PRETTY PIPOL

el

You are my sunshine… my only sunshine… you make me happy… when skies are gray… you’ll never know dear… how much I love you… please don’t take… my sunshine… away… Caminaba por el espacio arrastrando los pies descalzos, la superficie era gélida al igual que su cabello y sus labios, víctimas del invierno, y esa sensación polar y corrosiva se esparcía desde sus zarpas hacia arriba. Murmuraba aquella canción intentando recordar la voz de Johnny Cash.

Llevaba varias horas dando círculos erráticos por la habitación. Para él, aquella noche de diciembre se había vuelto eterna y ese cielo morado oscuro era el único manto del planeta, lo único que sus ojos podían concebir sin ser escupido por su mente en forma de furia. Él era la furia. Abrió la puerta del sanitario y echó una meada, no se preocupó por bajar la palanca, y su pis quedó flotando ahí. Aún tenía las líricas en sus labios, repitiendo sólo aquel verso, su voz que en otros tiempos pudo ser bella, sucumbía ahora a los excesos y al tiempo. Ya no cantaba, hablaba a penas con algo de entonación, un murmuro ronco y pausado.

Salió de nuevo a la sala-comedor –casi la totalidad de la casa era esa habitación–, donde pobremente había una mesa plástica, un par de sillas del mismo material –todo adornado con el slogan “Corona” –y un sillón individual con la madera podrida y la tela roída, apenas cubierto por un zarape con más edad que él.

En medio de la habitación giró su cabeza para encontrar unos ojos negros, con lóbulos amarillos, lagañas, desvelo. La carne a su alrededor bien pudo ser grisácea pero la ausencia de luz impedía dar cuenta de ello. Sacó del bolsillo de su pantalón una vieja Colt .22, adquirida únicamente para lo que acontecía, quitó el seguro, y elevó su brazo, seguía cantando, apuntó a aquella cabeza, disparó. Los labios que llevaban días secos, se humedecieron por la sangre que resbalaba, y aquel fluido bañó el suelo con su calor, pequeños signos de vida.

Me desperté al cuarto para las tres de la tarde. Pasé dos horas frente a la computadora, tirado en el sofá y comiendo una sopa instantánea, veía series por internet. Llamé a Ricardo. Necesitaba beber, él necesitaba beber.

            –Te contaré lo último que me pasó–, –me encontré con una tipa en el tren, se me quedaba viendo, me tiraba la onda, fue sorpresa para mí. Entonces saqué la panza, me rasqué la masilla de mis dientes chuecos y me saqué los mocos enfrente de ella.

            –Y luego

            –Su cara cambió, de sonrisa paso a asco.

            –Y luego…

            –Se bajó

            –No mames, eres mi ídolo, eres grande…

            –No se trata de eso. La cosa es más simple, ¿qué espera una chica linda cuando mira a un tipo?, les gusta el juego, tal vez ni siquiera espera que te levantes, te dirijas hacía ella, y le tires el calzón. Se puede conformar con hacerle saber que notas su mirada y le devuelvas la invitación, un juego de pendejos, decirle “mira niña, eres guapa y yo también”, “que los demás observen lo hermosos que somos”. Ella no espera que seas grotesco, nadie espera eso.

Es cierto. Pero no esperaba tener la puta razón. Simplemente así es, alguien conoce a alguien, pasa algo estúpido, y se repite el ciclo. Si alguno de los dos no es tan estúpido, se pueden pasar un buen rato en los calzones del otro, hasta que algo la cague y se repita en ciclo. Porque no importa que tan espiritual crees que sea un contacto, siempre terminan cogiendo. Exactamente igual si son 2, 3 o lo que sea.

Y crees que eso no te puede pasar a ti, a ti te gusta leer filosofía, te gusta pulir tu mente, crees que la gente efímera no pasa por ti. Repulsivo saberse uno de esos hijos de puta. Pero somos los peores, todo tiene que ser una categoría, responder a una filología, acomodarse a determinada metafísica u ontología, ser pensado exquisitamente en una borrachera. Todo puede pasar bajo la lupa de Hegel, Nietzsche, Schopenhauer, Marx, Woody Allen, Kant, Freud, Led Zeppelin, Cortázar. Te gusta dar las repuestas de lo que nadie preguntó. Vaciedad del ser. Dasein. Otredad. Übermensch. Hipermodernidad. Internet. Clasicismo. Estoicismo. Mahler. Existencialismo. Psicología. Neurociencias. Marihuana. Poesía. Surrealismo. Jersey Shore. Amas tener el control. Pierdes tu tiempo. Yo soy el Control.

No le dije nada de eso, no suelo decirlo a nadie. No me gusta hablar, no sé hacerlo. Resultó que tuve que recoger a Ricardo de su trabajo, porque se las arregló para tener un buen trabajo, sin embargo su vida no se compuso y no era su meta el hacerlo. Así que caminábamos a oscuras por varias calle de No-recuerdo-donde buscando una licorería o algo que se le pareciera. Nos acompañaba un primo suyo. Parecía que el chico conocía a mucha gente interesante y me lo demostró más adelante en la noche.

            –¿Qué cuanto traes güey? –la voz de Ricardo casi gritándome me sacó de mis cavilaciones, nos detuvimos sin darme cuenta frente a una tienda pequeña, pero bien surtida en licores, y yo me quedé aparentando mirar las vitrinas. Como no teníamos mucho dinero compramos una botella de Casi-brandy.

Repliqué por aquello, una botella para nosotros no era suficiente; ya era manía mía preocuparme por la bebida aunque hubiera suficiente. Esta vez creí que podía tener razón. Cuando salimos de la licorería me explicaron que aquel muchacho tenía yerba de muy buena calidad, lo dudé durante el tiempo que caminamos la calle hacia la parada de autobús y en el recorrido del camión. Al llegar a aquel barrio tan familiar algo de mi ansiedad se esfumó y tomé una gran bocanada de aire, intentando prolongar la sensación hasta llegar ante la puerta del tan conocido apartamento.

Efectivamente, era buena yerba. El Primo me contó que el sujeto que le vende yerba también se dedica a organizar raves –ahí puede vender más que pasto–, tan dentro de mi dura cabeza como me encontraba fue tan normal tomar al flyer del próximo evento, el cual era al día siguiente. Hasta ahí parecía cualquier cosa normal, bebiendo brandy con agua y hielo, fumando cigarrillos y chupando más de aquella fascinante plantita con buena música. Excelente música. Y me sentí relajado, excesivamente relajado. Cuando hube de darme cuenta, estaba desplomado en el sofá, con la camiseta por arriba de la barriga, mirando al techo sin saberlo en realidad. Fue cuando cayó sobre mi estomago la pesada mano de Ricardo, levantándome instantáneamente. No seas culero –dijo Primo, pero aquello fue lo que logró despertarme. Fue cuando comenzamos a hablar sin sentidos y relaté el cuento de la chica del tren al muchacho, mientras, Ricardo hacía muecas de “qué pendejazo” entre risas y sirviendo más tragos. Y el chico se rió, de mí. Me dijo lo que muchos, incluido mi amigo, ya habían replicado. Si tuvieras una buena mujer no pasaría nada de eso. Solamente soy un tipo encabronado por el exceso de carga en mis bolas. Y de su cartera extrajo una tarjeta de un servicio de prostitutas, prostitutas caras. No pregunté la procedencia, pero no era común que un tipo así conociera de donde sacar putas finas. Y eso fue todo.

Ya era el medio día. Caminaba con mi harapienta camiseta negra sin mangas, unos vaqueros con el cierre descompuesto, y unos jodidos botines que machacaban mis pies, ya de por sí maltrechos. Les contaré, mis pies parecen garras de gárgola, basta cualquier esfuerzo para que lastimen, se cansan y comienzo a resbalar por todos lados,  me hacen caminar de forma extravagante, como sea, los botines no ayudaban para nada, aunque no había más opciones, pues era el único par de zapatos sin algún agujero.

Entré a un minisuper que estaba junto a una gasolinera. Quería unos nachos, que sería lo único que comería en el día. Me encontré que el whisky estaba de oferta. Supe que iba a ser un buen día.

Me tiré sobre el colchón desnudo, ahí mismo me desvestí, y al hacerlo noté en el pantalón al flyer que el primo de Ricardo me dio la noche anterior. No me pareció tan mala idea ir. Telefoneé para encontrar la sorpresa de que Ricardo también iría.

No tengo tiempo para los problemas e historias de los niños Starbucks. Que si su vida transita la vaciedad del ser, o que si sufrimos la Otredad, que si la cosa con su noviecita se ha puesto densa pues les permite un contacto más íntimo consigo mismo. Yo qué sé. Conozco a tipos que les estalla la pinga porque les urge un coño, pero hasta pagar por un buen culo parece heroico cuando lo único que han probado desde hace días es algo de pasta rancia hervida, a penas con un poco de sal. A esos tipos qué les importa si P&G, o Google, o Apple forjan las nuevas capitales.

Pero démosle algo de crédito a aquellos, los chicos lindos también pueden tener problemas. Lo supe porque ella me lo dijo. No textualmente. Sin embargo cada palabra que salía de esa boca era un fuerte indicador de un próximo aneurisma, si ella no lo tenía seguro que su discurso me provocaría uno. Hablaba sin parar.

            –La verdad es que soy un persona muy rota –me dijo la mujer que se sentó junto a mí, no rebasaría los 20.  No lo dudo ni un segundo, pensé (¿será necesario puntuar que fue sarcásticamente?, no lo creo). Aquella chica llegó de la nada, y se sentó junto a mí, comenzó a platicar, y yo como que le seguía el juego, no puedo negar que se rodeaba de cierto encanto indescifrable para mí. Llevaba unos 20 minutos ahí, y saludaba a mucha gente que pasaba cerca, parecía que los conocía bastante bien, y bromeaba con ellos, –la verdad es que mi familia ha estado conmigo –continuaba diciendo, asentí pensando que en efecto debían ser exactamente como ella –hasta cuando dejé la universidad, pero jamás de estudiar, quiero un tiempo para pensar bien las cosas, bueno no para pensar, pero lo que me gustaría es simplemente lle…

En cuanto llegamos al lugar, que era una (excesivamente) enorme casa a las afueras de la ciudad, Ricardo y yo rápidamente encontramos a Primo, y nos presentó al proveedor, quien no dudo esté detrás de la tarjeta de “scorts”. En un desayunador de la cocina –donde se vendían cervezas en botes de papel y “cubas” de un litro –extrañamente había banquillos, y no extrañamente estaban desocupados, quienes atendían no permitían el paso a la cocina, todo se atendía desde el arco del desayunador y sus banquillos. Me senté en uno de ellos separándome de aquellos dos sujetos. Fue cuando ella se sentó pidiendo una michelada mientras yo bebía del enorme vaso de papel. Me pidió un cigarrillo y se lo extendí. Comenzó a hablar, y no quise moverme de ahí. Me enrareció el que alguien de la nada llegara y platicara con otra persona, que de la nada contara su vida a un extraño, fumamos muchísimo, y el aire se sentía mucho más fluido a pesar de las luces de colores que caían en forma de flash. La marihuana no surtía efecto. Al parecer me volvía más lucido, y por fin pregunté su nombre, Maude me dijo, y explicó que su madre era británica (sin que se lo preguntara), y tenía un hermano llamado Bill [William, supongo], quien sí terminó su carrera y ahora está estudiando un posgrado en Europa, no en el país de mamá, pero si lo ha visitado muchísimo, mi hermano sabe un chingo, está bien cabrón, de hecho en su dis…

Preguntó si estaba triste, le dije que no. Siguió insistiendo con mi humor, hasta que por fin dijo que debería sacudirme, quitar al ogro, que bailáramos un rato. Le dije que no sabía hacerlo, y ella dijo que no importaba, y sin insistir más me tomó de la mano y me arrastró a donde una masa amorfa se agitaba carente de brazos y piernas. Se movía con coordinación implícita, parecía que llevaban semanas ensayando el espectáculo. Era increíble que algo así pudiera suceder. Cada quien conocía su rol en aquello, se agitaban bailando junto a otros pero siempre ensimismados. La música, aunque buena, estaba muy fuerte, sin embargo notaba que la gente seguía hablando, o al menos eso parecía moviendo sus fauces mientras la persona más cercana sólo asentía con una sonrisa. Ahí me di cuenta que mis pies no se movían y mis brazos se agitaban como por voluntad propia en movimientos errantes y confusos, pude sentir vergüenza, hasta que supe que si los otros no se miraban ni entre ellos, menos lo harían conmigo. Realmente no miraban por más que los ojos se esforzaban. Yo no lo hacía.

De nuevo tomó mi mano y me condujo al (aun más enorme) jardín de la casa. Ahí nos tumbamos. También había un puesto de cerveza en el jardín, le pedí que me esperara y fui por dos vasos gigantes.

Rómpelo, no importa que no sepas lo que es, sólo rómpelo. Lo cierto es que al regresar tuve problemas para encontrar a Maude, en ese sitio había muchas mujeres vestidas con blusas de florecitas, suéteres largos, pantalones entubados y botines ¿las habéis visto? Toda ellas con el cabello suelto, sin maquillaje, a penas y una delgada línea de pintalabios. Pensé en acercarme a algunas y preguntar si era personas rotas, o algo por el estilo, pero me tomaría más tiempo, así que lo dejé a la suerte. Acerté.

Me senté junto a ella y le di su cerveza. Miraba siempre adelante, no a mí, y eso me gustaba. También fumaba así, sacando a veces el humo por la nariz. Dio un enorme trago a su cerveza, y dijo:

                        –Me gusta Camus.

Yo di ahora el enorme trago, –El extranjero y el mito de Sísifo, ¿no? –rompedlo.

                        –¿Cómo sabes?

                        –Una corazonada.

                        –Apenas vi Perras locas y furiosas, la adaptó al cine Alain Gronkowski, de una novela de Isaac Santillan, ¿los conoces?

                        –Ninguno.

                        –También filmó un libro de Kellog.

                        –¿Ah sí?

                        –Kellog está loquísimo, me firmó un libro cuando visité el país de mi mamá.

Ahora yo miré al frente, fumando y sintiendo el humo entre mis dientes, reconfortado por la familiaridad.

                        –Logra capturar el absurdísmo –continuaba, extasiada por sus palabras que rebotaban en mí ante la comodidad de lo ya vivido.

Puse mis labios –de los que escurría un hilito de cerveza –en los suyos. No había por qué aclarar que me gustaba. No hay mujer que no sepa si gusta o no; y decírselos sólo agrava las cosas.

Me dijo que regresáramos adentro, a bailar. Ahí fue cuando la perdí, ya que el encontrar a los sujetos con los que llegué me tope con la sorpresa de Joyitas –hemos repetido tanto el apodo que olvidé su nombre–, el eterno amor de uno de los muchachos. Un par de veces más vi a Maude, quien respondía a mis ojos meneando la cabeza como muñequita de tablero de taxi mientras bailaba y se volteaba. No busques las cosas, hay que dejar fluir las cosas ¿no?, es el lema universal de la gente de hoy. No hagas nada. El hacerlo puede llevar al fracaso, que es casi tan grave como mostrar tu miedo a lo que puede pasar si muestras interés, y por qué sufrir, si somos humanos. Permite que me lleve tu derecho a fracasar, a ser vulnerable.

Me reconfortó la idea de que ella algún día moriría. No bajo mis manos, pero lo haría. La imaginé como una striper, mejor aún. Fumando histéricamente los cigarrillos de sus clientes. Sonriendo sin ningún interés en las pláticas, hablando de su familia, de su hermano. Ahí sentí todo el golpe de la extraordinaria planta. Fue una calada inmensa, llena de otras caladas, me la invitó Joyitas. 9.30 pm. Bonita hora. Quiere decir que esto comenzó temprano, llegamos demasiado temprano. Y volví a verla bailar, sobre una mesa, junto a un tubo, con una diminuta tanga rosada y los pezones apuntándome inquisitivamente, vendiéndose por un par de billetes extra. Me gustaba esa imagen, y me pregunté ¿Cómo podría yo pagar un sitio así? Yo estaba en una de esas mesas, con un traje negro, una camisa blanca, una corbata muy delgada y negra, de seda, y Maude trepaba a la mesa frente a mí, pisando mis genitales con un zapato de plástico con piedritas de fantasía, al trepar a la mesa por el sillón de piel sintética en el que yacía Yo, como el rey del mundo. Otra calada, muy rica. Y mis brazos extendidos a lo largo del respaldo del sillón se encogían deprisa hacia mi entrepierna, y mientras ella bailaba no se callaba y seguía hablando de Kellog y su libro firmado. Y de Bill y la película que Gronkowski haría sobre él, porque he de saber que son gente interesantísima, por si no lo he notado. Bellos. MUY BELLOS. todos.

Y regresaba yo a mi casa, porque ya tenía una casa. Y le robé una tanga a Maude. Y Bill fue encontrado en una orgía con Kellog y Alain Gronkowski y dos de sus discípulos. Desparramados los cuerpos sobre varios libros de filosofía, curiosamente ordenados desde Aristóteles hasta Sokal y Kripke. Se desvelaría más tarde que fue un acto artístico, y cuando esto sucedió, las críticas cesaron para convertirse en himnos de gloria al arte, y la japonesa de los puntitos y los cabellos naranja se encabronó, y sus pelos terminaron verdes de envidia. Dame otra, Joyitas, está picosa. Después, alrededor del globo, el evento fue imitado, incluso, los de Tame Impala (sólo porque me cagan) musicalizaron una de estas recreaciones. Grabaron por dos horas mientras varios catedráticos de Oxford, Yale, UBA y UNAM follaban ruidosamente sobre libros de Cervantes, Hesse, Bonasso, Archilokovsky, Bodoqueoswski, Chairokowski y Pendejoski. Y Fulano. Y la banda terminó de grabar, y vendieron su disco, vendieron muchos discos. Después, cuando el fenómeno de las orgías, –“Métetela por mi arte”, le llamaron —se encontró en todo su esplendor, apareció un video muy mono en internet, y se olvidaron de la horchata. Y mi pantalón de traje aún conservaba la mugre huella que dejó el zapato de Maude cuando llegué a casa, y días antes de enterarme de la primera orgía.

Y me recostaba, desnudo, mirando al techo, encendiendo un foquillo que colgaba de un par de cables, apenas a 15 centímetros del techo. Pensaba en muchos nombres. Nombres de los que no me acuerdo ni estando borracho, pero sucumben ante el fatalismo del abandono y la saliva seca y semen rancio de las 3 de la mañana y su inevitable prolongación hasta las 7:22. Pensaba en sus historias, en la mía (porque la tengo), en que hablan mucho, en que yo debería hacerlo, un poquito.

Y yo estoy ahora de vuelta al jardín, con Joyitas besándose con Primo, fajando; suave. Ricardo vomita el interior de una maceta junto a nosotros. Yo fumo, un cigarro solamente. Ya no recuerdo a Maude.

Noté el lugar infestado igual que un vagón de metro, sonreí lo mejor que pude, aceptando las otras risas que se esforzaban por contagiar su buen humor. Casi estaba seguro que no era el sentimiento general, pero jamás existen alternativas. Sonaba ABBA en remixes mucho más afeminados que las melodías originales, la música es jodidamente contagiosa, puedes pararte a ser la reina del baile, media canción de esos tipos y ya casi sientes una berenjena en el tache. A unas diminutas masas de personas de distancia estaba aquella mujer, tenía la ropa forzadamente ajustada, vestida así adrede para exhibir tremendas tetas, un piel ocre, me excitaba. Me quise hacer a la idea de que aquella me resultaba familiar, podía asegurar verla en algún lado, lo que sea. Podía pararme a bailar ABBA reír con los otros y hacerme pendejo hasta hacerme con aquel vestidito verde y la fulana que lo portaba. Prefiero mirar, quieto imaginando resoluciones variadas a discusiones pasadas, algunas de muchos años atrás. Sabía desde la primera cerveza que al beber un poco tendría que seguir haciéndolo toda la noche, siempre es así, aunque los ánimos del lugar me pellizquen la piel; es la parte de atrás de mi cabeza sugiriendo que me largue, estoy harto de ella, a ratos. Qué mejor que seguir bebiendo entonces, mirando a todos lados, buscando rincones que no existen, con gente que no existe, no importará mientras haya cerveza.

Llevamos un rato aquí, mierda, ya no puedo beber más. No hace falta, ella me muerde los hombros, quiere coger, quiere que me la coja, le voy a arrancar el vestido, le comeré el coño, aún no, tenemos que terminar este desastre, que los borrachos se vayan a casa o a la cárcel. A la mierda. Que se vacíe un poco el lugar, llevarla al mío, y montarla. Siento sus dientes en mi piel, rozando y me siento observado, no me sorprendería, cualquier hijo de puta puede voltear a ver a esta cosita linda. Es maravilloso, se la quieren coger, y saben que al final sólo yo lo haré, mírenle el culo, las piernas, agasájense, da igual, son mías. Basta, las miradas comienzan a irritarme, es suficiente, pero sólo siento una, viene del fondo, es aquel fulano cara de pervertido, mierda, alguien debe arrojarle un trozo de carne, le hace falta al muchacho. No, no nos mira, tiene la mirada perdida, con su vasito de cerveza en la mano y su cigarro y su amigo meando la maceta que antes vomitaba, los ojos pelones viajando entre el tiempo, no está mirando nada, está borracho y apunto de dormir.

Aquel vestidito verde se ha ido, estuvo con un tipo de bermudas y una camisa tejida, vestido artesanalmente según la etnia de Polanco. Y yo sigo en la misma posición, no quiero beber, no quiero estar aquí, ni en casa, al carajo el protocolo, me voy.

Llego a casa, llevo tiempo ahorrando para esto, me pagaré un par de coños, que vengan. No, la verdad es que he llamado desde antes, desde antes de llamar a Ricardo al medio día, y después de notar que la tarjeta de scorts estaba pegada al flyer de Primo. Y yo ya tenía que estar aquí, llego unos 40 minutos antes de que ellas así lo hagan. Me gustan las putas, me hacen sentir un poco más cómodo. Como uno de sus hijos, un motherfucker if you know what I mean. Jeje. Pero no pasa mucho, lo usual, lo inerte, y ahora sí llegan los nombres, los cuentos, las cuentas, el trabajo (porque tengo trabajo), y veo a Maude, a Bill, a Ricardo, a Primo, a Joyitas, a La Mengana de Verde y al Tipo, a la casera que siempre viene con la falda cuadrada arriba de la rodilla mostrándome unas enormes venas verdes y azules y se sienta cruzando la pierna, mi cuenta bancaria, y mi biblioteca personal, y al cabrón que vende cerveza fría en la tienda de la esquina y quien siempre quiere hablar de futbol y lo oigo porque invita las cerveza, y a Kellog, a Camus, y al vecino de abajo quien viene a jugar ajedrez y hablar de pintura y a quejarse y lo escucho como a todos, siempre escucho bocas y pelos y dientes y ojos y orejas, y a la chingada con todo y su puta madre, y no me quiero venir. Me visto, cuidadosamente tomando los aditamentos de uno de los cajones de mi habitación. Las prostitutas quedaron desnudas y confundidas, mientras las ignoraba y cruzaba el umbral de la puerta, hacia la pequeña estancia, tratando de recordar la canción de Johnny Cash. Me quedé algunas horas, deambulando por ahí, pero aún no se cumplía ni una cuando las mujeres de prepago decidieron marcharse. Tiré una meada tiempo después. De mi pantalón extraje aquella arma, cuyo metal era más cálido que mi piel, y apunté a algún lugar de mi cabeza.

Jalé.

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