Mi interior

No puedo imaginar lo que la gente percibe de mí en cuanto la puerta de mi casa se abre. Sé que el olor les llega hasta la nariz y aunque sonrían y me saluden sé que por dentro piensan que me veo descuidado. Y yo sé que estoy más que descuidado. No he recogido mi habitación desde hace meses, la ropa se acumula en montones de suciedad, y la cama tiene las mismas sábanas sucias de sudor desde hace dos meses. Mi imagen no es muy diferente, desaliñado, mi cabello grasoso cae sobre mi frente en una posición que no ha cambiado en días, mi rostro tiene acné a pesar de haber dejado la pubertad hace años, mi nariz y frente brillan cuando la luz me da en el rostro, y tampoco he cambiado la ropa que llevo puesta.

            Mis sandalias sucias, mis pies negros, la misma ropa interior con manchas de orina. Y no estoy deprimido. Conozco la depresión a la perfección, no estoy triste, ni me quiero suicidar. Si supieran que ahora más que nunca tengo ganas intensas de vivir. Cuando vienen de visita mi tía o mis primos trato de esconderme en mi habitación, para evitar las miradas de lástima que me dedican, evitar las preguntas de: ¿Cómo has estado? ¿Seguro que todo va bien en tu vida? ¡Claro que todo va bien! Simplemente me estoy acostumbrando a este nuevo yo, a esta nueva etapa de mi vida, a este ardor que sufro por dentro todas las noches, a ese mal olor que no me abandona desde aquella noche…

            Y es que dejé de ducharme para que al menos creyeran que la pestilencia viene de mi cuerpo sucio y no de lo más profundo de mi ser, si yo hubiera sabido que al asesinar a un bebé el alma se pudre no lo hubiera hecho, pero ahora tengo que ser consciente de esto. Mantengo la boca cerrada y aún así siento como las moscas vuelan entre mis dientes y cosquillean mi garganta. Y la única vez que tomé el valor de vomitar los gusanos me dieron más nauseas que tranquilidad.

            Ahora entiendo eso que dicen, que los asesinos no tienen alma, y espero que la mía abandone pronto este cuerpo, no soporto más la podredumbre. En las noches sueño con el bebé, tan frágil y débil en mis brazos, tan pequeño e indefenso, y veo como su pequeño cráneo se rompe al tocar el piso, y escucho mi risa al levantar al bebé muerto, los ojos semi-abiertos, la sangre saliendo por sus pequeños oídos. Que bebé tan estúpido. Aún recuerdo el sabor de su sangre en mis labios y la forma tan triste en la que tuve que abandonar el cuerpo, todo por culpa de la señora que me vio desde el otro lado del río.

            Cuando bostezo las moscas salen volando y revolotean por mi habitación. Es un nuevo día, y siento algo diferente en mí, como si algo hubiera cambiado. Camino entre los montones de ropa sucia y entro hasta el baño. La casa está vacía, como casi todas las mañanas. Hice mis necesidades, pero en esta ocasión en lugar de orina lo que salió de mi miembro fue un gran chorro de un líquido café y espeso. Lo ignoré, ya no me sorprendía nada de eso. Pero lo que me llevó un buen susto fue mi reflejo, todo estaba igual que antes, menos mis ojos. Ya no eran del color café que solían ser, sino que ahora eran completamente negros, como dos cuencas vacías. Y vaya, ahora lo entendía: Los ojos eran el reflejo del alma y la mía por fin había desaparecido.

Jorge Alberto Muñoz Santana. Escritor mexicano (Guadalajara, Jalisco, 1994). Estudiante de la licenciatura en letras hispánicas de la Universidad de Guadalajara. Realiza sus prácticas profesionales impartiendo un taller de literatura negra en la Preparatoria 5 (UdeG).

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