Gruñían y aullaban

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Otra nube hacía languidecer la única luz que iluminaba ese oscuro y eterno callejón. La lluvia no tardaría en llegar. Julián no solía frecuentar el centro de la ciudad tan entrada la noche, pero estando allí ya no pensaba en por qué vino sino en cómo regresaría a casa. Las personas de esta zona suelen ser muy violentas si se les mira a los ojos e igual de agresivas si no los miras. La mayoría sólo busca robarte algo de dinero, por suerte él no tenía mucho que le pudieran quitar, solo unos veinte pesos y un celular obsoleto.

Lllevaba cruzado la mitad del callejón, y hasta ese momento todo iba bien, no se topó con ningún maleante o drogadicto, se sentía capaz de pasar ese pedazo de infierno sin problemas. No fueron ni dos pasos los que dio después de pensar esto cuando vio a unos treinta metros algo que estaba tirando los botes de la basura. Inmediatamente pensó en los perros que pululaban por esas calles, quiso evitarlos devolviéndose por donde vino, pero en la otra esquina había tres drogadictos que todavía no habían notado la presencia del muchacho. Las malas experiencias en el centro de la ciudad había forjado en el raciocinio del joven la idea de que no existe peor criatura en el planeta que el ser humano, por eso no dudó en seguir su camino directo hacia lo que parecían ser tres grandes caninos. Caminó lentamente en su dirección esperando no ser visto ni escuchado por esas bestias. A un metro de él había un montón de piedras oportunamente colocadas para esa ocasión. Con las dos manos trémulas agarró todas las piedras que cupieron en ellas y siguió avanzando lentamente hacia su destino en aquella esquina. Aun estando a 13° C, Julián sudaba por toda la espalda. Sentía las frías gotas bajando como si fueran las manos esqueléticas de un ominoso ser adueñándose de su cuerpo. Las manos no dejaban de temblar. La respiración se alteraba y aceleraba en cada paso que daba. La imaginación le jugaba las peores tretas, se veía siendo devorado por esos enormes animales una y otra y otra vez.

Un aullido deforme y perturbador cruzó como jinete por todo el pasillo  sombrío, quebrantando el poco valor que le quedaba al pobre chico. Aún así, él sabía que ninguna fiera era peor que toparse con un cuchillo en la mano de una persona

aullidonormal

Mientras seguía con su paso lento, trataba de discernir entre la densa oscuridad a las bestias que comían del bote de la basura, solo distinguía manchas negras sobre un fondo oscuro. Una gota de agua cayó sobre su brazo causando un terrible segundo de estremecimiento, empezó a chispear. En su mente volvía a ver los peores escenarios posibles, se preparó psicológicamente para lo que aconteciera, pero nunca hubiera podido imaginar, ni en sus pesadillas más bizarras, lo que iba a presenciar.

Estando ya a unos cuantos metros de aquellos seres, su poco confiable pulso lo traicionó, una de las piedra cayó, -mierda- dijo para sí mismo. Su cuerpo dejó de reaccionar en cuanto sintió la mirada de las bestias. Aún sin poder visualizarlas nítidamente logró ver cómo las siluetas dejaron de comer y empezaron a respirar de una manera poco común para un perro, era perturbante distinguir estas diferencias. El aire se agitaba alrededor de Julián, sabía que terminaría como en alguna de las tantas escenas que imaginó. A esa distancia tan pequeña podía encontrar anormalidades en sus siluetas, no parecían perros comunes. La respiración de aquellas bestias hacía más pesado el entorno cada segundo crecía su incertidumbre de si en realidad eran lo que pensaba,. Volvió a sentir las manos esqueléticas, ahora por todo el cuerpo. Las garras de sudor perdidas entre la lluvia se apoderaban del pellejo del joven. Julián, traicionado por todos sus sentidos, cerró los ojos y esperó lo peor.

Después de unos cuantos segundos, lo suficientes como para ser asesinado y devorado por una tercia de bestias, abrió los ojos y se dio cuenta de que los tres animales volvieron a comer de la basura. Julián aprovechó esta pequeña oportunidad e intentó pasar suavemente al lado de las sombras carroñeras. Justo cuando estaba en el punto más cercano a esas tres bestias, un rayo iluminó el callejón y Julián no pudo contener un grito lleno de terror y confusión. Corrió lo más rápido que pudo, no quiso voltear ni para ver si era perseguido por alguno de ellos. Cuando llegó a una parte del centro con más gente y faros, se detuvo, se tiró en el suelo pegado a la pared y mientras recuperaba el aliento volvió a ver la tétrica imagen que habría de perdurar el resto de su vida. Julián tenía razón al sospechar que esa respiración y esas siluetas tan raras no podían pertenecer a un perro. Lo que vio cuando el rayo rompió el cielo nocturno fue el cuerpo desnudo de tres hombres, con un semblante cadavérico, sin rastros de raciocinio en la mirada, simulando estar en cuatro patas como simples animales, peleando como perros por un pedazo de basura. No hablaban, sólo gruñían y aullaban.

Ángel Palacios (Ciudad Juárez, Chihuahua; 1995).  Actualmente cursa el sexto tetramestre de ingeniería industrial. Se inició en la poesía y actualmente se dedica al cuento. Sus influencias están en escritores como Poe, Lovecraft, Bukowski, Chéjov y Asimov. <<No me llama mucho la atención el ganar dinero o fama escribiendo, conque unas cuantas personas disfruten de mis escritos me sentiré satisfecho>>, asegura.
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