FILIA

el

–¡Santo dios!, ¡Cristo! –gritaba Lisa hacia las luces apagadas, con un negligé a media lonja y con un culo enorme y precioso. – ¡Mierda!, ¡Ay mierda! –seguía pujando ella.

Su esposo se encontraba en un sanatorio mental; al menos así llaman a esas mierdas. Lo tenía ahí por ser un pésimo alcohólico, se emborrachaba con una cerveza diaria y hacía estupideces. Así que a un tipo llamado Psiquiatra, y a Lisa, no les gustaba aquello, dijeron que algo así no lo hacía una linda florecilla como todos nosotros lo somos. Y lo encerró.

La verdad nunca le gustó del todo aquel cabrón, él no le gustó; le gustaba su imagen, el contorno de un cuerpo musculoso y delimitado por la gracia de un Pelo en Pecho Barba Partida. Un Clint Eastwood de Lomas Jodidodeldefe dedicado a estafar pendejitas emocionadas con promesas de fama, de esos que se ligan a las edecanes del oxxo con juramentos de un trabajo –vago– como modelo. Esa pinche vocesota que a quién hubiese hecho pensar que, la pura verdad, tiene un pitito. Para después del rato que pasó hasta que cogieran, unas caguamas y un fajesote que con mamazo en un baño, ya estaba enamorada del zoquete.

Ya empanzonada, un par de meses, el tipo se la llevó a un cuartito de Azcapotzalco, y toda su comida fue pagada con los cuernotes que le pintaba el marido. Cuando se llevaron a su gordito Lisa sintió que el culo la abandonaba, cómo se le antojaba su pancita de Don caguamero, su bigotito mal recortado, le recordaba al Chapo, hasta sus nalguitas peludas le parecían algo digno de rememorar en la chambritas que se tejía en el baño. Todo se le reacomodó cuando se la reacomodaron detrás de una alacena grasosa y apestosa a papas con longaniza de días atrás; la cosa se puso interesante después de un partido de las Chivas Rayadas de Guadalajara, con su respectivo cartón de cerveza negra helada. Tras un par de tazones de chicharrones con salsa y limón una cosa llevó a la otra, algo así como que Lisa se agachó para recoger un vaso roto junto a la mesa, y El Güero arrimó una dura erección a una falda cuadrada negra.

Los hombres somos estúpidos porque morimos por cosas estúpidas. El nombre, el amor, el honor, el poder, el sexo, la misma hombría; palabras que son como mierda en el retrete. Las mujeres conservan el instinto de la sangre.

La sangre llama, grita fuerte como una perra en brama, gloriosa y altiva. La sangre derrama ganas de coger. Sale del chocho buscando cabecitas duras, los huele, los enlama, y extrae todo lo suyo en forma de semen. En esa cara desastrosa, con unas poquitas marcas de acné, encontró un parecido animal a un perfil de macho, una sensación idiota en brazos flácidos, un culo de no mayor mérito, pero eso sí, una pinga de tamaño, pues por lo menos decente. Un poco más güerito, eso sí, el carnal de su marido.

Al Güero como le encantaban esas nalgotas de instructora de pilates del DIF local, y se hacía remenso con el cómo pasó todo. Jura por su sagrada morenita (su madre) que ni se dio cuenta de cuándo sucedió. Qué va que él le hubiese masajeado el culo tras el arrimón, que se la llevó (flojita y cooperando) a la cocina, que tiraran el agua del perro, que le temblaba la mano cuando le acarició los duros pelos del coño, que casi se viene cuando Lisa le metió un dedito en el culito. Ni hablar de las mamadas.

El señor psiquiatra no daba fecha para cuando soltar al Alfredo. ¿Y quién chingados si no ella pagaba las cuentas? La sagrada madrecita ya estaba hasta los huevos de aquel hijísimo de la chingada, con todo respeto. Y lo terminó por mandar a un pueblillo en el ogete del diablo, a darle al campo, decían. La pensión del marido no era eterna. Pensión era el nombre de etiqueta para el guardadito de un par de cientos de miles que la familia juntó con varias bodegas de piratería. Las putas y los vicios se la chingaron, Alfredo la remató.

Así que Alfredo está sentado en una esquina de un cuarto de paredes de cal, techos de aluminio y otros 15 cabrones. A veces un gordo de labios enormes, apodado el Sapo, lo recostaba boca abajo, le abría las patitas, y se la deja ir entera. Enfrente de todos, eso sí, a la nena del sapo nadie la toca. Le gustaban toscos.

Simultáneamente, su carnal acaba de pasar la lengua por la raja del culo y el ogete de Lisa; humedeciendo todo antes de tener sexo anal. Alfredo chillaba y Lisa se agarraba las tetas; les mordían las orejas, los nalgeaban, unos azotes en la espalda, hasta con cariño los trataban. Dos tres veces por semana. Ya diario. La más dulce manifestación histérica, el sexo sucio. Buen sexo.

No pararon aunque el Güero ya se sentía el papá de los sobrinos, les pagó reyes y una “vacaciones” a un balneario de Hidalgo. No le bajaban aunque dos que tres veces casi los cachan; una de esas aquel flaco salió corriendo al baño antes de que su mamá entrara a la casa, haciendo como que tocaba ducha se metió a la regadera con el agua helada, y gritó como idiota cuando descubrió que “se le olvidó la toalla”. Y hay, pinche Güero, sí lo único que sacaste a tu hermano y a tu padre fue lo pendejo, m’ijo, ahorita te la mando con Lisa, tápese bien cabrón, nada de que le anden viendo los pelos amarillos de los huevos. Y Lisa, como que jugando a darles de comer a los chamacos y como que acomodándose la tanga, hacía caso a la suegra. Entró al baño, y la pinga güera de aquel se quedó bien emocionada, con media mamada junto a la taza de baño.

Pasao un rato y Lisa, que vivía a unas calles de la suegra, se dejó convencer de arrimarse a un cuartito de la casa (aunque prácticamente ya vivía ahí), por el bien de los niños, que estén con la familia.Pa’ que no salgan como al Alfredo, que la virgencita me lo cuide mucho. Porque ay m’ijo, salió igual de cabrón que de pendejo.

No’más se dormía la señito, y Lisa se iba con el Güero, y chínguele y chínguele. Cómo no se iba a clavar el güerito, verdad de dios que salió bien menso. Y del pinche Alfredo todo el mundo se olvidó. No fue más que un cuadro de fotografías, de esos que tienen 6 caritas del mismo bebé enmarcadas en burbujas con fondos de Disney.

Lisa también se enamoró. Fue hasta que dejó de ver el contorno del marido, y le agarró cariño a los cachetes cacarizos de su amante. Él no la trataba como su hermano, la acariciaba, la besaba, y ella le dejaba entrar por el culo. Lisa le decía, casi siempre después del sexo, que se iba a encontrar a una niña de su edad, y se iba a enamorar, e iba a continuar su vida. Que lo hiciera, que tuviera una novia para presentársela a su mamá. Y el otro no’mas se mordía los labios, hacía churrito su lengua y se quedaba calladito, abrazándola y sobándole una nalga. Porque ella, pinche flaquito, te quiero cabrón, tú no eres ogete; y le levantaba el ánimo, y se ponían a coger otra vez. El negligé y las tangas que le acababa de comprar (por ser “aniversario”) quedaron perdidas bajo la cama y entre las colchas. Le pasaba la mano sin pena por la celulitis, y Lisa ni chistaba. Se olían los pedos y se reían; en su situación, era obvio que preciaran el sudor y aliento matinal del otro, sólo un par de veces pudieron compartirlo, nada más.

Y mocos, ya la tenían bien pensada. A la madre, a su señora madre, le iban a contar que el Güero iba a responder por los chamacos. Se iban a juntar por las buenas, hasta una alucinación post-coital les presentó una boda de esas que duran días, con barbacoa, tamales, carnitas, tíos y padrinos borrachos y madreándose, pulque y mezcal. Un terreno a las orillas de la Gustavo A. Madero, sería una solución plausible para hacerse una casita, hasta quería buscar una buena chamba aquel flaco. De todas formas él ya los vestía, y alimentaba. La Lisa planchaba duro y duro sus camisas, le ponía con todo sus tacos, y le pegaba unos buenos consejos a su nuevo viejo.

Los platos y vasos quedaron guardados, forrados en periódico viejo y empaquetados. La ropa en maletas y cajas de huevo. Los muebles vacíos. Y alguien decidió regresar.

Entró por la puerta de enfrente. Con cotidianidad, con costumbre, con extrañeza por mirar su vida preparada para ser removida de aquella casa. No prendió la luz, entro así nada más. Los ojos sí los abrió, Lisa abrió la boca, mientras se le escapaba el culo, se le escurría el suelo y algunos fluidos, parada en el marco de la puerta de la habitación mirando a Alfredo de regreso, sin que este notara su presencia. El Güero sí la vio, de reojo, mientras sudaba y gritaba y se venía, con las patas en las orejas y con el pitito de Alfredo, rojo y viscoso, en su ano.

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