Grizzly Man, el hombre al borde de sí mismo

El cine documental, aun siendo un género bastante difundido, es uno de los menos vistos. Su propio nombre nos predispone a pensar en estadísticas y realidades crudas; en asuntos totalmente opuestos al goce de perderse en una buena película. Existen, no obstante, algunos cuya mirada —lejos de ser fría— se aparta de las guerras, los conflictos ambientales y las biografías para enfocarse en los recovecos más oscuros del ser humano. Justo así es Grizzly Man, documental estrenado en 2005 y dirigido por Werner Herzog. 

Centrado en la vida de Timothy Treadwell, gran parte del documental consiste en grabaciones realizadas por el propio activista durante sus expediciones a Alaska, donde pasó trece veranos conviviendo con osos grizzly. La conexión entre Treadwell y los osos impacta: sostiene con ellos la distancia que cualquiera mantendría con un perro. Los toca, los nombra, es testigo de feroces peleas sin asustarse. Esta cercanía contribuye a crear una atmósfera de suspenso que contrasta a la perfección con la banda sonora suave y arrulladora.

Debo decir que no estamos ante una historia inspiradora estilo Gorilas en la niebla. En las grabaciones hay mucho más que un canto a la naturaleza. Con cada clip se completa el retrato de un hombre con un alma tan escarpada y tumultuosa como el paisaje ártico sobre el que Herzog desliza su cámara. Éste encuentra en él a un actor fallido de su propia vida, quien solo puede aspirar a encontrar sentido rebasando los límites de su propia humanidad.

Entrevistas con expertos y amigos del “entusiasta de osos” nos ofrecen distintas perspectivas. Algunos lo llaman loco, otros lo ponen en un pedestal, pero ninguno es juzgado. Tampoco olvidamos que estamos ante seres humanos: Herzog entabla un cálido diálogo con todos sus entrevistados y sus preguntas punzantes los llevan al tope de sus emociones. A base de silencios y close-ups sutiles, la cámara respira, se mueve al ritmo de cada respuesta. Mientras tanto, nosotros dejamos atrás las escenas sintiendo que conocimos íntimamente a todos los involucrados.

Aun cuando el director no consigue ver más allá de la “abrumadora indiferencia de la naturaleza”, el intento por comprender a Treadwell es honesto. Herzog se dirige a él como un colega y trata sus rodajes como arte: a veces detiene su narración para contemplar unos matorrales en el viento o las patitas de un zorro rasgando una tienda de campaña. Tal vez no apruebe las acciones del activista, pero nunca nos permite dejar de admirar su belleza.

Finalmente, Grizzly Man no es sólo la trágica historia de un individuo. El documental es tanto una oda al arte de dirigir como una crítica al severo salvajismo de la sociedad, capaz de empujar a muchos a un punto de quiebre donde ya es imposible el regreso. Este film, tan inquietante como hermoso, es excelente para acercarse al trabajo documental de Herzog. Pero cuidado: puede que después de verla se encuentren a sí mismos sacándole preguntas existenciales hasta a la sopa.

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