Ella

Para ‘ella’, gitana enigmática
y errante de la vida.

  El joven llevó el cigarro a sus labios, accionó el humo y lo retuvo en sus pulmones. La vista frente a él le inquietaba. Era un atardecer de diciembre, hacía viento pero no era tan frío, aunque eso no impedía que sus brazos desnudos y tatuados se enfriaran. No la veré de nuevo. Exhaló el humo y volvió a llevarse el cigarro a los labios. Una parvada de pájaros pasó volando hacia sus árboles, donde pasarían la noche, y el joven los observó en silencio. El pasto estaba húmedo y sus glúteos ya estaban mojados, pero eso no importaba. ¿Cuántas veces se había mojado en el pasto con ella? Y ahora no volvería. Pero no lloraría, no derramaría ni una sola lágrima por ella, tal como lo prometió el día que se conocieron. ¿Hace cuánto de eso? ¿Apenas un mes? Él la había tenido en sus brazos, en sus labios, su perfume en la almohada al despertar… y ahora ella estaba lejos.

El cigarro se terminó y lo aventó con los ojos cerrados. Se recostó en el tronco; nadie podía verlo ahí, en un enorme parque, rodeado de árboles, estaba solo. Y no lloraría por ella. El sol estaba ocultándose y con los ojos cerrados pudo sentir que la temperatura descendía. Estiró la mano y buscó a tientas su mochila, cuando sus dedos hicieron contacto con la tela abrió los ojos, buscó dentro y sacó el cuaderno que alguna vez fue de ella.

Era un pequeño cuaderno reciclado con una portada que ella había dibujado con acrílico. La portada era una mujer morena bailando con una sandía en los brazos. Cuando él lo vio por primera vez no pudo evitar reír y ella lo miró con recelo. Pero no se reía de ella, se reía del hecho de que la mujer bailara con una sandía.

-¿Quién necesita un hombre? – fue la respuesta de ella, mientras le quitaba el cuadernito de las manos. Esa tarde, horas después, ella había olvidado su pequeña molestia y le había regalado el cuaderno, él lo hojeó y al darse cuenta que estaba vacío cuestionó el porqué. – Un día lo entenderás.

Y ahora, en el parque, con el cuaderno vacío en la mano, cambiando de una hoja a otra, seguía sin entender el porqué. Pero ese cuaderno no era lo único que ella le había obsequiado. También había dibujado un separador, era un arcoíris y unos símbolos extraños.

Estaban en la cama de él, desnudos, y ella se puso de pie, sus caderas se movieron al mismo ritmo que su cabello en la espalda, buscó entre sus cosas y sacó el pequeño pedazo de cartón. Se lo tendió y él con una sonrisa exclamó:

-Pero sabes que no leo – Ella subió a la cama y se sentó muy cerca de él – Además, ¿un arcoíris?

-¿A quién no le gustan los arcoíris? – respondió ella.  Después lo besó en los labios y lo abrazó durante unos minutos, sin decir palabra. Él era feliz con ella, ella era ella con él. Y mientras los dos fueran algo, todo estaba bien.

Guardó el separador dentro del cuaderno vacío y encendió otro cigarro. La luz del sol estaba por desaparecer, pero ninguna desaparición era tan inquietante como la de ella. Un mes, una relación corta, extraña y llena de magia y misterio. El joven tomó la mochila y sacó el tercer obsequio. Era un casete. No había visto uno desde su infancia, la caja estaba adornada con un dibujo. Era una luna y un sol, formando un eclipse. La cinta tenía escritas las palabras: La música del espacio. Esta vez él no rió y ella lo agradeció. Y ¿Qué fue? Esa noche ella lo invitó a ver las estrellas, se tiraron en el pasto y ella lo enseñó a ver con los sentidos. El cielo estrellado estaba ahí desde antes que ellos, desde antes que la tierra misma, y seguiría ahí en un futuro, cuando todo terminara.

Días después, cuando él consiguió una grabadora para escuchar la cinta descubrió que estaba vacía.

-¿Alguna vez has escuchado música en el espacio? – esta vez fue ella quien se rió, y él con una sonrisa torpe negó con la cabeza. La tomó entre sus brazos y la besó, la llevó hasta la cama y le hizo el amor como nunca antes.

Aspiró el humo del cigarro y lo retuvo. Frente a él llegó un perro negro y vagabundo. Lo observaba con ojos de tristeza, se acercó hasta él con miedo de que el joven le lanzara piedras, pero él observó la trayectoria del animal. Pasó una mano por la cabeza del canino cuando este se tiró junto a su mochila. Sin decir palabra, sin emitir gruñidos, los dos estaban ahí, bajo un cielo que se tornaba oscuro, los arboles se movían al ritmo del viento.

De repente se escuchó otro ruido a lo lejos y el perro giró su cabeza en esa dirección. El joven también, pero no percibió lo que sin duda el animal sí, pues este se puso en cuatro patas y salió corriendo. Y el perro se fue como ella se fue. Como el sol acababa de irse, y como el día se iría para dar paso al mañana.

Y junto a él estaba el cuaderno en blanco, el separador sin motivo de vida y la cinta vacía. Y él entendió que ese era el motivo inicial. Marcar su ausencia. Una portada llamativa de un cuaderno que no decía nada, un pedazo de cartón que nunca señalaría el capítulo de ningún libro, y un casete que nunca reproduciría un sonido que no fuera estática. Y ella no estaba, ella se había ido y solo había dejado un poco de su existencia.

No la veré de nuevo.  Y era difícil aceptarlo pero así era, así como el cigarro se terminó, como el sol se ocultó, como el perro se alejó, así ella se alejó de su vida. Cerró los ojos, no lloraría por ella, y al abrirlos todo tenía una perspectiva diferente.

Efectivamente en el cielo no había sol, pero había una enorme y redonda luna rodeada de estrellas, la colilla del cigarro yacía a su costado, pero dentro de su mochila había una cajetilla repleta de ellos, y eso que se acercaba con los ojos brillantes era un gato de pelaje blanco. El joven guardó los objetos en la mochila, se sacudió el trasero húmedo y miró alrededor. Había pasado la tarde ahí, sentando, pensando en ella, sin darse cuenta que esos momentos no volverían. Pero eso no significaba nada, y vio que había entendido mal.

En el cuaderno buscaría una historia que escribir (Tal vez alguna con mujeres y sandías en ella), encontraría un buen libro que empezaría a leer donde guardaría el separador y se encargaría de encontrar las mejores canciones que él relacionara con el espacio y las grabaría en el casete. Y ese fue el verdadero motivo de que ella pasara por su vida, para crear algo nuevo en él.

Se puso la mochila en la espalda y caminó de regreso a su departamento. Antes de salir del parque observó que una figura lo seguía de cerca. Se giró con calma y vio que se trataba del perro. Sonrió.

El perro regresó, el sol regresaría, él volvería a fumar y ella… bueno… ella ahora estaba escuchando la música espacial.

 

Jorge Alberto Muñoz Santana

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