Pizarnik y sus cartas a Cortázar

Alejandra Pizarnik nos dejó un legado poético invaluable, con una vida complicada pero con palabras admirables. Alejandra no pertenecía a este mundo, como  ella misma lo declaró; es más,  se fabricó un mundo dentro de  su poesía, vivió para ella y murió para ella.

Influida por los poetas franceses, esos poetas malditos con esas vidas revolucionarias, vivía como uno de ellos… era uno de ellos, se volvió un ícono en la poesía argentina; inmediatamente después de su suicidó, había mujeres que escribían como ella, hasta se comportaban igual.

El suicidio de Alejandra sin duda magnificó el mito de esta poeta, acrecentó ese misticismo del poeta maldito. Encontró su lugar en el silencio, en la soledad, en la noche.

Siendo amiga de Cortázar, intercambiaban correspondencia continuamente, las más interesantes son quizá las de antes de que Alejandra se quitara la vida, aquí unos fragmentos:

Pizarnik

Me excedí, supongo. Y he perdido, viejo amigo de tu vieja Alejandra que tiene miedo de todo salvo (ahora, ¡Oh, Julio!) de la locura y de la muerte. (Hace dos meses que estoy en el hospital. Excesos y luego intento de suicidio -que fracasó.

Cortazar

Mi querida: Tu carta de julio me llega en septiembre, espero que entre tanto estás ya de regreso en tu casa. Hemos compartido hospitales, aunque por motivos diferentes; la mía es harto banal, un accidente de auto que estuvo a punto de. Pero vos, vos, ¿te das realmente cuenta de todo lo que me escribís? Sí, desde luego te das cuenta, y sin embargo no te acepto así, no te quiero así, yo te quiero viva, burra, y date cuenta que te estoy hablando del lenguaje mismo del cariño y la confianza -y todo eso, carajo, está del lado de la vida y no de la muerte.

Quiero otra carta tuya, pronto, una carta tuya. Eso otro es también vos, lo sé, pero no es todo y además no es lo mejor de vos. Salir por esa puerta es falso en tu caso, lo siento como si se tratara de mí mismo. El poder poético es tuyo, lo sabés, lo sabemos todos los que te leemos; y ya no vivimos los tiempos en que ese poder era el antagonista frente a la vida, y ésta el verdugo del poeta. Los verdugos, hoy, matan otra cosa que poetas, ya no queda ni siquiera ese privilegio imperial, queridísima. Yo te reclamo, no humildad, no obsecuencia, sino enlace con esto que nos envuelve a todos, llámale la luz o César Vallejo o el cine japonés: un pulso sobre la tierra, alegre o triste, pero no un silencio de renuncia voluntaria.

Sólo te acepto viva, sólo te quiero Alejandra. Escribíme, coño, y perdoná el tono, pero con qué ganas te bajaría el slip (¿rosa o verde?) para darte una paliza de esas que dicen te quiero a cada chicotazo.

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Un tiempo después de estas cartas Alejandra se quitó la vida.

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