Leopoldo Flores: El último gran muralista mexiquense

Por: Daniel Montes


La cultura y el arte mexicano viven uno de los episodios más decadentes de los últimos años. Hablo tanto de las instituciones que deberían encargarse de difundir toda expresión artística y que gradualmente van mermando las propuestas haciéndolas menos accesibles a la población general, como de los receptores que, lejos de dar oportunidad a creadores nacionales, se aglutinan ante exposiciones cuyo valor acaso no rebase su sensacionalismo. Bajo este panorama, la necesidad de difundir el trabajo de artistas nacionales se torna medular, más si tomamos en cuenta que éstos a pesar de las limitantes continúan con su labor creativa.

   El preámbulo no es gratuito ya que como mexiquense siento la necesidad de hablar de una figura que, más allá de su valor artístico intrínseco, es uno de los exponentes más importantes en cuanto a identidad cultural del estado se refiere. Actualmente es triste pero no sorprendente que (casi) ninguno de mis coterráneos conozca la obra del maestro debido a la poca difusión y educación cultural con la que crecimos, si es que tuvimos acceso a ella. No obstante, es más triste y verdaderamente sorprendente que estudiantes de la UAEM no tengan idea del valioso tesoro artístico y cultural ubicado en su campus central.

   Originario de Tenancingo, Estado de México, el maestro siempre estuvo convencido de su condición de artista y es por ello que desde muy temprana edad viaja a la capital del país para ingresar en la Escuela Nacional de Artes Plásticas mejor conocida como “La Esmeralda”. Allí se nutriría de diversos maestros entre los que destacan Santos Balmori, Ignacio Aguirre, Raúl Anguiano y Pablo O’Higgins; éste último, sobre todo, lo acercaría a las técnicas del muralismo, parte fundamental en su obra.

   Posteriormente obtendría una beca para estudiar en la Escuela Superior de Bellas Artes en Paris en donde desarrolló los primeros ejemplos de la técnica mural-pantalla que “consistían en grandes carteles colocados en el metro, en lugar de los afiches anteriores, que se cubrían con un papel neutro sobre el que pintábamos con gran velocidad para poder salir rápidamente.” según palabras del autor.

   Tiempo después y tras haber presentado su obra en diversos recintos a nivel mundial regresó al país para hacerse cargo del taller de creación plástica en la Facultad de Arquitectura de la ya mencionada Universidad Autónoma del Estado de México. Fue entonces cuando dio inicio a su monumental obra Aratmósfera que consistió en pintar la superficie del cerro Coatepec y el graderío del estadio adyacente creando una verdadera comunión entre la creación de la naturaleza con la del artista. Esta obra, además, inauguro el movimiento hasta entonces nunca visto de “arte abierto” que trasforma los espacios urbanos en galerías para todo público.

   Asimismo, en el año de 1980 se dedica a planear, diseñar, adquirir materiales y construir lo que puede ser su obra más representativa: Cosmovitral. Este trabajo es un mural hecho con vitrales que rodean el otrora Mercado 16 de septiembre en el centro de la ciudad de Toluca. Actualmente es un jardín botánico y el conjunto es un verdadero prodigio, una manifestación que atrae por la monumentalidad técnica y creativa y, ante todo, por la capacidad de asombrar a cualquier espectador.

Al inicio hablé de limitantes y me refería a cualquier tipo, incluidas las físicas que en este caso afectan al maestro por la enfermedad de Parkinson. No obstante, la vida no termina si el empeño creativo continua activo; por esta razón llevó a cabo su más reciente obra La gran parvada de los cuervos rojos afectado por el mal pero no imposibilitado para generar una muestra más del talento y dedicación que lo ha caracterizado a lo largo de su carrera.

   La mayor parte de su obra se encuentra en el Museo Universitario Leopoldo Flores (MULF) ubicado en el centro de la capital mexiquense y está abierta a todo el público. Para finalizar quiero destacar que el maestro se encuentra en su obra, una obra que no expresa, una obra que “dice”; es un dialogo entre los espectadores y el autor en donde se crea un vínculo sublime que tiene como cómplice al espacio y a la naturaleza: del hombre y del universo.

Imágenes: MUFL

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