El surrealismo en el inconsciente. A 115 años de “La interpretación de los sueños”.

el

La interpretación de los sueños (Die Traumdeutung, en alemán), obra fundadora del psicoanálisis, y según Sigmund Freud, su obra magna, ha alcanzado los 115 años el pasado 4 de noviembre. Al menos de forma virtual, pues aunque fue publicada en 1899 fue fechada para 1900, ya que Freud creía darle más frescura para el aquel entonces nuevo siglo. Para el médico austriaco, quien desde los 9 años se vio fascinado por el mundo de los sueños, no hubo prueba más clara de la existencia de un inconsciente que regula nuestra vida que la telaraña de lo onírico; deseos materializándose, objetos deformándose, rostros fundiéndose, y juegos de palabras encarnados en lo que podríamos calificar de absurdo, significaron la ventana hacia un mundo enteramente desconocido –aún en nuestros días –para el hombre. Su alma. “La interpretación de los sueños es la vía regia hacia el conocimiento de lo inconsciente” y “El sueño es la realización disfrazada de un deseo reprimido, nos revelan el sentido del invento freudiano, el hombre no es tan pleno como se cree, ya hubo de ceder su lugar de centro ante el sol, y ahora ha de ceder su consciencia ante lo inconsciente; un inconsciente que muestra que el humano aún es vulnerable, no tiene todas las respuestas de su vida, y es un sujeto en falta, sin embargo, en esta alma fallida ha de encontrar su consuelo, sí, sólo consuelo: la hermosa capacidad de recrear y de reinventar. Romper la realidad.

Desde Freud, y desde el psicoanálisis, la forma de interpretar un sueño no descansa en un supuesto sentido de profundidad, en un abismo de misticismo o simbolismo (como lo han querido los “manuales” que se venden en el metro, o las revistas del corazón), la respuesta es mucho más evidente. El cómo relatar un sueño, lo que se mueve en tus tripas al hacerlo, a dónde se puede llegar con el contar, y sobre todo, el sentido de nuestras palabras, es lo que se apodera de los oídos del analista. La posibilidad de recrear la realidad y desafiarla, así como a nuestros sentidos. Tal fue el impacto de lo que Sigmund Freud deseaba compartir a sus colegas, súplica que fue escuchada por quienes menos se esperaría, y por cierto, figuras desagradables para el padre del psicoanálisis; artistas, pintores, escritores, específicamente, surrealistas.

No es secreto que para Freud los artistas plásticos le producían repulsión. Algo que tiene que ver con heces y su teoría sobre el desarrollo psicosexual, etc. Sin embargo, tampoco es secreto, como el mismo lo afirma en su “Introducción al psicoanálisis” de 1914, que el arte podía representar la única afrenta contra lo que se ha calificado como neurosis. El humano contactando con su miseria y buscando la belleza desde ahí, algo que incluso nos recuerda irremediablemente a las posturas de Friedrich Nietzsche.

La respuesta a cómo es que el humano alcanza la hazaña de sobrepasarse a sí mismo está en el qué del inconsciente. En el objeto mismo. Como lo ha dicho Ernst Gombich refiriéndose a la estética psicoanalítica, lo que cautivó a los surrealistas, y en específico a Salvador Dalí, es que el contenido del sueño está delimitado por su continente, siendo así el significado puede ser desafiado en pos del objeto del que está formado, así es como un ser dominante puede aparecer como un cerdo, la lluvia se cuenta como “estaba yo viendo”, y el cómo cualquier fuerza desde nuestro fondo busca desesperadamente salir al costo que sea. Aquellos residuos de nuestro acontecer diario sólo sirven a nuestra voluntad como un mero pretexto, un vehículo cuyo destino no es otro más que tratar de encajar en el lejano mundo real. El ser contado a merced de la poética. Los sueños, el inconsciente, su lenguaje, están configurados según la metáfora y la metonimia, en palabras del segundo patriarca del psicoanálisis, Jacques Lacan.

El control racional del objeto parece ahora una mera ilusión, un mal viaje del pequeño gran ego del hombre. La aparición súbita en el método paranoico-crítico de Dalí, es el correspondiente a la asociación libre del psicoanálisis, “cuente lo primero que le venga a la cabeza” es la demanda del analista para con el analizante. Sin embargo, aquella emergencia súbita, no es tan libre como los mismos analistas están dispuestos a admitir; el pedir hablar sin censura ya representa una delimitante, así mismo que los oídos del analista estén sujetos a la deformación del discurso ya es otra. Así es como funciona lo inconsciente, justo al creer que existe un poco de clemencia en las cadenas de lo irracional, estas se tensan para demostrar que nuestra voluntad es mucho más poderosa que nuestro raciocinio. Uno se sienta con pluma en mano, esperando soltarse a la escritura automática, fijas tus ojos en alguna pared en blanco que logre despedazar cualquier objeto, pero, ¿qué es lo que esperas en realidad? El objeto mismo de su formación, su medio se convierte en su fin, y el pretexto se convierte en el texto. Mencionando a Lacan, quien se inspirara en Dalí para crear sus propias teorías sobre la paranoia, lo inconsciente es lo que no se sabe de lo que ya se sabe, así mismo, este decir es plenamente equiparable a decir que “la verdad tiene estructura de ficción”, así pues la realidad esconde en sí un poema que no puede ser sabido hasta que es escuchado, hasta que hormiguea en la lengua al batirse las palabras en valiente huida.

Regresando a la mítica “Interpretación de los sueños”, aquella estructura fantástica de la verdad es a la misma que Freud se refiere cuando en medio del misticismo abre su obra con “moveré el Aqueronte”, es decir mover lo que está quieto, hasta en la calma de lo más cotidiano y patético de nuestra existencia puede existir una metáfora buscando emergencia; lo que clínicamente es llamado síntoma, no es más que una metáfora que ha perdido dicha capacidad, atascada en su padecer, disfrutándolo muchas veces. La respuesta freudiana es simple, la realidad misma, nuestra cotidianidad, es un síntoma; delante de los ojos y palabras se debaten los distintos senderos de la voluntad de hacer, la urgencia de esta por transformarse, de dar rienda suelta a la vida, así como un sentido a nuestra muerte. El deseo inagotable de ser plasmados como una obra de arte, y como arte mismo, sin un sentido real más que el ser. Padecer la vida es el motor que ha de llevar a dejar la engañosa razón a los pies de nuestro absurdo más grande, nuestro deseo; la propuesta del surrealismo y del psicoanálisis es simple, vivir como si se tratara de un sueño. Buscar la belleza a partir de la incomodidad.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s