Arlene

Por fin llegó el paquete, venía en una caja de cartón, casi soldada con cinta canela, como niño en navidad -¡pinche navidad!- usé mis dientes para abrirla, rasgué la cinta canela  a mordiscos.

      Ahí estaba, reluciente, con su cuerpo de caoba. La acaricie y le di un besito, me eché hacia atrás casi acostándome en el sofá, la coloqué en el muñón, fijé los broches perfectamente y, con varios esfuerzos, me logré poner de pie. Por fin mis Levi’s lucían mucho mejor, mi torso parecía más estilizado, ya no se encorvaba; sólo había un problema con mi hombro derecho, el cual se hacía ligeramente más alto que el izquierdo. Intenté dar un par de pasos y me tambaleé… ¡maldita sea!, algo tenía que salir mal, un par de  centímetros más grande eran los culpables de mis conflictos para caminar. Tampoco mi postura era natural, pero el reloj ya marcaba cuarto para la seis y Arlene no tardaría en pasar, le bajé a los guitarrazos de  Foo Figthers  y abrí la puerta.

      Coloqué la pierna de madera encima de un tabique para que no se notara el desnivel, con las manos cruzadas, me recargué en el marco de la puerta. Era la primera vez desde el accidente que me atrevía a salir, ya estaba harto de la ventanita de treinta por treinta centímetros, que sólo me volvía cada vez más miserable; pequeño refugio cuadrado, umbral hacia mi gloria, durante mucho tiempo fue mi visión hacia la esperanza, no obstante  me hiciera sentir mayor complejo. Ahora estaba más seguro, podía explicar mi ausencia con un viaje a Paris o algo que la sorprendiera. Allá venía, hermosa como siempre, deslumbraba cada paso que daba, pasó cerca de mí.

     -Buenas tardes.

    -Hola. Contestó con el ceño fruncido. Era martes, me puse de plazo el sábado para invitarla a salir, en esos días pondría la pierna del mismo tamaño además de practicar y que así pareciera natural al caminar.

   Busqué una lija y tallaba a diario después del mediodía, siempre con cuidado, y me la probaba seguido. Tenía miedo de pasarme y entonces el daño hubiera sido irremediable.

Arlene

     Había llegado la tarde del viernes, eran cuarto para la seis y Arlene no tardaría en pasar, era mi oportunidad para lograr un diálogo de mayor  confianza y  crear un preámbulo para mañana invitarla a salir, la pierna ya estaba perfecta,  ya me había acostumbrado más a ella, o al menos ya caminaba con mayor facilidad. Me puse una camisa tipo polo, de color azul. Me veía serio, más formal, sin dejar de parecer juvenil, Arlene pasaba siempre a esa hora porque compraba ingredientes para la cena de alguien, supongo que para su padre, seguro llega cansado de trabajar y pues una hija tan atenta como ella le debe preparar una gran cena.

     -Buenas tardes, ¿cómo estás?- Me miró desconcertada, el labio inferior le temblaba, una gota de sudor corrió por su frente.

     -Bien gracias… disculpa llevo un poco de prisa- Sentí decepción, no lograba articular palabra, sentía las manos sudorosas y un extraño dolor abdominal, un silencio nervioso nos envolvió, hasta que una amable disculpa lo rompió.

     – Tengo que comprar algo para preparar la cena, ¡nos vemos!

     -Vale, con cuidado- Sonrió, sentí que sus dientes me encandilaron.

     Era el gran día, aquel “nos vemos” me daba esperanza, en realidad ya todo me daba esperanza. Me puse una camisa de color azul que me había regalado mi madre, me peiné con gel, me puse mis levi’s preferidos. A lo lejos, entre el roce de la ropa, sonaba We are the champions, de Queen. Cuarto para las seis. Salí, abrí la puerta y me dispuse a esperar, este tiempo valió la pena porque nunca me vio lisiado, en ningún momento se dio cuenta de mi inferioridad, de lo miserable que fui: una persona en total decadencia, la cual sólo servía para ser un parásito, para ser la peste de cualquiera que se encuentre a su alrededor .  Fue un nuevo capítulo en mi vida, fue un parteaguas. Salí con la seguridad de un gladiador cuando sabe que la batalla está prácticamente ganada; pero dieron las seis, luego seis y cuarto y luego la media, Arlene ni sus luces.

     Cuando daba por perdida la esperanza a lo lejos la miré, empujaba una silla de ruedas, su mirada había cambiado, tenía un peculiar brillo, su aspecto era más relajado, el viento acariciaba su pelo con delicadeza, cada paso que daba era acorde al paisaje, era perfecto y estaba coordinado con los latidos de mi corazón. Creo que había decidió traer a su padre, a medida que se acercaban, notaba los rasgos de quien iba en la silla. ¡Era imposible que fuera su padre!, era demasiado joven…tan joven como ella, debe ser su hermano. El tipo tenía mal aspecto, pero ella lo cuidaba con demasiado cariño, debía estar amargado por ser inválido. Todos los lisiados están amargados. Al tipo se le había caído un celular, justo en la entrada de mi casa, yo estaba desconcertado, no pude saludar, ella paró la silla de ruedas y se lo entregó.

     –Cuidado amor, que se va a descomponer pronto por tanta caída.

     Cerré la puerta con toda mi fuerza, me tumbe en el sofá, quite los broches, lancé la pierna contra el espejo ¡pinche pierna de mierda! Pediré el reembolso, no sirve para ni madres.

Por Rubén Vázquez

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