Muertos de utilería

Por Krsna Sánchez N.

Al abrir la puerta trasera de la vagoneta, se reveló una matanza cruel y detallada. Una veintena de cuerpos despedazados, apilados en el piso y revueltos dentro de cajas.
Poco antes el vehiculo  avanzaba por una larga recta de la carretera, flanqueada por colinas imperturbables. Al extremo de la vía destacaron las figuras de un reten policiaco. Había una línea de patrullas sobre el acotamiento. Los policías cruzaban de un lado a otro, detenían el paso vehicular y revisaban algunos automóviles. Desde lejos parecía una escena mal montada, como salida de la peor película de clase B. Pero no era una película
—Nos jodimos —sentenció Cristián nervioso. —No podemos cruzar por ahí.
—Esto no sería obstáculo para George Romero —contestó Tony, con un cigarro de marihuana entre los dientes.
Él mostraba la determinación de un bárbaro antes de saltar los muros de Roma. Se aferró al volante con ambas manos y pisó el acelerador a fondo. La vagoneta se convirtió en un rayón colorido sobre la franja de asfalto gris. En un costado del vehículo se distinguía una calavera, garabateada con pintura roja.
Al llegar a la zona del reten, Tony disminuyó la velocidad. Por la ventanilla desfiló lentamente la imagen de los policías fornidos, enmascarados, cargados de rifles tremendos. Cristián rezó a todos los espíritus del vudú, para poder seguir el viaje sin contratiempos. La mayoría de los automóviles seguían el camino sin problemas, pero unos pocos recibían la señal de parar. La vagoneta fue uno de los desafortunados detenidos. Tony presionó el freno con suavidad. Antes de abrir la ventanilla, chupó una bocanada del cigarro y después lo aplastó en el cenicero. Se guardó la bacha apagada dentro del bolsillo. Al bajar el cristal, arrojó el humo contra el rostro del policía que se  asomó. Cristián dio un chillido de angustia. El impasible policía saludó con una cordialidad amenazante:
—Buenas tardes, jóvenes, ¿a dónde se dirigen?
–Vamos para M…— contestó Tony tranquilo.
¿Traen algo que quieran declarar?
—La parte de atrás viene llena de cadáveres
Cristián casi perdió la conciencia en el asiento del copiloto.
—Será mejor que los dos bajen y nos muestren— mandó el policía, mientras más agentes se aproximaban a mirar.
Los pasajeros no tuvieron más opción que obedecer la orden de los policías y mostrarles su horrible cargamento de muertos.  Había torsos desmembrados, entrañas sangrantes, brazos y piernas revueltos. Las cabezas cortadas colgaban en ganchos desde el toldo.
—Todo es falso, nada más que utilería— explicó rápido Cristián.
—Si, me doy cuenta— dijo el policía y hundió su dedo en un cerebro de goma.
Las cabezas eran horribles mascaras de látex, cruzadas de heridas y tajos de silicona. Los torsos eran ingeniosos modelos de hule, con un sistema de mangueras escondidas, para salpicar sangre falsa. Los brazos y las piernas eran figuras de alambre retorcido, recubiertos de papel y engrudo. Las vísceras si eran reales, de pollo y de puerco, todavía frescas; pasaron a comprarlas en una carnicería, antes de salir de la ciudad.
—Efectos especiales de la vieja escuela, ¡puro gore casero!— exclamó Tony orgulloso.
—Tienen que acompañarnos…—sentenció el policía.
Aquel laconismo no fue un indicio esperanzador. Cristián entró a la vagoneta, silencioso y cabizbajo, como un condenado al patíbulo. Tony se puso detrás del volante, acompañado por una confianza inexplicable. Encendió el motor y comenzó a seguir a la patrulla que avanzó adelante. Otras dos patrullas escoltaron la vagoneta por atrás durante todo el trayecto. La caravana de vehículos avanzó varios kilómetros por la carretera, después viraron en un retorno y salieron por camino de terracería que se internaba entre los cerros. En la parte más agitada del viaje, se terminó el silencio en la cabina de la vagoneta. Cristián empezó a lamentarse:

MuertosKrisna
—Nos jodimos, muy muy jodidos. Seguro que nos llevan a un cuartel secreto. Nadie sale completo de esos lugares.
—Estaremos bien. Tranquilízate, ¿Quieres que encienda el churro para que le demos una fumada?
—No, ¿no entiendes? !Tenemos una camioneta retacada de muertos!. Falsos o reales, a la policía le importa poco. Por menos que esto hay gente inocente en la cárcel. Nos sentenciaran a cadena perpetua. O a la pena de muerte, si antes nos aplican el antidoping…
—Deja de ser un marica. Mejor mira el paisaje. Ojala pudiéramos hacer algunas tomas por aquí. Peter Jackson envidiaría estas locaciones.
—Es ridículo que todavía pienses en la película. Nunca grabaremos ni la escena inicial de “La buena grey no quiere saber de cosas muertas.”
—Va a llamarse “Tu capitalista se ha comido a mis obreros.” Ya lo discutimos.
Aún no acordaban el titulo. Juntos habían escrito el guión, igual que elaboraron los efectos especiales. Desde el principio compartieron un objetivo estético: presentar en pantalla al zombie barroco -como ellos lo llamaban- muy podrido, esperpéntico, recién salido de las tumbas, como en las películas de los años 60’s y 70’s. No fue sencillo elaborar una trama a partir de las ideas de cada autor. Uno quiso hacer una película de denuncia social, en donde los muertos vivientes fueran simbólicos, con un poco de humor negro, igual que los mejores ejemplos del género. En cambio el otro era más aficionado a los largometrajes de necromancia, llenos de visiones, embrujos y rituales, según el estilo del tortuoso Lucio Fulci. Solamente la marihuana pudo lograr que ideas tan dispares congeniaran en un mismo guión. El resultado, sin importar el titulo, sería un filme que la crítica calificaría de más sublime que el sueño escrito por Quevedo con el mismo tema.
Atardecía cuando la patrulla se detuvo en un paraje alejado, a mitad de una espesa nopalera. Tony estacionó la vagoneta y Cristián descendió ceremonioso, fingiendo resignación ante cualquier cosa que sucediera. Abajo varios policías laboriosos ya se encargaban de sacar la parafernalia de los zombis.
—Tengan, muchachos, pónganse a trabajar rápido— ordenó un policía, al arrojarles un par de palas entre los pies.
—Debemos ocultar todos los cadáveres antes del anochecer— agregó otro agente, cargado de cabezas y algunos brazos.
Cristián tuvo que aguantarse el enojo y la sorpresa en silencio. Tomó la herramienta y comenzó a remover la tierra, sin detenerse. Tony clavó la punta de la pala y se recargó en el mango. Sacó el cigarro de su bolsillo y lo encendió. Aspiró con fuerza hasta desaparecerlo entre sus dedos. Antes de soltar el humo, miró directo a la cámara y, con voz ahogada, dijo:
—A mi me parece que toda la historia fue una esquizofrenia necrofóbica.

Krsna Sánchez. Michoacán, 1988. Ha publicado cuentos en las revistas La Cigarra, El Perro y La Higuera. Uno de sus relatos forma parte de la antología Brevis&Cortus de la editorial FA Cartonera. Fue finalista de los premios Esperanza del perro, en la categoría de cuento.

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