PROFESIONALES

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Tomé algo de dinero y abandoné aquel cuarto con olor a humedad y humo. Esperé el autobús que hubo de llevarme al centro; una plaza con catedral, quiosco, un lindo lugar para pasear. Los únicos sitios con calles arregladas y limpias; caminas un par de calles fuera de ahí y todo se viene abajo, puestos callejeros de comida asquerosa, basura dejada por los mercaderes, pavimento cuarteado y mierdas de perro. Vagabundos y sus mierdas también.

Aquellas horas de los viernes suelen estar habitadas por el mismo rostro, repetido continuamente cada dos pasos, pierde hasta su sexo; apenas y es variable por el cabello y el color de la piel. La piel cae como manteca derretida sobre los huesos, forma bultos de hastío decorados por arrugas y manchas cutáneas. Los ojos se vuelven parte de aquello y se hunden en la masa, dos bolas gelatinosas que se han quedado sin ninguna intención de mirar, o de ser mirados. Tampoco es que tuvieran una razón para moverse.

Justo en el centro de aquella plaza, se formaba un considerable grupo de personas, había bocinas enormes ahí, frente a un escenario, y se veían juegos mecánicos de una feria, aunque eso no es por lo que estaba ahí. Me dirigí a aquellas calles maltrechas, donde las personas existen como las piedras, como los postes, como pórticos con la pintura cayéndose a jirones y las piedras carcomidas por los hongos.

En un balcón, una pareja de gordos se abrazaban, personas feas, en realidad, sin embargo un poco más reales, en ciertas ocasiones solamente. El hombre está detrás de su mujer, y la rodea con unos brazos peludos, recarga su barbilla, una cara sucia y amarga, en el hombro de ella. La mujer parece disfrutarlo acaricia los brazos de él, y una de sus manos se desliza por su rostro, por las manchas causadas por el sol, por una mala afeitada, por piel pegajosa por el sudor. Y lo besa. Son interrumpidos por la lluvia, comienza con suavidad, humedeciendo el polvo del suelo, gotitas apenas caen en mi rostro. Pronto eso acaba y comienza un verdadero torrente. Los mercaderes apresurados tratan de quitar sus lonas, su mercancía, cajas de frutas o sábanas que envuelven ropa usada, son aventadas sin cuidado a la parte trasera de camiones viejos. Por las lonas de los puestos comienzan a escurrir grandes chorros de agua que dan contra el suelo, algunos de los comerciantes intentan vaciar el agua que se ha acumulado en las depresiones de la lona, un par de ellos es mojado con violencia a causa de un intento fracaso.

Me quedo parado con un cigarro en los labios, en medio de una panadería y una cerrajería. Aquello no dura mucho, el agua con la misma violencia que llegó, abandonó el lugar. Nos dejó un pavimento encharcado y un cielo gris muy freso, me agrada.

Trataba de escudriñar con los ojos todos los rincones de las calles, sin embargo, fracasando. Y pasé junto a un zaguán blanco, desde la banqueta se podía ver un foco rojo en el interior del local, tras aquella puerta blanca. Entré. Era un lugar muy pequeño, cómodo, con ficheras mendigando tragos dobles, y hombres recogiendo besos y caricias de la letrina. Pedí una cerveza oscura que me sirvieron de inmediato, estaba yo en la barra, tratando de evitar a las ficheras. Una de ellas lloraba y se abrazaba con un hombre mayor. Un tipo de pelo entrecano, con lentes, una camisa azul y una corbata café. Un tipo serio, que disfrutaba pagar porque alguien escuchara su plática. Imbécil.

Seguía con la cerveza, mientras, un tipo entraba por la misma puerta. Empujaba un carrito, donde venían más cajas de cerveza, las pasó detrás de la barra, y él y la mujer que atendía las acomodaron en los refrigeradores. Oí decir al sujeto “si ya sabes que eres la única”. La única pendeja, contestó la mujer. Él se acercó para besarla y ella hábilmente puso las manos en el cuello cerrado de la chamarra del tipo, buscaba algo, el hombre le retiró las manos, las tomó entre las suyas, se rio fingiendo algo, y la beso apenas rozando sus labios. Al menos eres la única en algo, fue que le dijo.

Al poco rato el tipo salió, llevaba unas botellas a medias en una bolsa negra. Mientras pedía otra botella sonó el teléfono de la cantinera. Murmuró algo mientras meticulosamente destapaba mi cerveza. Levantando su cabeza su tono se elevó. Con los ojos aparentando estar en la puerta dijo “no está llega en dos horas”, silencio, “órale cabrón, va, pero que no se entere mi marido”, queda mirando fijo al refrigerador, “cámara”.

Había llegado otro sujeto, un viejillo teporocho, que al parecer llevaba buenas relaciones con los del bar, pidió una cerveza oscura como la mía y platicó un poco con la cantinera. Ella no quería continuar su plática, una de las ficheras se acercó al viejo y se lo quitó de encima a la otra mujer. Las ficheras terminaron sus tragos y yo los mío. Pagué y salí de ahí. Al cruzar el umbral del portón blanco se me acercó el esposo de la cantinera, el que llegó con las cervezas y me pidió un poco de propina, y yo le ofrecí un cigarrillo.

Tuve ganas de mear mientras me paseaba por las calles. Pronto se salió de control, hasta había desistido de encontrar algo, y busqué una calle para orinar. Con eso mi ánimo volvió y caminando cerca de la iglesia lo encontré. Si quieres un trabajo bien hecho ve con algún profesional. Era una puta de cabello rojo, con unos jeans azules pegados. Me acerqué y pregunté, “170 más 150 del cuarto, bien mamadito”. Así que la seguí de camino a su hotel, que estaba apenas a una calle de ahí. Al acercarme a verla noté que no era tan joven como aparentaba, y menos guapa también. Odiaba su trabajo. A penas puse un pie en el lugar me extendió la mano, y puse el dinero en ella. Subimos al cuarto 34.

Voy a echar una meada, le dije, y me metí a retrete. Salí y ella ya estaba sin blusa, ¿Qué te hago, mi amor?, no me gusta que las putas, ni nadie, me llamen con esas formas. Quiero desnudarte, y lo hice. Le besé el cuello y los hombros, linda piel morena. Brazos delgados y

pequeñas manos. Me besaba con mucha fuerza. Más aún después de morderle los pezones de aquellas pequeñas tetas. Pezones duros, cafés. No le pude quitar la tanga pues llevaba una toalla. Su olor era simplemente jabón y sudor. Mámamela le pedí, y era una verdadera profesional. Mientras me la mamaba escupía de vez en cuando a las sábanas. La tomé del cabello mientras me lo hacía, subió hasta que la besé de nuevo, y puso mi rostro en sus tetas, jugó con mi verga y sus pezones, después volteó su culo hacia mí y metí mi lengua en su coño haciendo a un lado la tanga, era una verdadera fuente. Ponme el condón, le dije. Y obedeció. Con su culo hacia mí se arrastró por mi tórax hasta que tomó mi rabo y se lo metió. Le di un par de nalgadas.

Se movía terriblemente, cayendo sin gracia y brutalmente, sus huesos contra mi carne. Así que después me puse yo encima, no tardé en escuchar los gemidos pagados y tristes, algo que me excita mucho.

Era una triste desesperada, al estar montándola, me tomaba del cuello, y me llevaba a su lengua, a unos labios maltrechos pero bien pintados, con labial horrendo, con mal sabor, casi de juguete. A penas y me dejaba separarme un poco, y me atraía de nuevo. También la puse en 4. Me cansé, y de pronto recordé que no tenía yo por qué esforzarme en realidad. Así que lo dejé, me volví a recostar y le dije que se montara. Todo lo hacía ella, me tomaba del rabo, y lo metía, guiaba mis manos a sus tetas, metía algún dedo suyo en mi boca. A mí me agradaba divertirme en aquel cuerpecillo tan pequeño, tan madreado a la vez.

¿No te puedes venir? Fue que me preguntó con una exasperante voz, un acento de barrio. Sí, pero aún no, respondí. Ella seguía moviéndose veloz, pero con sus movimientos rancios. Mámamela, le dije. Y lo hizo, sentía sus dientes y su lengua, su desesperación por volver a la calle con la brizna helada. Las mamadas no las hacía tan mal. Me masajeaba los huevos, y enérgicamente chupaba, esta vez no escupía. Con una mano me tomada de los cojones, con la otra del culo, y lo metía dentro de su garganta. Al cogérmela,mientras me venía en la boca de aquella prostituta, con todo el semen retenido en el látex, con el claroscuro llenando pedazos de mí, con una de esas pegada a mis genitales envuelta en sudor y fluidos, y la iluminación inconstante de la calle, con mis ojos ardiendo por la sal, no dejé de pensarte.

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Un comentario Agrega el tuyo

  1. Lgi dice:

    “Trataba de escudriñar con los ojos todos los rincones de las calles, sin embargo, fracasando. ” “Nos dejó un pavimento encharcado y un cielo gris muy freso, me agrada.”
    Muchos gerundios en varios párrafos
    xB .

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