llegara en cualquier momento. El gato, no obstante, no vino ni lo haría. En ese momento, sin aviso alguno, me abalancé sobre Samanta. La desvestí, la besé y durante horas le hice el amor, como si nunca lo hubiésemos hecho, como si aquella fuese la primera vez que lo hiciéramos. Por horas hicimos temblar el aire y el piso, sí, así, te gusta, hace cuánto que he querido hacer esto. Nos quedamos dormidos. Samanta parecía ronronear.

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A partir de ese momento, el gato de Samanta se puso insoportable. Se la pasaba maullando día y noche, no quería comer. En cuanto veía a Samanta, la rasguñaba desesperado. La llegó a atacar inclusive. Tanto así que Samanta tuvo que encerrarlo en una jaula. Pobre, se le partió el corazón al hacer esto. ¡De qué servía tener un gato encerrado en una jaula todo el tiempo!
Bueno, ya llegamos a la estación, ya me voy, tomaré un taxi. Samanta seguramente ha de estar esperándome en la casa con algo más que los brazos abiertos, ¿verdad?

Al decir esto, Javier sonrió y se puso de pie. Antes de despedirse, me dijo que le propondría a Samanta regalar el gato, o dormirlo. Sí, mejor eso. Me guiñó un ojo con una sonrisa cuyo adjetivo adecuado sería malévola; después de bajarse del tren, se perdió entre las sombras y la gente.
Para serte sincero, todo lo que me dijo Javier se me hizo una reverenda estupidez. No le creí nada. ¡Mira que venir a decirme de gatos extraños! ¡Cosa absurda! Ay, estos mujeriegos de ahora, ya no saben ni qué inventar. Aunque, ahorita que lo pienso, lo que sí se me hizo raro fueron algunas cosas que le noté durante el viaje y al llegar. ¿Como cuáles? A veces se lamía el brazo y las manos, jugando. En la playa, no quiso meterse, por ningún motivo, al mar. Cuando me guiñó el ojo, vi que sus ojos eran de disímiles colores, uno gris y otro verde. ¿Por qué? No sé. Supongo que ahora usa pupilentes.

Esteffan Alan Gutiérrez Sánchez (Oaxaca, 1989). Consultor de comunicación. “Me da la impresión de que en mi vida pasada fui un soldado cruzado”, asegura.

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