FIN DE SEMESTRE COMO UN VIEJO DERBY PARA YONKIS

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Ver no es lo mismo que estar, quizás sea un dilema para los filósofos. No, el efecto de la respuesta de aquella interrogante es como el viento de las alas de una mariposa, me bastó poco menos de un fin de semana de finales del otoño para saberlo. Final del otoño de una era, de un algo. Cada fin de semestre se organiza un rito colectivo, una purga, como sucede en cada cúmulo de gente. Nos permitimos, sólo rodeados de la masa, asesinar a la gran ramera de frondosas tetas, aquellas de donde todos nosotros mamamos; y caminamos entre los otros, nosotros, con un porro en la mano, con los ojos y la sangre hirviendo en ácido, con los huesos como si tuviesen libre albedrío –una libertad sólo concebible con el ginebra resbalando por la comisura de los labios –con la ausencia del alma rodeada de luces estroboscópicas y los sueños de una generación (ideas ya muertas), con el rock n´roll degollado, las palabras torcidas y el sexo enardecido. Cada lapso de tiempo [absurdo] determinado por la institución (aquella que decimos nos vuelve libres) nos juntamos en algún sitio de Cuautitlán olvidado por la Coca-Cola diversos entes de la universidad, y otro grupo, donde pertenezco, del residuo de quienes hemos salido de esos sitios galardonados por un prefijo ante nuestros nombres. Chavorrucos, nos llaman, y tienen razón. Este diciembre no estuve ahí, llamémosle cagada del destino, o neumonía de algún tercero, da igual.

¿Lo da? Quizá no sucedieron los hechos exactamente como el último mayo, pero la pregunta es si no sucedió lo mismo. No podría apostar mi huevo derecho a que algún tío también hubo de deambular inflamado por las drogas para acabar contemplando una tremenda cogida en el rincón de alguna tienda de acampar. La esencia no es preocupante, pues se mantuvo alta y orgullosa.

En esencia, uno sigue cargando con todo aquello. Es el estigma generacional de una vorágine absurda y poco elocuente, aunque voraz y fulminante; no nos ha quedado más remedio que guardarnos bajo tierra de los truenos. Platón moriría de placer al vernos bailar en las cavernas siguiendo las luces de los relámpagos de aquello suponemos como superficie. Aquella cueva se ha formado del cielo mismo, sus paredes rocosas no son más que una noche interminable; no sentirse ahí no es una opción, tu cuerpo está húmedo y tus pies se debaten en el fango y a penas y puedes vislumbrar algo más que las luces. Esas luces son el alma. La ilusión es nuestra mejor fuente de vida, ¿no lo crees?  El otro nos sirve de muro mientras andamos por ahí intoxicados, un poquito arriba de su cabeza logras ver una cosa, una mole amorfa y monstruosa; tal ente alberga en su hocico a unos cuantos como nosotros, con instrumentos que pierden su vida entre manos ignorantes, ruido tratando de acomodarse desesperadamente, alguna clase de orden que redima esta comedia, es imposible. Les dije que no importaba, porque los brazos de aquel monstruo no son más que pedazos de brazos de muchos otros, cabezas, dedos, genitales, y cabellos por igual. Los ojos apuntan a sitios inespecíficos y las orejas parecen escuchar, todo eso se mueve en las cabezas mientras las bocas abren para un mecánico “chido güey”. Todo se mueve unísono, y aquellas luces de encanto, el final del túnel, no son más que los ojos del monstruo. Bailas con él, y en él, está vivo no por otra cosa que por los trozos de carne que se agitan y escupen y gritan en él. Cada secuencia es exquisitamente formulada segundos antes de su ejecución, y la coreografía cumple su función; una maquinaria suiza puede sentirse inferior al contemplar la organización de la masa.

Los viejos y los camaradas dicen que hace falta que el país se organice, que necesitamos coordinarnos y luchar en conjunto por una meta común, charadas que gustamos de repetir un y otra y otra. No han visto que en realidad estamos organizados, como especie lo estamos, la masa nos vuelve fuertes y nos diluye. Estaba ya decidido y coordinado que un cúmulo de ex-adolescentes se embriagara y bailara, conocemos todas las respuestas autómatas para las preguntas mecánicas, cada uno ha leído su libreto e interpreta gustoso mil veces antes de morir. Hasta sabemos de memoria los chistes y referencias a aquel casi-etnia urbana conocida como Godinez, hasta la podemos llamar esclavitud con prestaciones de ley; porque nosotros no somos esbirros del sistema, nosotros volamos y gritamos, porque está dicho que así lo hagamos ¿cierto? Te juro que el campamento de diciembre no fue diferente al de mayo, ni a los de los otros años.

South Park rara vez se equivoca; danzamos en fango, caemos sobre nuestra vasca, y cogemos sobre aquella porquería. El sexo fumado es de lo mejor, y nada más importa pues estamos cambiando al mundo con el poder del rock n´roll, bueno, no es que hoy haya rock. O algo de buena música. Pero cambiamos algo, ¿cierto? Hashtag estoyayudando. Revolucionario por vocación, drogo por convicción. Aún nos regocijamos de las causas que ya no son nuestras, esencias irrelevantes, causas cuyo nombre se ha olvidado, cuya causa se ha perdido para siempre, tan pronto como apareció. Las guerras de la contracultura ya se han peleado, aún conocemos sin embargo a treintones fósiles y tesisaurios que se jactan de su “ser joven y no ser revolucionario es una contradicción hasta biológica”, ah qué con la chaviza moderna. ¿Qué conservamos entonces de las causas? Decir que es válido el justificar nuestro hacer en nombre de la causa sería hipócrita, podríamos recordar a José Emilio Pacheco,  “Ya somos todo aquello contra lo que luchamos a los veinte años” a nuestros 20 años. De la causa lo único que queda es un forzado fanatismo producto de nuestros mitos. Les dije que la ilusión es la mejor fuente de vida. Ya no importa por qué mierda se esté luchando, lo que importa es que tú, pequeño amiguito, eres parte de aquello, te puedes lanzar y gritar a los mil demonios que #EstásHaciendoAlgo. Lo que supuso en algún momento del siglo pasado representar un símbolo de un minúsculo bastión de humanidad, ahora no es más que una parodia fraudulenta y triste; se lucha sí, ahora sin alma. Se lucha y nadie sabe en realidad por qué. Se marcha sin por qué. Se mata sin por qué. Nos drogamos sin por qué. Cogemos sin por qué. El otro debe estar equivocado, sin saber por qué. Debo acusar al otro, sin saber por qué. Debo ser Yo mismo, no como ese que baila como yo. ¿Quieren porro?

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