El Bromancero gitano

Por Luis Montes de Oca

Si hay acaso algo que me cuesta más trabajo que escoger la frase inicial adecuada para mis textos, es elegir el saludo con el cual me quiero presentar, por primera vez, al chico anónimo con el que quiero comenzar un bromance. Ahí está, sentado en un banco, regodeándose en su soledad; o tal vez no, tal vez desea silenciosamente que alguien se le acerque con alguna propuesta; ¿y qué le podría proponer yo?, ¿un cigarro? (¡ni sé fumar!), ¿un chicle?, ¿un condón? Respiré hondo y me acerqué hacia él dispuesto a decir lo mismo que dice Humphrey Bogart al final de Casablanca:
-I think this is the beginning of a beautiful friendship.
El chico, tras escucharme y ver mi confiada sonrisa –y mis cejas, que se alzaron solas-, miró a su alrededor como si recién se diera cuenta que se encontraba perdido, y huyó de mí a paso veloz. ¿Mi dignidad huyó con él? Por supuesto que no, seguía intacta, aunque mínimamente dañada porque seguramente el chico no logró entenderme debido a mi nefasta pronunciación del inglés: un acento sofiavergariano que suena en su punto cuando leo el soneto número ciento cuatro de Shakespeare: To me, fair friend, you never can be old.
Motivado por el bardo de Avon, me di cuenta de que quizás lo más indicado sería comenzar mi bromance con mis amigos ya fijos, a quienes he conocido desde la infancia. ¿Dónde estará mi Huckleberry Finn?, porque, claro, yo tendría que ser Tom Sawyer, quien es universalmente más cool. Acudí con uno de mis mejores amigos y le propuse que tuviéramos el bromance de nuestras vidas, a lo que él respondió:
-Está bien, pero yo soy Bart y tú eres Milhouse.
Tomé eso como un “no”. ¡Oh, Providencia!, ¿será posible que encuentre al chico que Fortuna me tiene deparada para comenzar mis aventuras andantes, a la manera de Sancho Panza y Quijote? Pensándolo bien, mi bromance deberá basarse en aquel dúo manchego: todo lo que necesito es a un escudero de cortas luces que apruebe todos mis soliloquios y que de vez en cuando suelte perlas de sabiduría popular, o mínimo perlas de sabiduría facebookera.
Como tontos no faltaban en el mundo, no tardé en encontrar a mi Sancho, un chico blanquito y rechoncho como un bebé que parecía estar hecho de sentimientos. Pero el chico terminó aburriéndome porque me parecía que no tenía ideas relevantes y discursos reveladores que los grandes amigos, rebosantes de cultura, deben poseer. ¡No, no, lo que yo necesitaba era un Sherlock! No me importaría ser un Watson que registrara los movimientos intelectuales de una mente estimulada aunque altamente disfuncional.
Encontrar a mi Sherlock tampoco fue difícil: hallé en internet -el reino de los eruditos y de los expertos todólogos que deducen cada información de las redes como las pistas que conducen a una gran verdad absoluta- a un chico llamado Toño, que aunque no era tan guapo como Benedict Cumberbatch, era aficionado a la escritura experimental y ávido lector de todos los escritores aún no traducidos al español. Toño era tan rudo que se arriesgaba a hacer investigaciones lingüísticas sin marcos teóricos ni aparatos críticos. ¡Qué brillante era!
Lo había logrado. Toño, el protagonista de mi bromance, me enamoraba hasta donde uno podía enamorarse de una manera completamente heterosexual y falocrática. Nuestra amistad no sólo se fundamentaba en las largas pláticas de madrugada sobre nuestros planes para las novelas con las que queríamos conquistar al mundo, a la usanza de aquel bromance colectivo mejor conocido como boom latinoamericano; claro está, que nuestro bromance jamás fue tan violento como el de Vargas Llosa y García Márquez; ¡no por nada les decían el boom! No, nuestras pláticas se fundían en vericuetos racionales y científicos dignos de aquel bromance griego: Sócrates y Platón, con todo y bebidas dionisíacas incluidas. La única diferencia es que en nuestros diálogos se repetía mucho la frase: “chingada madre, se acabaron los pomos”; pero él me decía que aquello era un homenaje a Octavio Paz.
Llegué a creer que nuestro bromance era tan equilibrado debido a que él se interesaba en la lingüística y yo en la literatura, que los dos representábamos las dos caras de una misma moneda. Cuando ya me sentía realizado por poseer un bromance envidiable, comenzaron los problemas: me confesó que era cocainómano. ¡Perfecto!, pensé, ¡el detective de Conan Doyle también lo era! Menosprecié el juramento que había realizado en mis años más mozos: no drogarme nunca, ni tocar siquiera una bolsa de cocaína. No me esperaba que, cuando fuimos a beber a un antro zonarrosero, se pusiera tan ebrio que tuve miedo de que se achicharrara por una combustión espontánea cuando prendió su cigarro y se lo llevó a la boca.
Al momento de salir del antro, se tambaleó varias veces hasta que cayó sobre un charco de agua; cuando se mojó su camisa, pude ver que en el bolsillo de su camisa había una bolsita de cocaína, ¡exactamente igual a las que yo temía! Me miró con piedad  y me dijo, con acento etílico:
-¡Déjame aquí, güe, déjame aquí! Pero llévate esto, por favor –suplicó mientras me entregaba la bolsita de cocaína.
-¡No señor, no! –le dije-. ¡Va en contra de mis principios!
-Cámara, Luis, cámara –dijo y su mirada se perdió en al abismo de sus hondísimas reflexiones intelectuales. Era eso, o sólo ponía mirada de cachorrito lastimado.
-¡Ay, está bien! –dije-. Tal vez no puedo cargar a la bolsita… ¡pero puedo cargarlo a usted!
De la misma manera que Sam carga a Frodo para que juntos puedan caminar a través del Monte del Destino, para finalmente destruir el anillo, cargué a Toño y así juntos pudiéramos caminar a través de Zona Rosa y acabar con otra clase de anillo…
No sean malpensados; sólo llegamos a su casa después de un viaje en taxi y lo mandé a su cama. Mientras lo tapaba, él comenzó a repetir sus discursos que anteriormente me parecían de una elocuencia exquisita; pero en aquel momento, lúcido por los tragos de caipiriñas que había bebido, me di cuenta que Toño era un farsante y no era ningún Sherlock; se parecía más bien a las tendencias pseudocientíficas y fraudulentas de Conan Doyle.
Decepcionado, revisé mi muro de facebook. Me enteré que Sancho se había vuelto gobernador; no de una ínsula, pero sí de su propio bromance. Me fui a la cama sintiéndome un idiota y confirmé mis propias palabras: tontos no faltaban en el mundo, y yo era uno. Sin embargo, mi tristeza pronto fue interrumpida por una epifanía: ¡supe cuál había sido siempre mi error!
Fui un terco por creer que un bromance sólo podía ser entablado con alguien de tu mismo sexo: ¡era una mujer la que yo necesitaba, de la misma manera que Michael Jackson necesitó a Elizabeth Taylor!
Salí de nuevo a pasear por mi parque favorito y, en otro banco, encontré a una chica que también parecía regodearse en su soledad; o quizá no, quizá su mirada estaba desesperadamente implorándome que le hablara. Caminé hacia ella y, cuando me senté a su lado, recité el soneto número ciento cuatro de Shakespeare con mi acento latino digno de López Dóriga:
– Tu mi, fer frien, yu neber can bi ol.

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