Un amigo que soñaba con cuidar conejos

Por Adolfo Ulises León López

En su diálogo con Lysis, Sócrates concluye que nada puede saberse sobre la amistad. Mejor dicho, no logran acordar qué relación detona y mantiene la amistad. Ésta no se determina en razón de si dos personas son semejantes o contrarias, tampoco si son buenas o malas, de quién ame o sea amado o de lo útil que resulte una compañía. Aunque pueda parecer una obviedad, fueron precisamente estas incertidumbres por lo humano, por nuestra extraña manera de relacionarnos, las que en la Antigüedad, a partir de Sócrates, dejaron el precedente de que para la condición humana no hay universales.
Si bien de una sola relación no puede desprenderse la amistad, ésta sí se construye a partir de las combinaciones desequilibradas entre ellas. Reconocemos a nuestros amigos en ese amasijo de inquietudes compartidas, virtudes que exaltamos o, incluso, de la capacidad para tolerar lo que detestamos. En este campo de posibilidades infinitas, donde hay amistades que parecen repetirse por todas partes y disolverse en poco tiempo, hay otras que, por el contrario, resultan excepcionales por su naturaleza y las interrogantes que plantean. Este es el caso de Of Mice and Men (De ratones y hombres), novela escrita por John Steinbeck en 1937.
En la obra del escritor californiano, parecen ser los desposeídos quienes más simpatía le generan. Como Tom Joad, Emiliano Zapata o Kino; George Milton y Lennie Small —protagonistas en De ratones y hombres— abrazan el sueño de un “lugar propio” y, en consecuencia, combaten por una distribución justa de la tierra; la pretenden mediante su trabajo, no derramando sangre. Además de reformistas, todos ellos, en un sentido camusiano, son rebeldes. Dicen “no”, se rebelan contra sus superiores y contra el mundo que éstos representan; se inconforman, protestan y también se llenan de impotencia ante cualquier acto de opresión. Luchan por la libertad y mueren por ella, pero bajo ninguna circunstancia matarían en su nombre. Comparten el continuo desgaste de la dignidad, la ven reducirse al mínimo, pero no permiten que desaparezca. Bien escribió Hemingway en El viejo y el mar: “un hombre puede ser destruido pero no derrotado”. En fin, a mi parecer, la grandeza en De ratones y hombres se encuentra en el dramatismo que la amistad imprime a estos grandes temas: propiedad, rebeldía y dignidad.
Al parecer, gracias a una referencia a mitad de la novela, George Milton y Lennie Small se conocen desde la infancia. Como ocurre con las grandes parejas de la literatura desde Don Quijote y Sancho Panza, éstas se describen por contraste. Lennie es alto, grande, de facciones desproporcionadas y lento en su andar. George es un hombre menudo, explosivo y a la vez prudente, correoso y ágil. El gran detalle radica en que Lennie tiene un tipo de debilidad mental que le impide concentrarse, articular frases largas, así como retener en la memoria acciones a corto y largo plazo, salvo aquellas ideas fijas que le alegran la existencia.
La historia comienza en la laguna del río Salinas, en California, donde los dos amigos acampan para el día siguiente presentarse en un rancho y trabajar como jornaleros. Ahí George se lamenta de la vida que podría tener, podría irse a los burdeles o hacerse de una familia; sin embargo, por alguna razón tiene que abandonar su realización individual y cuidar a Lennie, sacarlo de los problemas en que constantemente se mete, regañarlo por beber agua estancada o por acariciar ratones podridos. Lennie lo entiende y sugiere largarse a las montañas donde pueda vivir tranquilo, libre y sin molestias. El momento de exaltación desaparece y, poco a poco, la reconciliación llega cuando evocan su sueño compartido. Entonces sabemos la gran diferencia entre ellos y los demás jornaleros. Éstos son los tipos más solitarios del mundo, no tienen familia ni un lugar a dónde ir. George y Lennie, no obstante, no están solos, se tienen el uno al otro para cuidarse. Tienen un porvenir. En su imaginación ven construirse una casa con un huerto, hay árboles frutales, marranos y gallinas. Si les place, trabajan; si no, salen al pueblo a divertirse. En un cuarto especial, Lennie cuida y acaricia a los conejos.
Al llegar al rancho, es curioso cómo no hay un solo personaje que no cuestione su amistad. Parece ser inconcebible que un hombre común y corriente puede dedicar su vida a cuidar a un “idiota”. Alguna utilidad debe obtener, arrebatarle el salario, seguramente. “Nunca he visto a un hombre preocupado por otro”, dice el patrón al conocerlos. Cuando Crooks —encargado del establo— le pregunta a Lennie qué ocurriría si un buen día George lo abandonara, éste se rehúsa a imaginar tal escenario. Eso no ocurriría nunca. Es mi amigo, dice Lennie, “George jamás me dejaría”. No sabe cómo explicarlo, pero tiene la certeza de que la traición no es una posibilidad. Por otro lado, Slim —un mulero cuya personalidad invita al confidencialidad— es el único en conocer la historia de su amistad. Ambos nacieron en Auburn y, antes de morir, la tía de Lennie encargó a George la custodia de su sobrino. George solía divertirse a costa de Lennie y a su lado “parecía el hombre más inteligente”. Sucedió que un día ordenó a Lennie arrojarse al río y casi muere ahogado. George lo rescató y Lennie le quedó agradecido, olvidando por completo quién le ordenó arrojarse. “Es un hombre bueno. No se necesitan muchos sesos para ser un hombre bueno. Un tipo listo casi nunca es un hombre bueno”, concluye Slim.
El “lugar propio” que añoran George y Lennie genera discrepancias. Para Crooks se trata de ingenuidad: “Todos (los jornaleros) tienen un terreno en la cabeza. El alcohol y las mujeres se los arrebatan”. Por el contrario, Candy —ese viejo del muñón, cuyo perro ha sido sacrificado por sarnoso e inútil— ofrece los ahorros de su vida para contribuir a la compra de un terreno. Por un momento parece que el sueño de los dos amigos está próximo a materializarse. No hay que olvidar que Lennie es un hombre bueno al que, a cada paso, el odio o la simple mala suerte no dejan de tirarle anzuelos. Así, el momento álgido de la novela llega cuando Lennie, atraído por el sedoso cabello de una mujer, comete un crimen sin maldad. Curiosamente, al enterarse de lo sucedido, lo primero que el viejo Candy pregunta a George es si aún comprarán un terreno. George intuye el desenlace trágico de Lennie y responde que ya no hay ningún terreno, que de ahí en adelante todo el dinero que consiga lo gastará en burdeles y en alcohol. Sus palabras revelan que sin Lennie la propiedad no tiene sentido.
El final en De ratones y hombres es uno de los más conmovedores en la literatura. Sentados uno al lado del otro, George Milton y Lennie Small miran el atardecer del río Salinas. De nuevo, recuerdan que el tenerse el uno al otro los hace diferentes del resto. Una vez más, imaginan una casa con un huerto. Hombres furiosos se acercan con escopetas, Lennie casi puede ver la casa y George no tiene otra salida. La pregunta es: ¿un amigo debe dar muerte a otro amigo aunque crea tener una razón que lo justifique? George Milton, uno de los últimos hombres del siglo XX que se rehusó a enaltecer el valor de la realización individual, comprendió también que la muerte puede ser un acto de amistad, un crimen sin maldad. Morir a manos del odio, de la incomprensión, es una manera de no morir libre. Desfallecer mientras se sueña con cuidar conejos, es una manera de morir con dignidad.

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