Möbius

Un escalofrío se paseó por todo el largo de su espalda cuando miró el titular de la mañana. “Encuentran cuerpo en callejón del centro.” Por un segundo le pareció inquietante la lectura, luego sonrió sin ganas y se burló de sí mismo en silencio por el ridículo pensamiento que le había cruzado la cabeza por un instante. Tomó el periódico del suelo, lo dejó sobre la mesa y se fue a tomar una ducha fría.

Había pasado toda la noche escribiendo, pero no lograba recordar nada de lo que sus dedos habían formado a punta de inseguros golpeteos sobre las teclas en la oscuridad de la media noche, que solo se cortaba por el haz lechoso que el monitor arrojaba sobre su rostro. No importaba, seguro había escrito alguna porquería. Hacía meses que no lograba exprimirle a las teclas nada ni remotamente decente, solamente abominaciones execrables que podían dejar ciego al pobre osado que posara los ojos sobre ellas. Y pensar que alguna vez había pensado que los golpes sobre las teclas podrían pagar la renta. Sí, claro.

Pensaba en esto mientras se afeitaba. Un dolor en su garganta lo devolvió de golpe a la realidad. Masculló una maldición mientras se palpaba con la punta de un dedo la herida, apenas a un par de centímetros de distancia de la carótida. Un delgado sendero de sangre bajaba por su cuello. No sabía que los rastrillos pudieran hacer cortadas tan profundas y menos cuando estaban entre sus dedos.

Por la noche estaba de nuevo frente al monitor, sosteniendo un duelo con la página digital en blanco que se burlaba de él a pesar de su carencia de facciones. Quería quemarla con la mirada, golpearla hasta sacarle moretones que, uno a uno, se agruparan y contaran una historia. Ella sólo se burlaba en silencio. Una buena historia, o mínimo una decente, ¡chingado!. Algo que fuera tolerable ante la vista, que no fuera una infección de estupidez ni una diarrea intelectual. Un párrafo que dijera algo, cualquier cosa. La página seguía ahí, en blanco, inmutable.

Paseó los dedos sobre las teclas pero no se atrevió a oprimir ninguna. No sabía con cuál empezar, temía tocar la tecla incorrecta. Cosa chistosa, pensar en teclas correctas e incorrectas. En muchos aspectos, escribir era como tratar de abrir una caja fuerte: no se trataba más que en ejecutar la combinación correcta de vueltas a la manecilla, de golpes al teclado; una contraseña y nada más.

Luego de un rato apretó los dientes y se rindió. Se llevó los dedos a las sienes para masajeárselas. Pensó en revisar lo que había redactado la noche anterior, pues le parecía extraño que no pudiera recordarlo, pero desechó de inmediato la idea. Estaba seguro de que lo que encontraría no haría sino empeorar las cosas.

Cerró la computadora portátil y soltó un suspiro al tiempo en que posaba la mirada en la figurilla de una cinta de Möbius que adornaba la mesa. Había descubierto esa figura en la adolescencia y desde el primer instante la encontró fascinante. Era una cosa tan sencilla, y sin embargo parecía al mismo tiempo revelarse contra las reglas de la realidad con descaro. Adoptó la cinta como una metáfora de la infinitud de la creatividad humana, como un símbolo de las maravillas sin principios ni finales que sin embargo se contenían dentro de la pequeñez de una cabeza o de un pedazo de cinta doblado. Claro que al final el manantial en su cabeza que había creído una vez inagotable llevaba un largo tiempo seco, incapaz de hacer brotar una insignificante gota. Recordó entonces algo que había dicho alguna vez, cuando la arrogancia era un traje que no le quedaba grande: “Escribir o morir. O mejor aún: morir escribiendo”. Vaya pendejo romántico, ¿qué siglo es éste? Una sonrisa agria se le dibujó en el rostro. Si las palabras transmutaran en acciones, los gusanos y él ya serían viejos amigos.

De pronto cayó en cuenta de que un olor extraño se paseaba por la habitación y que hacía mucho calor. Miró en todas direcciones y a su cerebro le tomó un par de segundos procesar la cortina de fuego que rugía como una bestia flamígera devorando la cocina. A pesar del calor que lo golpeaba, su cuerpo se volvió de hielo: incapaz de hacer el menor movimiento, de emitir el más mínimo sonido. Las llamas, en cambio, escaparon de la cocina y comenzaron a trepar por el techo y las paredes de la sala, acercándose a él cada vez más. El humo había llenado el lugar y se abría paso hacia sus pulmones en cada respiración que provocaba que el pecho le ardiera desde adentro. Contempló la expansión del fuego con ojos inexpresivos. Cuando la primera lengua de fuego se estiró a través del humo y rozó su rostro, fue cuando recuperó el control de su cuerpo. Medio ciego, corrió hasta la puerta y salió a la calle en una carrera vertiginosa y sin dirección alguna; su boca expulsaba el humo que se había alojado en sus pulmones y sus oídos estaban aturdidos. Se detuvo y con una mano trató de hacer que sus ojos funcionaran de nuevo. Un rayo de luz se coló entre sus párpados y el sonido de una bocina le taladró el cráneo. Estaba en medio de la calle y apenas pudo lanzarse hacia la banqueta un segundo antes de que un camión lo arrollara. El vehículo frenó con un chirrido y fue a estrellarse contra un poste de luz. Él se quedó en el suelo, jadeando y apretando contra su pecho la computadora portátil; hasta ese instante se percató de que todo el tiempo la había llevado consigo. Su casa se había transformado en una gigantesca hoguera que iluminaba el cielo nocturno justo frente a sus ojos. No entendía cómo había pasado tan rápido. Entonces escuchó un crujido. Su corazón casi explotó en el momento en que vio cómo el poste de luz contra el que había impactado el camión se inclinaba lentamente hacia él, dejando tras de sí un camino de chispas. El poste y los cables eléctricos cayeron en el sitio donde su cuerpo horrorizado había yacido hacía un instante, haciendo volar por el aire una nube de luciérnagas eléctricas.

Él estaba ahora de pie, con la computadora bajo el brazo e incapaz de respirar siquiera. Pasó la mirada de su casa al camión y luego al poste a sus pies y con la punta de un dedo palpó el curita que cubría la herida en la garganta que se había hecho por la mañana. Lo asaltó la certeza de que todo era una trampa, de que cada cosa a su alrededor era un arma que apuntaba letalmente contra él.

Se echó a correr sin dirección fija, guiado tan solo por las ardientes ansias que le consumían los pies a cada paso. No sabía de qué estaba huyendo y aun así podía sentir cómo le daba caza, cómo estaba cada vez más y más cerca.

Penetró en un callejón y no pudo contener un grito cuando encontró el muro que le bloqueaba el paso. Sin salida, acorralado por completo.

—¿Por qué me haces esto? ¿Por qué?

Como un ratón en el instante antes de que la trampa le aplaste el cuello.

—¡Cállate! ¡Déjame en paz! No puedes hacerme esto.

Claro que puedo. Yo te creé, yo decido tu destino. No puedes hacer nada al respecto.

—¿Pero por qué?

Porque así está escrito. Porque así lo decidí. Abre la computadora. ¿Qué fue lo que hiciste anoche? ¿No podías recordarlo o no querías recordarlo? Escribir o morir. O mejor aún: morir escribiendo. Ahora predica con el ejemplo.

—¡No! Yo no… esto no es real, esto no… ¿qué está pasando?

En el bolsillo de su pantalón había un arma.

—No puede ser. No puede…

Tomó el arma en el bolsillo de su pantalón.

—¿Un arma? ¿En serio?

Sintió cómo la frialdad metálica se posaba contra su sien.

—¡No puedes obligarme!

Mira cómo lo hago:

Su mano temblaba pero el dedo estaba firme sobre el gatillo. Un murmullo inentendible goteó de sus labios oprimidos. Debía morir. No sabía por qué, tan sólo que así era como debía ser. Así lo marcaban las escrituras. Un impulso ajeno a él se apoderó de su dedo, que hundió el gatillo y un estruendo brotó del callejón hacia la noche. Luego solo quedó el silencio y el escarlata extendiéndose sobre el concreto.

Fin.

Escribió las tres últimas letras y se estiró sobre la silla. Releyó algunas líneas y sonrió satisfecho. Las páginas no solamente ya no estaban en blanco, sino que le gustaba lo que había en ellas. No era una obra maestra, pero no estaba tan mal. El pinche bloqueo por fin se había ido. Se regaló un cigarro como recompensa y, contento, se fue a dormir.

A la mañana siguiente se levantó temprano y, luego de preparar la taza de café necesaria para la supervivencia, se dirigió a la puerta para recoger el diario.

Un escalofrío se paseó por todo el largo de su espalda cuando miró el titular de la mañana. “Encuentran cuerpo en callejón del centro.” Por un segundo le pareció inquietante la lectura, luego sonrió sin ganas y se burló de sí mismo en silencio por el ridículo pensamiento que le había cruzado la cabeza por un instante. Tomó el periódico del suelo, lo dejó sobre la mesa y se fue a tomar una ducha fría.

 

 

Javier Armendáriz.

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