ALGO LINDO

el

–Sería bonito que me escribieses algo –me dijo –sólo estas ahí con tus historias de tíos viendo porno, borrachos, o meneándosela.

Estaba recargado en el piso a la orilla de la cama, el jodido colchón me mata, leía a Henry O, el tipo era un genio, irónico siempre, el muy cabrón. Ya de por sí me cuesta leer estando acompañado.

–No puedo y lo sabes.

–Ni un poema, nada.

–Si no puedo una historia, menos un poema.

–Ahí vas con eso, tu amigo el borracho ese vive para hacer poemas de ella.

–Y nunca se la ha tirado.

–Y sólo escribes para tirar.

–Yo no, él, tal vez.

–¿Entonces hay que dejar de coger?

–No podrías, ni yo.

Se enderezó de la cama y cogió un cigarro de la mesita de al lado. Las mujeres jamás dirán que se arrepienten de una palabra, aunque lo hagan.

–¿Para qué quieres un poema? –dije, resignado a no poder volver a mi libro.

–Los hombres ya no enamoran con poemas.

–Muchos sí, pero ya sabes que no sé hacerlos –el suelo estaba lleno de polvo y yo jugaba con él, trazando cosillas en el piso con mi dedo.

Me levanté del suelo para apagar el foco, haciendo tiempo, esperando alguna otra cosa que ella pudiera decir. A esa hora, por un pedacito descubierto de la ventana se colaba una rayo violeta que daba contra sus piernas, piernas descubiertas, morenas y gruesas, piernas bellas. Se veían aún mejor con su cuerpo recostado en ese colchón sucio, cubierto apenas por una sábana que solía ser blanca. Ella sólo usaba bragas y una camisa negra de tirantes. Me miró mientras tiraba su colilla al suelo, y volvió a lo mismo. Esta vez sólo se oyó un murmullo, hablaba para que la pared escuchara, o le devolviera su propia voz.

–Quisiera que me escribieras un poquito –volvió su mirada al techo, tomó sin ver otro de mis cigarros –sólo un poquito –la voz más baja.

Tomé el pitillo, arrancándolo de unos dedos de madera. Sacudí la ceniza y cayó sobre mi pie desnudo. Me metí al sanitario, subí la tapa del retrete y comencé a mear.

–¿Tanto lo necesitas? –dije desde dentro del baño. No hubo respuesta– ¿Tanto lo necesitas? –repetí al cruzar la puerta del dormitorio.

–¿Qué cosa?

–Lo que me pediste.

–No lo necesito –respondió sin mirarme. Me dejó esperando cualquier clase de palabra, y cuando me harté fui a la nevera por una cerveza. Era la última.

Regresé y me acomodé en el piso junto a la cama. Bebía mirando a ningún punto en específico, pero con los ojos bien clavados en ello. Tomé mi libro de nuevo, ya sin ganas, a penas y lo hojeé para dejarlo de nuevo sobre la mesita. Al ponerlo allí, ella me miró, fútil y por costumbre. Tan rápido como su cabeza giró hacia mí, regresó a ocuparse de auscultar el techo.

Yo quedé fijo en su carne, mirando aquel saco de pellejos, órganos y huesos, todo eso que en algún tiempo no sería más que podredumbre. Me senté junto a ella, junto a sus piernas, prendí otro cigarro, sin decir nada pateé la lata de cerveza vacía que dejé en el piso. Comencé a pasar mi mano por sus muslos. Esta mujer solía tener un carácter de la mierda, sin embargo, tenía las piernas más lindas que he visto y tocado. Casi siempre se tiraba en mi cama o en mi sofá. Gritaba, aventaba cosas, y se quejaba de tantas otras, siempre con metáforas inútiles y malas; se calmaba y me pedía algo de beber o fumar. Poco a poco se iba quitando la ropa, algún zapato en el sillón, y una calceta en el sanitario. Más de una vez me desperté con algún arete o collar, o cualquier otra baratija, encajada contra mi espalda.

Hizo como que no me notaba mientras mis dedos resbalaban por ella, no me importó, y comencé a besarla desde las pantorrillas, subí hasta su entrepierna. A ella le gustaba, y pronto le quité la tanga y metí mi lengua en su coño. Me tomó de la cabeza, y me guio hasta su boca, la besé por mucho tiempo, mientras me quitó la ropa. Nos montamos. Tiene un sexo magnífico, mejor que el de muchas otras; su furia suele tener ventajas en estas situaciones. Y me gusta mucho. Quizás la quiero.

Terminamos y nos quedamos recostados, no más de 5 minutos, después me levanté a mear. Tomé otro cigarrillo, y me lo prendí mientras caminaba a la letrina. Tengo que irme, la oí decir. Fui a la cocina, a buscar más cerveza, y al pararme frente al refrigerador y abrirlo recordé que había bebido la última. Cuando regresé a la habitación ella se había ido, regresaría por la tarde o por la noche, o cualquier otro día. La luz violeta de los faroles que se escapaba hacia mi cuarto, era ahora reemplazada por el brillo de la mañana; acomodé bien el trozo de periódico que cubría el vidrio para que no pasase ya nada, y me recosté. Siempre he preferido dormir cuando ya es de mañana.

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