Sufre sanamente con la ópera prima de Julián Hernández

Mil nubes de paz cercan el cielo, amor, jamás acabarás de ser amor no es título de canción de PXNDX, sino la ópera prima del director mexicano Julián Hernández. Filmada totalmente en blanco y negro, la película se estrenó en el 2003 y participó en el Festival Internacional de Cine de Berlín, donde fue acreedora del Teddy de Oro. En ella, el joven Gerardo ha abandonado sus estudios y vaga por las calles en busca de Bruno, a quien ama a pesar de haberlo visto solo dos veces. Una historia de amor trágica con el potencial de despertar fuertes emociones si nos abandonamos completamente a su ritmo pausado y contemplativo. Por fortuna, no todo es lentitud: incluso en los momentos donde menos acción transcurre en la pantalla, la cámara se esmera en seguir afectándonos con planos secuenciales que involucran profundamente al espectador con quien sea que protagonice los cuadros. Las tomas de Hernández dan cuenta de un impecable guion técnico: cercanas cuando hay intimidad, desde arriba y lejanas para expresar fragilidad, tan sincronizadas con la atmósfera del filme que pueden resultar esquemáticas, sacadas de un libro de texto. Sin embargo, su innegable valor prevalece.

Caminando junto con Gerardo por la Ciudad de México, pareciera que ésta está abandonada, incluso cuando hay gente alrededor. Tal es el énfasis que se hace sobre el protagonista, cuyo rostro siempre aparece tocado por un dejo de hastío. En constante movimiento, él es el expulsado, el perdido, el marginado aferrándose a la última posibilidad de experimentar alguna conexión que lo haga visible, algún pretexto para seguir existiendo en el mundo. En ocasiones, Gerardo se topa con personas como él, que le cuentan sus historias con voz en off. Gracias a esta técnica, nuestra atención se enfoca en los rostros de los actores, y lo que narran adquiere la sensación de estar compuesto por ecos sordos, unidos por el espacio sin origen que comparten; algo parecido a un Pedro Páramo urbano.

milnubes

 ¿Por qué filmarla en blanco y negro? Será para hacer homenaje a la Época de Oro del cine mexicano, o para amarrarla con algún recuerdo lejano, ajeno o propio, de aquellos que se clavan como los “negros ojazos” sobre los que canta Sara Montiel en El último cuplé (1957), leitmotiv recurrente en el filme. Sea como sea, la fotografía de Diego Arizmendi logra claroscuros francamente admirables, en especial durante las escenas sexuales; íntimas, altamente eróticas y a un tiempo disimuladas, con rostros y sexos borrados por la sombra.

 Mil nubes de paz cercan el cielo… es ya un clásico del cine queer mexicano, donde el amor es tanto motivo como pretexto para sobrevivir al vacío. Una tragedia adolescente lograda con impecable técnica, de una sencillez apabullante. Me parece que ha envejecido adecuadamente y sigue siendo recomendable para un rato catártico de sano sufrimiento.

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