LA INMORTALIDAD LITERARIA: CANCIÓN DE TUMBA DE JULIÁN HERBERT

Por Christian Anguiano

En ciertos versos novatos se encuentra esto: “Desprenderse de la muerte después del alumbramiento es equiparable a un camino insufriblemente ilógico”. Sabemos, por obviedad (aunque a algunos les cueste este desengaño mental), que el nacimiento conlleva una muerte desde la primer bocanada de oxígeno. Cuando el maestre de Santiago don Rodrigo murió allá por el lejano siglo XV, su hijo le compuso una serie de coplas que pasaron a convertirse en la obra más conocida e importante de la poesía prerrenacentista española. Don Rodrigo quedó inmortalizado, a manera de metempsicosis, gracias a la pluma de su hijo Jorge Manríquez: su padre estaría vivo cada que su recuerdo fuera traído por alguien al leer esos versos.

            Nikos Kazantzakis llegó a decir alguna vez que “había decidido ser escritor para que mis muertos no murieran conmigo”. La transgresión de esas almas, de esos muertos, se obtiene por distintos medios y uno de ellos es la literatura. No por nada la memoria (y la muerte) de la madre de James Joyce quedó cubierta y expuesta, a la vez, por Stephen Dedalus, su alter ego joven y personaje central del Retrato del artista adolescente y del inicio de Ulises, quien se rehusó a cumplir la última petición de su moribunda madre.

            Lo mismo sucede con Julián Herbert, poeta que ha incursionado en la narrativa con algunos cuentos y novelas, entre ellas, Canción de tumba (2011): un testimonio a manera de bitácora de enfermedad de la madre del escritor. Las noches en vela al inicio de la paternidad se vuelven una canción de cuna para el recién nacido a la espera de que su vigilia sea calmada por la duermevela que conduce al sueño. Pasa todo lo contrario con la metáfora de canción de tumba, que busca la paz en ese ocaso de la vida.

            Guadalupe Chávez Moreno (o Vicky o Juana o Marisela Acosta, el problema apelativo y de identidad se repite a lo largo de la novela), prostituta y madre de Herbert, quien se hace llamar en repetidas ocasiones hijo de puta –y el derecho tiene de hacerlo–, es el alma de la obra, aunque no el motivo central de la novela. La leucemia de su madre es lo que dio paso a que el escritor se decidiera a contar ese proceso de lenta muerte e incrustar retazos, flashbacks y fragmentos de su (cruel) vida pasada y la de su familia que se encuentra unida por la figura de la madre. La pregunta es crucial en el momento de la escritura: ¿qué pasa si mamá no muere?

            A pesar de la infancia salvaje que sufrió el narrador, en ningún momento aparece la culpa como un tema. Ese sentimiento inexistente queda remplazado por el amor que rara vez es tocado en una novela: el amor entre madre e hijo. Nadie se queja de la situación en la que viven, no resulta un conformismo pactado ni es un hoyo en el que se hunden los personajes, sino que ambos se sirven de apoyo para no caer más gracias al determinismo que parece ineluctable. El hartazgo sí es un tema definitivo, no sólo en esta novela, sino en la obra de Herbert que pretende demostrar ese hastío social en un México lleno de angustias donde las clases bajas tienen que sucumbir ante los malos tratos y el menosprecio de los otros.

“Mi madre no es mi madre. Mi madre era la música”, sentencia Herbert en varias páginas de Canción de tumba y no es que lo diga por mero azar y marcar un leitmotiv en la historia de la novela: Julián Herbert se basa en la musicalidad para dar un ritmo (des)acompasado –en ocasiones melancólico, en muchas otras, alucinante– a su prosa que pretende desmenuzar un tema cliché (como lo es la muerte) y volverlo lírico. No es casualidad que la gran mayoría de las publicaciones de Herbert sean poemarios corrosivos que pretenden denunciar a la cultura pop y deconstruir el interior de la sociedad en la que vive. Su prosa resulta poética y, a pesar de que no se vale de cuantiosas figuras retóricas como pasa con la poesía, mantiene la musicalidad en cada línea.

Canción de tumba, más que una novela autobiográfica, es un viaje espiritual al interior del alma de un futuro poeta cuya vida pareciera estar destinada al fracaso y que, sin embargo, debido a las decisiones tomadas, termina por entregarnos una obra en la que busca la reconciliación con su pasado, a través de la memoria (su segunda madre), y con aquellos que lo rodearon (o no) para volverlos inmortales a manera de tributo (o condena); es una experiencia de entrar al cuerpo del enfermo y esperar a que no se convierta en cadáver; es un recorrido por la vida bohemia, la música, la cocaína, la paternidad, el sexo; es la búsqueda de una catarsis liberadora que sirva de redención; y, más que nada, es recordar que no todo termina con el último suspiro, ni con un punto final.

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